domingo, 7 de agosto de 2016

otras




















Una noche, después de haber hecho los tres una copiosa y libertina cena, en que se cantó, se bromeó sobre la deformidad de mis partes genitales y se dijeron y se ejecutaron cuantas locuras es posible imaginar, nos tumbamos, jugando, en una cama amplísima y pusimos al aire nuestras vergüenzas; mis íntimos encantos tuvieron en la improvisada exposición un éxito rotundo y la pareja me felicitó con
5 Juan Luis Petit, gran cirujano parisiense, nacido en 1674 y muerto en 1750. Hizo algunos notables descubrimientos patológicos e inventó varios instrumentos quirúrgicos. Fu el operador más famoso de su época. (Nota de los traductores)

entusiasmo. Tras estos cumplimientos, el galán colocó a Minette al borde de la cama, le sujetó las remangadas ropas, le hincó el dardo amoroso y le pidió que empezara a cantar. La dócil ninfa, tras un breve prelució, entonó una dulce aria, y el lírico sujeto se puso a menearse y a retroceder y a empujar al son del cántico, y él también tarareaba, y la rotación rítmica de sus nalgas marcaba las cadencias. Yo, junto a ellos, lloraba de risa. La faena iba marchando a maravilla, cuando, de pronto, la voluptuosa Minette, sintiendo la proximidad del supremo deleite, empezó a soltar notas de falsete, desafinando y perdiendo el compás. En lo mejor del sublime concierto, se le escapó un bemol en vez de un sostenido.
—¡Ah, perra! —gritó al punto el celoso diletante—. Me has destrozado el tímpano; ese gallo ha llegado hasta la clavija del amor y me la ha descompuesto. ¡Mira, mira! —rugía, echándose hacia atrás—: ¡mira el efecto del maldito bemol!
El pobre diablo había perdido toda la fortaleza y su batuta no era más que un pingajo.
Desesperada mi lírica amiga, hizo locos esfuerzos para reanimar al galán; pero los más ardientes besos y los tocamientos más sabios y lascivos resultaban estériles. Nada devolvía la elasticidad al flácido aparato.
—¡Ay, dueño mío —le imploraba Minette—, no, no te apartes; sigue! El amor que te tengo, el placer que ibas dándome, alteraron mi voz. ¿Serías capaz de abandonarme en este momento de goce? ¡Manón, mi querida Manón, socórreme, reanímalo: enséñale tu precioso gatito; él le devolverá la vida, y a mí también, porque voy a morirme si él no quiere acabar! Colócala tú mismo. Bibí mío —dijo a su yerto amante—, en la postura en que otras veces colocas a mi hermana la condesa. Manón es buena, es nuestra amiga, se hace cargo y no se negará.
Durante toda esta escena magnífica, yo no había dejado de reír casi hasta ahogarme. ¿Se ha visto nunca que el acto venéreo se ejecute cantando y llevando el compás con tan peregrina batuta? ¿Es concebible que un bemol en vez de un sostenido cause tan deplorable impresión como causaba en aquel mentecato?


Gamiani de Alfred de Musset
Grushenka de VV. AA.
Las tres hijas de su madre de Pierre Louys
El inglés discreto en un castillo cerrado de André Pieyre de Mandiargues
Emmanuelle de Emmanuell Arsan
El bajel de las vaginas voraginosas de Josep Bras
Josefine Mutzenbacher: Historia de una prostituta vienesa de Felix Salten
Me gustan sus cuernos de Antonio Elio Brailovsky
Bella de Candor y otros relatos chinos de Anónimo
Kurt de Kurt K. (Premio 1998)
Eso no de Marcelo Birmajer
Diosa de Juan Abreu
La rendición de Toni Bentley



muebles, diablos

En una parte de su diario aparece la curiosa y detallada descripción de un mannequin, o figura representante de algo que indudablemente no era humano ni divino. En un pequeño gabinete, adaptado a este propósito y con suntuosos cortinajes, había, en un extremo, un portière, o sea un par de pesadas cortinas que cubrían un pequeño escondrijo al que se accedía por una entrada secreta. Estas cortinas, una vez descorridas, dejaban al descubierto una visión calculada para hacer estremecer de horror a un observador normal. En el hueco central se alzaba una imagen que, por su aspecto grotesco, su parodia de figura humana y su personificación de todo lo que es aterrador en la expresión de lascivia y obscenidad, resultaba indescriptible.
No sólo se trataba de la postura de la figura, que era erguida y bastante común, sino la idea que transmitían sus rasgos demoníacos de lujuria y ferocidad inmisericordes, lo que hacía que el observador se estremeciera y se le coagulara la sangre. El maniquí, de dos metros diez de estatura, con los brazos cubiertos por mangas largas que le colgaban cerca de los costados del cuerpo, iba ataviado con una túnica de raso rojo hasta las caderas y bajo la cual aparecían las piernas enfundadas en unas calzas holgadas. La falda corta de la túnica terminaba en la articulación de los muslos y un cinturón de cuero negro la sujetaba alrededor de la cintura. Una mirada al semblante de esta horrible efigie sólo revelaba la décima parte de la malignidad de su expresión. Los ojos, brillantes y fijos, se movían a la menor perturbación de la figura y daban la impresión de seguir al espectador con una fantasmal y burlona intención persecutoria. Sensible a ciertos movimientos del cuerpo, la lengua asomaba roja y brillante, añadiendo un matiz diabólico al efecto general.
Todo lo anterior corresponde al mannequin en reposo. En cuanto al uso que le daba la princesa, enseguida sabremos más.
En el gabinete se destacaba un único mueble, un lecho, situado en el centro de la estancia y cubierto, como los cortinajes, con un tapizado delicado y lujoso. El extremo del lecho estaba muy próximo al portiére y no estaba diseñado según un modelo corriente: había sido adaptado a las exigencias de los combates amorosos, dado que no estaba destinado al simple descanso, y su mecanismo secreto había sido montado especialmente con dicho propósito.
La propia princesa Vávara nos aclara más sobre el tema de dichos horrores; éstas son sus palabras:
«Entro en el gabinete, estoy sola, me tumbo en el lecho. Contemplo ociosamente la cortina echada, que oculta mi tesoro. Procuro desterrar los pensamientos sobre cualquier otra cosa de este mundo. Me abandono al lujo de mi naturaleza apasionada, de mi voluptuosidad. Siento alivio expulsando así lo real en beneficio del culto de lo irreal, de apartar de mí las cuestiones del mundo corriente, de las que desconfío y a las que desprecio, para deleitarme en el arrobo de mi diablura mística. ¡,Qué son para mí las formas y las ceremonias de la sociedad, de la religión? ¡,Para mí, que he descartado secretamente ambas cosas, y que he creado una deidad y un culto que rivalizan con los del Baal de la Antigüedad? ¿Acaso no es mi Belfegor, mi demonio, tan buena personificación del poder como la deidad de esta sociedad? Mejor dicho, él es infinitamente más poderoso, dado que es material y hace sentir su presencia».
Es evidente que la mente de la princesa, largo tiempo forzada y torcida por la entrega a todos los vicios de la época, había alcanzado la etapa en que la razón se pervierte y las obligaciones del mundo exterior, la religión y la pureza, pierden su influencia en el cerebro. Aquel cerebro temblaba ya en el equilibrio entre esos extremos en los que hay tantas gradaciones. La princesa sigue así:
«Sí, eres un poder y una fuerza, y yo, tu adoradora, me abandonaré a ti; en tus brazos paladearé el volcánico placer de los sentidos y me bañaré en la lascivia de tus caricias. Mira, descorro la cortina que oculta tu figura, que esconde tu forma de lujuria y horror, que para mí sólo es de un deleite inefable. No me asusta mirar tu rostro, aunque seas demoníaco. iBelfegor! ¡Personificación de mi religión, soy la conversa de las cosas ordinarias! Te amo, te idolatro, gozaré de ti.
Toco el resorte, avanzas desde tu retiro, te acercas al lecho en el que aguardo con impaciencia; déjame ver qué me tienes preparado hoy. Tu envidioso cortinaje vela tu recinto, pero tu figura y tu frente me amenazan de continuo. Cambiante en tus atributos, siempre me presentas el mismo rostro de lujuria y malignidad suprema. ¡Mira! Toco el gong, tú lo oyes, porque de inmediato llega el sonido de la plataforma descendente. Tus brazos se mueven, cobran vida... tu lengua, tus ojos expresan tu feroz deseo. ¡Ah! ¡Tómame, Belfegor, que a ti me entrego!
Mira otra vez, me quito el manto, estoy desnuda; me recuesto en el lecho, extiendo los miembros, mi cuerpo tiembla ante la deliciosa expectativa del deseo aplazado. Vuelvo a tocar el resorte... mi lecho se desliza hacia ti. ¿Qué me ofrecerás, Belfegor? Rápidamente toco otro resorte, tu túnica se levanta y con ella tus brazos; contemplo gloriosa su potente erección, de proporciones enormes, sus testículos inmensos destelleantes de alegría; su glande, purpúreo de deseos inquietos, se levanta como la
cabeza de una serpiente hacia tu cinturón, ¡ay, no!, tus fuertes brazos me rozan, bajan por mis miembros inferiores, tus manos me acarician, avanzan, palpan el centro de la voluptuosidad, separan mis rizos plumosos, tu cuerpo se abomba hacia delante, tus deseos son manifiestos: ¡Poséeme, Belfegor, poséeme!
Mira una vez más, vuelvo a tocar los resortes, mi lecho se desliza más cerca de ti, la mitad inferior se separa, se abre, lleva consigo mis miembros dispuestos, a cada lado de ti se separan esas columnas blancas y pulidas, desde el templo que sustentan. Estoy a tu alcance, tus manos lúbricas y ágiles ya guían el arma de tu lujuria. ¡Oh! ¡Mi amor demonio! ¡Arremetes, perforas mi cuerpo! El volumen de tu miembro me llena, tu fogoso glande penetra mi vagina! ¡Arremetes otra vez... ay!
Veo tu lengua burlona, tus pervertidos ojos agitados; tus movimientos me matan, ahora me posees, Belfegor. ¡Atropella! ¡Empuja! ¡Ah! ¡Ay! No puedo más... muero... llega tu espasmo, tu esencia me inunda... ¡Ay! ¡Ay!».
En estas anotaciones, que sin duda la princesa apuntó para su propia recreación de los placeres que su pervertida imaginación le proporcionaba, es evidente que el mannequin sólo era una máscara y la cubierta exterior de un cuerpo suficientemente robusto y alto, o sea que permitía la introducción de un hombre de carne y hueso, que poniendo sus brazos en las mangas de la figura podía palpar las partes delicadas de la persona sobre la que debía actuar. Al mismo tiempo, una abertura en sus vestidos, hecha expresamente, le permitía asomar sus partes pudendas y de ese modo, levantándose la túnica, el demonio se exhibía en un estado susceptible de aliviar la delirante pasión que había provocado.
Cualquiera habría pensado que tras un coito tan vigoroso como el descrito, la princesa Vávara habría quedado, al menos por el momento, satisfecha. Pero éste no era, en modo alguno, su caso: su fogosidad era excesiva para satisfacerla tan fácilmente.
Tras un breve reposo, volvió a requerir los poderes corpóreos del demonio. A un nuevo toque del gong, se oyó el mismo ruido de una plataforma descendente y reapareció la figura, a su disposición. La princesa no se había molestado en levantarse, aunque para su propia comodidad había cerrado la parte inferior del lecho. A una pulsación del resorte, la túnica del demonio volvió a levantarse, dejando al descubierto el miembro que, aunque de dimensiones suficientes para satisfacer las exigencias de la más lujuriosa, evidentemente no era el mismo que había hecho su aparición en primer lugar.
A continuación volvió a representarse la misma escena. La princesa tocó un resorte y el lecho se deslizó hacia la figura. Otro toque al mecanismo y se dividió la mitad inferior, abriéndose gradualmente, y las dos partes se separaron, con los muslos de la princesa impúdicamente apoyados en su blanda superficie. Luego entraron en juego las manos del demonio; buscaron, indudablemente sin asistencia óptica, los tesoros más secretos de la princesa y después, adaptando el enorme falo a la brecha, se renovó rápidamente la penetración, se sucedieron los mismos movimientos adelante y atrás, y muy pronto el demonio, en medio de las más diabólicas muecas, soltó un diluvio de
semen. Siete u ocho encuentros semejantes tuvieron lugar uno tras otro; en algunos casos la propia princesa encajaba el artilugio en su funda; en otros momentos invertía su posición y, entre labios no especialmente adaptados por la naturaleza al acomodo de semejantes objetos, recibía las estocadas de su deidad favorita.
En algunas ocasiones estaba presente el joven conde Alaska, y la escena parece haber incluido actos de sodomía. A petició n de la princesa, Alaska se estiraba en el lecho en su lugar, presentando al demonio el reverso de la medalla, que éste reconocía con una apreciación casi humana.






















muebles

Se me condujo en efecto hasta el linde de la explanada descubierta, que en cierta manera era el lugar de reunión y la plaza mayor de la aldea, y allí, mientras esperaba de pie, en la sombra más suave proyectada en la hierba por los árboles y los helechos gigantes, un puñado de indígenas traía a toda prisa un segundo aparato. Este último se parecía más bien a una cama, tan sólo algo más alto que las camas habituales, y sin embargo se parecía al potro en cuanto tenía aproximadamente en medio una curvatura bastante sensible: una cama de doble vertiente si así se prefiere. Por supuesto, ignoraba a qué se le destinaba exactamente pero, al no poder dudar en lo que a mí concernía, tomé la decisión desesperada de no esperar a que esta vez se me obligase, y tan pronto como los indígenas la hubieron tapizado con hojarasca fresca, por decisión propia, me tumbé en ella boca abajo, el cuerpo también arqueado, y la
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grupa prominente, a causa de la forma del somier. Al menos, pensaba, eso escondería mis senos y mi sexo.
Pero este movimiento, esta obediencia espontánea, produjeron una risa loca, no sólo a Nawa-Na, sino a la mayoría de los que allí se encontraban, en particular a las mujeres. En realidad, lo que querían era precisamente que estuviese de espaldas, y rápidamente me giraron. Entonces me sentí realmente asustada, ya que ahora todo mi vientre y mi propio sexo se encontraban situados más altos que la cabeza y exhibidos a la vista de todos. Al horror de esta posición se añadía que, al tener la cabeza así y los pies más bajos que la parte expuesta, me encontraba en la absoluta imposibilidad de ver mi propio cuerpo, sobre todo esa parte, y de protegerlo en cierta manera al no perderlo de vista. En cambio, ahora veía muy bien lo que no podía ver en la posición ventral y replegada del potro: todos los indígenas que me rodeaban, se acercaban, se inclinaban, escrutaban, mientras charlaban, los labios separados, el orificio revelado, más desnudo que la propia desnudez de mi sexo, ese sexo que yo no podía ver. Verse a sí mismo menos de lo que nos ven los demás: creo que los diabólicos indígenas son expertos en esos refinamientos.
Me abrieron entonces los brazos y las piernas. Comprendí que deliberaban si debían atarlos a las cuatro esquinas es esta especie de cama. Pero Nawa-Na se encogió de hombros riendo. Hacía tiempo ya que ella al menos no tenía la menor duda en lo que se refería a mi obediencia, mi resignación si se prefiere. Rogó a los que me sujetaban que soltasen su presa, segura de
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que no me atrevería a moverme, y se contentó con indicar a algunas de sus compañeras que se sentasen en los bordes de la cama, preferentemente cerca de los tobillos y las muñecas, para el caso en que, a pesar de todo, voluntariamente o no, hubiese esbozado algún movimiento. Luego se levantó y la perdí de vista mientras se alejaba. Volvió un poco más tarde con las manos cargadas de no sé qué pequeños instrumentos. Se subió entonces a los pies de la cama, se arrodilló y de nuevo dejé de verla, o sólo entreveía su cabeza morena, sus hombros satinados y sus bonitos senos puntiagudos y largos cuando se erguía un poco. También debió de tenderse boca abajo, el torso justo entre mis muslos.
Antes de empezar, dirigió a los hombres más cercanos una conminación semi-enfurruñada, medio en broma, y ellos, riendo a su vez y encogiendo los hombros, retrocedieron, como siempre hacían cuando ella me atormentaba, para cederle el sitio. Algunos, con un fingido pesar, incluso volvieron a sus ocupaciones. Y cuando los miraba alejarse una de las manos de Nawa-Na me pellizcó la vulva, mientras que la otra apretaba justo encima, en mi bajo vientre un pequeño objeto frío y duro. Supe luego que se trataba de una concha, o de una variedad bivalva más bien. Pero entonces sentí un dolor rápido, a la vez que muy vivo y muy brusco. Me sobresalté y sin querer grité, instintivamente quise contraerme, y al punto las mujeres me sujetaron por las muñecas y los tobillos, obligándome a permanecer quieta. No lograba entender las intenciones de Nawa-Na. Justo antes de que gritase, había emitido una breve
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y ahogada risa cristalina, que manifestaba su satisfacción, de nuevo sus dedos flexibles y nerviosos me pellizcaron la vulva, de nuevo sentí el contacto frío de la concha, y de nuevo también ese rápido aguijón de dolores. Entonces comprendí. Con su diabólica paciencia, los indígenas se han dado cuenta de que siempre existe un medio de estar más desnudo de lo que ya se está. Nawa-Na estaba depilándome. Hebra por hebra por así decirlo, pelo por pelo, me arrancaba lo que, desde que sólo era una chiquilla, y hasta el momento en que, arrojada entre estos bárbaros, se me había despojado de todos los vestidos, de todas las máscaras, si se prefiere, de la civilización, había sido en cierta manera mi último vestido. La propia naturaleza me lo había dado y me lo quitaban estos niños salvajes. Después de todo, el dolor puramente físico no tenía nada de intolerable, era más bien irritante y punzante, como furtivos golpes de aguja, sobre todo por la repetición. Tras la depilación, habiéndome desnudado todo el pubis, ella se acercó poco a poco a la entrepierna, luego a los propios labios del sexo. Y cuando las mujeres me obligaron a levantar las rodillas, a acercarlas al pecho, y Nawa-Na se afanó en extirpar hasta el más frágil vello que pudiese conservar entre las nalgas y alrededor del ano, me resultó imposible soportar la impresión de desnudez, de mutilación, de irreparable pérdida. Esta última me hirió mucho más que de lo que nunca hubiera podido hacerlo la pérdida de mi virginidad. La virginidad, después de todo, es un freno casi plenamente moral. Mientras que ahora estaba desnuda por primera vez, y quizás nada ya
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me serviría de vestimenta. Estaba desnuda a los ojos de los demás, pero mucho más sin duda a mis propios ojos. Por eso, en el transcurso de la operación, y en absoluto debido al dolor carnal, aunque en algunos momentos, como ya he dicho, fuese muy vivo, me puse a llorar y no pude parar hasta el final.
Cuando estuve completamente desnuda, Nawa-na, siempre sonriente, se levantó y se sentó sobre los talones entre mis muslos, y realizó un gracioso gesto para secarse la frente con el dorso de la mano, como si hubiese llevado a cabo un duro trabajo. Lloraba a lágrima viva, y cuando ella hubo saltado de la cama, me dejó juntar las piernas, e incluso cubrirme con una mano. Hubiese querido estar hundida bajo diez toneladas de cenizas. No sé por qué no me depilaron también las axilas, donde no oculto por otra parte más que un minúsculo pincel de pelos rubios, en mi opinión más bien adorable, y en cualquier caso ni muy visible ni feo. O más bien sí lo sé, me lo figuro, ahora que conozco a los indígenas. Respetar esos pelos acusaba aún más por contraste la chocante y agresiva desnudez e mi bajo vientre, de mi propia vulva, provocación monstruosa para todos y, como ya he dicho, también para mí. Comprendía que a cada paso que ahora diese sería consciente de tocar, en cierta manera de acariciar, esta desnudez de mi sexo con la de mis propios muslos, y que ese contacto, esa conciencia, casi me harían desfallecer. Sólo imaginándolo, un principio de espasmo me retorció con voluptuosidad la matriz y me mojé interiormente.
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No obstante, al haber la operación probablemente irritado, en el sentido más médico, la carne y las mucosas cada vez más tiernas, cada vez más vulnerables a medida que se hunden hacia el sexo y hacia el ano, las compañeras de Nawa-Na me quitaron la mano y me masajearon muy suavemente con un bálsamo vegetal muy refrescante. Tuve tiempo de rezar para que confundiesen con ese licor la insidiosa humedad de mi sexo. No dejaba de llorar con el corazón roto. Por fin, Nawa-Na me hizo levantar, me cogió cariñosamente de la mano, increpó de nuevo a los hombres que querían acercarse, lo que de nuevo provocó sus risas, y luego me llevó hasta mi choza donde me dejó. Pero, con una o dos compañeras, había establecido en las proximidades un cuartel provisional. Sin duda delante de la puerta. Varias veces durante la noche oí pasos de hombres que se aventuraban hasta allí, con la evidente intención de entrar. Los hombres venían solos o en grupos de dos o tres. La vocecita clara de Nawa-Na, al mismo tiempo fría y risueña, les reñía, les intimaba a volver a acostarse, yo misma me dormí de puro cansancio, a fuerza de lágrimas.
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MUEBLES

 En el mismo lugar donde el día anterior se encontraba aquella especie de cama baja, abovedada, sobre la que me habían hecho tumbarme para depilarme, ahora vi otra, esta plana pero mucho más alta que una cama normal, según las costumbres de la isla en todo caso; aproximadamente de la altura de las ingles de un hombre adulto. Por otra parte, uno de los extremos de la cama, allí donde hubiesen podido reposar los pies del durmiente, estaba profundamente engastado como para que una persona de pie pudiese avanzar entre los extremos del engasta y, así situada, dominar a la persona tumbada y contemplarla mientras duerme.
Nawa-Na me ordenó que subiese a ese extraño aparato. Obedecí y me tumbé boca arriba, aunque girando ligeramente las caderas y colocando las piernas a un lado. No quería tener que separarlas, como así habría sido si las hubiese tenido tendidas a una parte y a otra del engaste, ni quería dejar que mis pies colgasen estúpidamente en el vacío, como así hubiese ocurrido si me hubiese acostado recta con las piernas como prolongación directa del cuerpo. Me sentía bastante indecente, y bastante vulnerable, con mi sexo así expuesto ante la mirada de los indígenas como si estuviese en una bandeja.
Nawa-Na, sin embargo, se preocupaba mucho por mi pudor, por mi angustia. Tirándome de los hombros sin dejarme levantar, me dio a entender que tenía que desplazarme hacia los pies de la cama. Una vez más tuve que ceder. Me contenté con doblar totalmente las piernas, acostándolas en uno de los
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lados del engaste. Pero esto tampoco bastaba, no era lo que Nawa-Na quería. Empezó por empujarme y tirar de mí, siempre tendida boca arriba, hasta que mis nalgas llegaron exactamente al borde del engaste, las piernas colgando, casi tocando el suelo en el hueco. Después se inclinó, me cogió los dos pies, los separó elevándolos, lo que me obligó a doblar de nuevo las rodillas, esta vez en el aire, y por último los colocó uno a cada lado de la abertura, con la planta apoyada verticalmente en cada uno de los extremos de una especie de semicírculo recortado en la punta del lecho. Un largo escalofrío me recorrió el cuerpo, como si murieses de frío en el corazón mismo del sol, y me dio la sensación de que toda la piel y la carne íntima se me granulaban y se me erizaban. En esta espantosa posición, muslos separados, rodillas dobladas, no sólo la abertura de la vagina se ofrecía a todas las miradas, a todos los contactos, sino que creía que se abría hasta llegar a mis entrañas.
No esperé mucho tiempo. El primer indígena en llegar, que ni siquiera discutió con sus vecinos, como si realmente no valiese la pena, dio la vuelta al lecho a la vez que se desataba el taparrabos. Desnudo también, su verga oscura ya erecta y trémula, avanzó por la abertura del lecho y por un momento sentí golpear, contra la entrada de mi vagina las bolas duras de sus testículos. Por escrúpulo, o quizás más bien por refinamiento, retrocedió un momento para posar sus labios sobre ese acceso secreto, lo cual, por otra parte, no tuvo otro resultado que contraerme al más. Sin duda le importaba un
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bledo. Erguido de nuevo, empujó su verga y me la metió de un solo golpe. Era bastante potente, pero de una longitud y un grosor medianos, sin embargo me violó, casi me hirió, ya que todo en mí protestaba contra su intrusión. Ya fuese porque hacía tiempo que no había copulado, o porque el ver mi sexo y el besarlo como acababa de hacerlo lo hubiesen excitado mucho, apenas se movió dentro de mi vientre, se sobresaltó y se vació casi en seguida.







BDSM

El Amo Didier se acercó a mí armado con un extraño aparato que recordaba a la vez un taladro eléctrico y un mini aspirador. Más tarde descubriría que se trataba de un vibrador muy especial que había hecho traer desde Estados Unidos. Cuando el Amo Didier puso en marcha el mecanismo eléctrico, se oyó un zumbido sordo. Yo estaba tan abierta de piernas que no tuvo el menor problema para acceder a mi clítoris y aplicar allí la ventosa. A instante me recorrió un vertiginoso escalofrío como si me hubieran conectado a una corriente eléctrica tan deliciosa como insoportable Noté que los pezones se me endurecían y las entrañas se me licuaban, y no tardé en comprender, con los ojos desorbitados de sorpresa y horror, que si el Amo Didier no detenía el mecanismo enseguida, empezaría a chorrear de placer como una principiante. El hecho de que me pusiera a aullar como una perra incitó al Amo Didier a aumentar la presión del instrumento infernal entre mis muslos, que temblaban de excitación. Entonces, bruscamente, dejó de presionar y apagó el aparato. Me quedé colgando en el vacío, con las piernas todavía sacudidas por irreprimibles temblores y el corazón a punto de estallar. Estaba tan mojada que por un momento pensé que los fluidos vaginales se me escurrían hasta los muslos. Mientras recobraba poco a poco el aliento, Didier, acompañado por
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Pierre, pasó por detrás de mí para inspeccionar los estragos que el atroz vibrador había causado en mi cuerpo. Unos dedos enfundados en látex separaron los labios de la vulva y se adentraron en mi vagina para calibrar la humedad involuntaria que el contacto del aparato había suscitado. Luego me separaron las nalgas. Percibí el centelleo de una linterna y me di cuenta de que me iban a inspeccionar de forma aún más íntima, primero con los dedos enfundados en látex, después con un especulo cuya acerada frialdad me hirió el ano, que se abrió poco a poco debido a la presión del instrumento, que iba dilatándolo hasta provocarme dolor. Fue entonces cuando tuve que oír el comentario humillante de Pierre y el juicio del Amo Didier sobre esta parte tan secreta de mi cuerpo, una parte que nunca antes había sido violada de ese modo.
Didier dejó el especulo abierto entre mis nalgas y volvió a poner en marcha el mecanismo vibratorio. Un placer vertiginoso volvió a apoderarse de mí de manera instantánea, y le oí decirme: «Aprovéchalo, te damos permiso para gozar».
Sin necesidad de que me repitieran la orden, gocé como una demente. Me entregaba al placer con absoluta libertad, sin contención alguna y sin poder detenerme. Había dejado de ser yo misma. Jamás, hasta ese momento, habían reaccionado mis entrañas de aquella manera: chorreaban de placer sin que yo pudiera evitarlo. Los tibios jugos se escurrían a lo largo de mis muslos, lo que me procuraba una sensación nueva que era humillante y, a la par, placentera Pierre y Didier acababan de demostrarme que yo no era sino un objeto privado de voluntad, incapaz de contenerse y de resistirse al orgasmo. Mi Amo interrumpió bruscamente mi placer con estas palabras: «Eres indecente, Laïka», pero eso sólo logró centuplicar mi goce...
la atadura vanesa duries





jotos:

 oigo un ruido a mi alrededor; poco a poco, distingo a dos hombres. Presto atención: ––Ven, querido amigo ––dice uno de ellos––. Aquí estaremos a las mil maravillas. La cruel yfatal presencia de una tía que aborrezco no me impedirá saborear un momento contigo esos placeres que me resultan tan dulces.Se acercan, se colocan tan enfrente de mí que ninguna de sus frases, ninguno de susmovimientos, puede escapárseme, y veo... ¡Santo cielo, señora! ––dijo Thérèseinterrumpiéndose––, ¡cómo es posible que la suerte me haya colocado siempre en situaciones tancríticas, que resulte tan difícil a la virtud escuchar su relato como al pudor hacerlo! Aquel crimenhorrible que ultraja tanto la naturaleza como las convenciones sociales, aquella fechoría, en una palabra, sobre la cual la mano de Dios ha caído tantas veces, legitimada por «Corazón-de-Hierro», propuesta por él a la desdichada Thérèse, consumada sobre ella involuntariamente por el verdugo que acaba de inmolarla, aquella execración repugnante en fin, ¡la vi practicar bajo misojos con todas las desviaciones impuras, todos los episodios espantosos, que puede introducir enella la depravación más exquisita! Uno de los hombres, el que se ofrecía, tenía veinticuatro añosde edad, suficientemente bien vestido como para hacer pensar en la elevación de su rango, y elotro, más o menos de su misma edad, parecía uno de sus criados. El acto fue escandaloso y pro-longado. Con las manos apoyadas en la cresta de un pequeño montículo frente al bosquecillodonde yo me hallaba, el joven amo exponía desnudo a su compañero de libertinaje el impío altar del sacrificio, y éste, lleno de ardor ante el espectáculo, acariciaba a su ídolo, a punto deinmolarlo con un puñal mucho más espantoso y mucho más gigantesco que aquel con el que yohabía sido amenazada por el jefe de los bandidos de Bondy; pero el joven amo, en absolutotemeroso, parece desafiar impunemente la espada que se le presenta; la provoca, la excita, lacubre de besos, se apodera de ella, se la introduce él mismo, se deleita absorbiéndola. Entu-siasmado por sus criminales caricias, el infame se debate bajo ella y parece lamentar que no seaaún más imponente; desafía sus golpes, los previene, los rechaza... Dos tiernos y legítimosesposos se acariciarían con menos ardor... Sus bocas se juntan, sus suspiros se confunden, suslenguas se entrelazan, y los veo a los dos, ebrios de lujuria, encontrar en el centro de las deliciasel complemento de sus pérfidos horrores. El homenaje se renueva, y, para encender de nuevo elincienso, todo es válido para el que lo exige; besos, manoseos, masturbaciones, refinamientos delmás insigne libertinaje, todo se utiliza para devolver las fuerzas que se apagan, y con elloconsigue reanimarlas por cinco veces consecutivas, pero sin que ninguno de los dos cambiara de papel. El joven amo fue siempre mujer, y aunque se pudiera descubrir en él la posibilidad de ser hombre a su vez, ni siquiera tuvo la apariencia de concebir por un instante tal deseo. Si bienvisitó el otro altar semejante a aquel donde se sacrificaba en él, fue en favor del otro ídolo, y jamás ningún ataque tuvo el aire de amenazarlo.
justine o los infortunios de la virtud, marques de sade







JOTOS:
Una noche, Louisa y ella fueron a un baile de disfraces; Louisa vestida de pastora y Emily de pastor; yo las vi antes de que se marcharan y nada en la naturaleza podría haber parecido un muchachito tan bello como esta última, tan rubia y de miembros tan perfectos. Se mantuvieron juntas por algún tiempo, pero Louisa, encontrando a un viejo conocido, dejó sola a su compañera, protegida por su vestido masculino, que no era mucho, y su discreción, que era aún menor. Emily, al encontrarse abandonada, se paseó durante algún tiempo, buscando aire fresco tanto como cualquier otra cosa, hasta que, finalmente, se quitó el antifaz y fue hacia el bufete donde, vigilada y marcada por un caballero que llevaba un elegante dominó, entabló conversación con éste cuando se le acercó. El dominó, después de una breve conversación en la que sin duda, Emily mostró más su buen natural y su docilidad que su ingenio, comenzó a galantearla violentamente y llevándola hacia unos bancos situados en un extremo del salón, la sentó a su lado y pellizcó sus mejillas, apretó sus manos, alabó sus cabellos y jugueteó con ellos y admiró su tez, todo en un estilo de cortejo un poco extraño que la pobre Emily atribuyó a una broma acerca de su disfraz, del que no comprendía el misterio; pero como no era de las más crueles de su profesión, comenzó a sentirse inclinada a un pacto. Pero aquí está el centro de la broma: él la había tomado por lo que parecía ser, un muchachito atrevido; y ella, olvidando su disfraz y, por supuesto, muy distraída, supuso que todo esos galanteos iban dirigidos a una mujer, cuando los debía precisamente a lo contrario. Sin embargo, este doble error prosiguió con tanta fuerza por las dos partes, que Emily, que no veía en él más que a un caballero distinguido por los detalles de su vestimenta a los que no se extendía el disfraz, acalorada por el vino y las caricias de que la había colmado, se dejó persuadir de ir a un lupanar con él y, dejando de lado las recomendaciones de la señora Cole y con confianza ciega, se puso en sus manos para que la llevara donde quisiera. Por su parte, e igualmente cegado por sus deseos, ya que la gregaria simplicidad de Emily favorecía más el engaño que cualquier exquisito artificio, él supuso, sin duda, que había hallado a un bondadoso simplote, adecuado a sus propósitos, o a algún mantenido muy enterado, que lo comprendía y estaba de acuerdo con sus designios. Sea como fuere, la condujo hasta un coche, subió con ella y la llevó a un hermoso apartamento donde había una cama. Emily no supo si era un lupanar, porque no habló con nadie más que con él; pero cuando se quedaron solos y su enamorato comenzó a realizar las extremosidades que descubren inmediatamente el sexo, ninguna descripción podría pintar con realismo la mezcla de irritación, confusión y desilusión que aparecieron en su rostro cuando lanzó la luctuosa exclamación:
—Por todos los diablos, ¡una mujer!
Esto abrió instantáneamente los ojos de ella que habían estado cegados por una total estupidez. El caballero, como si deseara impedirle la huida, siguió jugando con ella y acariciándola, aunque con una alteración tan notoria de su extremo ardor —que se transformó en helada y forzada cortesía—, que hasta Emily no pudo menos que captar; así empezó a desear haber prestado más atención a las advertencias de la señora Cole, acerca de no entablar relación con desconocidos. Ahora un exceso de timidez sucedió a un exceso de confianza y pensó que estaba tan a su merced y discreción que se mantuvo totalmente pasiva durante todo el progreso del preludio, ya que ahora, ya sea porque su gran belleza le había hecho olvidar su sexo o porque su apariencia con ese traje alimentaba su ilusión, él recuperó gradualmente buena parte de su ardor primero. Como Emily seguía con los calzones desabotonados, los bajó hasta sus rodillas y obligándola con suavidad a agacharse con la cara apoyada en la cama la colocó de modo que los dos caminos entre los dos montes posteriores fueran igualmente accesibles; por su parte se encaminó en una dirección tal que la chica se alarmó no poco temerosa de perder una virginidad con la que no había soñado. Sin embargo, sus quejas y su resistencia suave pero firme, lo controlaron, de modo que inclinando la cabeza de su corcel lo guió por un trecho del camino debido, dentro del cual, quizás ayudado por su imaginación que sacó el máximo provecho de las similitudes, llegó al fin de su viaje. Después de eso la acompañó fuera y anduvo dos o tres calles con ella; llamó una silla de manos y haciéndole un regalo no inferior a lo que ella hubiese esperado, la recomendó al conductor que la trajo a casa.
Todo esto nos lo contó a la señora Cole y a mi a la mañana siguiente, no sin restos del miedo y la confusión en que se había hallado, aún fijados en su rostro. La señora Cole observó que como su indiscreción procedía de una facilidad constitucional, había pocas esperanzas de que algo la curara de ella, más que varias experiencias negativas.




El siguiente en la lista fue Mr. Castle. Ese caballero tenía un complejo por las posturas extrañas y desusadas en el acto sexual,  y también un deseo de experimentar siguiendo líneas algo opuestas a los designios de la naturaleza. Sólo el hecho de que era liberal y estaba provisto de un inagotable buen humor hacían soportable la asociación con él. Si hubiera sido posible ofenderle, mis reacciones de descontento ante algunas de sus extrañas impudicias pronto hubieran dado al traste con nuestra relación. En cuanto se cerró la puerta detrás nuestro, con motivo de su primera visita a mi dormitorio, quedé sorprendida al sentirme agarrada inesperadamente por detrás y empujada hacia delante de modo que mientras el peso de mi cuerpo caía sobre mis manos y muñecas, mis piernas permanecían aprisionadas y sujetas bajo sus brazos.
En esta indigna posición, con la falda corta sobre la cara y la cabeza, y el culo desnudo y todo lo que tenía entre las piernas al aire, me debatí y protesté disgustada, pero en vano, pues con imperturbable aplomo, mientras aún mantenía prisioneras mis piernas agitadas bajo sus fuertes brazos, se desabrochó los pantalones y en un instante sentí cómo me metía la polla en el coño invertido.
Intenté evadir sus golpes mientras farfullaba protestas enojadas, pero en esa posición no podía hacer nada. Todo terminó antes de que tuviera conciencia del dolor que me causaba su polla, al apretar el vientre en esta posición antinatural.
Era lo que en los círculos profesionales se denomina un «tirador rápido»; uno de esos hombres cuya reacción orgásmica es tan rápida que sólo requiere un par de golpes. En medio de mi agitación sentí los cálidos chorros seguidos del cálido y pegajoso fluir del semen sobre mi estómago. Un segundo después me soltó y se dejó caer sobre la cama, muerto de risa, mientras yo, después de recuperar el equilibrio, permanecí de pie ante él, con la cara roja de ira, protestando por ese trato tan poco caballeroso.
−Excúsame, Hermana −farfulló finalmente entre carcajada y carcajada−. ¡Lamento haber sido tan brusco! Es una debilidad mía... ¡No puedo resistir la tentación!

memorias de una doncella inglesa







































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