domingo, 2 de junio de 2013

La obra maestra de Aristóteles, "el famoso filósofo"

¿De veras a Lepis "ya se le botó la canica" y nos va a hablar de filosofía?

Realmente no, yo suelo hablar de filosofía cuando estoy extremadamente etílico y tengo a mi alrededor gente igualmente intoxicada a quien le parece interesante (o cómica) mi plática. Mi estado filosófico es corto y precede por unos minutos al momento en que me subo a una silla a recitar poemas a los cenzontles y al menudo de Sonora y a los diputados.

Lo que yo tengo es un gusto por los libros extraños, así que cuando encontré este me dije: "este libro lo deben sufrir los inexistentes lectores de mi blog". ¿Qué es? no es mas que un manual higiénico sobre sexo y embarazo ¿Qué tiene de especial? que es antiguo y desconocido en la actualidad. ¿Quién lo escribió? Eso sí quién sabe, pero las primeras ediciones datan de 1680, y en 1735 fue cuando obtuvo su forma final.

Este libro contiene la descripción mas o menos fiel de los órganos sexuales masculino y femenino; explica la cópula, la virginidad y la manera de llevar a cabo un embarazo exitoso. Lo interesante aquí es que es un libro ilustrado con bastante acierto.

El libro circuló cientos de años, se trata de todo un best-seller; se supone que a pesar de que estuvo prohibido hasta los años 60 del siglo XX, las madres lo compraban para sus hijas casaderas y que los muchachos se masturbaban sobre él.......digamos que fue el youporn de la época.

El libro es muy informativo: dice que los bebés están en el útero unos once meses, que toser o estornudar puede evitar la concepción, que si tienes sexo con tu perro el niño se parecerá al de la imagen superior, que el sexo durante la menstruación produce nacimientos "monstruosos" o, genial idea, que el poder de la imaginación en el momento de la concepción es una fuerza tan poderosa que estampa una idea en la criatura que se está engendrando, por lo que los hijos de una adúltera se pueden parecer al esposo, o pueden salir etíopes aunque sean del marido.

El libro no tiene sexo; ni demasiado interés, pero parece ser que en su tiempo tuvo mucha más influencia de lo que su desconocimiento actual nos puede hacer suponer. Muy curioso que un libro tan conocido en su época cayera al olvido.........son muchos los libros (mayormente eróticos) que hacen referencia a este curioso manual ilustrado.

Bueno............ya les dije. ¿Qué mas?......nada. Si alguien le quiere echar un vistazo, lo encuentran acá.







martes, 28 de mayo de 2013

La academia de las damas de Nicolás Chorier

La gráfica de las estadísticas de este blog parece un bonito volcán, así que con la seguridad de estar dirigiéndome a una sala vacía, les tengo un nuevo hallazgo.

Bueno,  no tengo todo el tiempo pero hoy les quiero compartir un regalo que la biblioteca de Castilla y León nos dejó para disfrute de la raza: la edición original de Joaquín López Barbadillo del segundo tomo de "La academia de las damas" de Nicolás Chorier; una obra clásica de corte típico: Tulia, de 26 años instruye a su prima  Octavia (a la prima Octavia de Tulia, no a la prima Octavia de ustedes), de 15 años, joven casadera en el arte del placer sexual. Una obra de 1660, escrita para un público culto con el nombre en latín de "Aloisiae Sigeae Toletanae Satyra Sotadica de arcanis Amoris et Veneris"

Como curiosidad, este libro, a pesar de ser un exponente muy antiguo de la literatura erótica, incluye escenas de lesbianismo, virginidad, flagelación, sumisión, orgías, infidelidad y una de las primeras referencias occidentales al sexo anal heterosexual.

Aunque trata el tema como una práctica repugnante y pone a los homosexuales a la altura del betún, aún así el libro incluye una escena de un trío con sexo anal heterosexual:

Entonces Aloisio se inclinó sobre mis nalgas; acercó el venablo  a la puerta de atrás, empujó, golpeó, y después con un violento esfuerzo lo introdujo. Lancé un grito. Enseguida retiró el venablo de la herida, lo hundió en el estrecho y vomitó una ola de esperma en el lúbrico surco de mi matriz. Terminada la cosa, Fabrizio me atacó de la misma manera. Con una rápida sacudida ensartó la pica y en un santiamén la hizo desaparecer toda en mis entrañas. Durante un momento hizo un movimiento de vaivén y, cosa que creía imposible, me sentí invadida por no se qué furiosa comezón; de modo que no dudo de que si lo quisiera me acostumbraría muy bien a esa posición.

El libro es bastante incómodo de leer, pero lo pueden consultar aquí u hojearlo direcamente desde aquí

martes, 23 de abril de 2013

Cómeme (Cuento de Linda Jaivin)

Este es el primer (y mejor) cuento del libro del mismo nombre de Linda Jaivin.

Disfrútenlo.......y laven la fruta y la verdura antes de comerla.


Acarició los higos frescos con las yemas de los dedos. Realmente, eran unos saquitos sorprendentes: extraños, oscuros y arrugados, pero exquisitos al paladar. La madre naturaleza debía de estar pensando en el padre naturaleza cuando inventó los higos.

Ava levantó la mirada, echó hacia atrás la larga melena negra y miró a su alrededor con ojos azules como el hielo. No parecía que hubiera nadie más en el supermercado. Sarah, la única cajera del turno de noche, acababa de despachar al último cliente y estaba absorta en la lectura de una novela rosa de la colección Harlequin. Lo único que se oía era el murmullo de las cámaras frigoríficas y la melodía casi imperceptible del hilo musical. El frío artificial del potente aire acondicionado mitigaba lo que, sin su presencia, hubiera sido una cornucopia de aromas increíblemente excitante, desde la dulce madurez de los plátanos hasta la acritud cítrica de los limones y las limas. En los supermercados todo es frío: los brillantes suelos recién fregados, el gélido acero de los estantes, la fluorescencia polar de las luces... 

Ava cogió un higo y lo olfateó. Sacó la lengua y lo lamió. ¿Si a los conejos les gustan las zanahorias, por qué no les van a gustar también los higos? Se subió lentamente la minifalda negra hasta dejar al descubierto los remates de encaje de sus medias. No llevaba bragas. Nunca llevaba bragas. ¿Para qué iba a llevadas? Al tocarse, notó que ya estaba caliente y húmeda. Con la otra mano, se acercó el higo a la entrepierna y se acarició la boca del sexo con la fruta, primero suavemente, después con vigor. Notó cómo la piel del higo se iba rasgando. Algunas de las semillas se pegaron a sus labios vaginales y a otros lugares secretos del interior de sus muslos. Volvió a meterse el higo en la boca -un dulzor salado- y lo chupó hasta dejado seco.

Ava dejó caer los restos de la fruta en el estante y avanzó hacia las fresas. Grandes, rojas y firmes, sabía exactamente cuál era su sitio: dentro de ella. Dio varios pasos sin separar los muslos, colocando un tacón justo delante del otro, concentrándose en las sensaciones que le provocaban las fresas al deslizarse unas sobre otras, aplastándose entre sí. En su imaginación, creía poder distinguir el cosquilleo de cada rabillo verde. Se paró, apoyó la espalda contra uno de los estantes y cerró los ojos mientras los jugos se derramaban entre sus muslos.

Adam, el vigilante del supermercado, tragó saliva. Se movió para poder observar mejor a Ava desde detrás del estante de las patatas fritas. La nuez le descendió por el cuello hasta el botón de la camisa. Adam ya estaba ahí, detrás de las bolsas de patatas, cuando ella había llegado a la sección de' frutas y verduras. Lo había visto todo. Sabía que debería haberle llamado la atención en cuanto empezó a juguetear con el higo, pero estaba paralizado por...¿Por qué? Sintió un escalofrío. Se ajustó los pantalones caqui y se pasó la mano por la cabeza rapada. Sus movimientos eran torpes. Una brillante bolsa de aperitivos de maíz bajos en colesterol cayó al suelo con estruendo.

Si Ava se dio cuenta, desde luego no hizo nada para demostrado. La expresión de su cara no cambió; parecía extasiada. Se subió la falda un poco más, hasta dejar el liguero al descubierto, se metió dos dedos en su propio fruto, lleno de jugos frescos y punzantes, y empezó a frotárselo al tiempo que movía las caderas, cada vez más rápido. Se sacó los dedos, muy despacio, se los introdujo en la boca y se los chupó con fruición. Un hilo de papilla de fresa le resbaló por la barbilla. Hurgó en su bolso hasta encontrar un espejo. Agachada, con el culo apuntando hacia Adam, situó el espejo entre sus piernas, se abrió el sexo con los dedos y se estudió a sí misma con atención.

Uvas. Eso es lo que pensó.

Las eligió cuidadosamente. Frutas firmes en un racimo prieto. Uvas grandes, redondas, moradas. Se dio la vuelta y apoyó la espalda contra el estante. Abrió las piernas de par en par y empezó a dibujarse pequeños círculos en el clítoris. Con la otra mano, se fue metiendo las uvas, poco a poco, tirando levemente de ellas antes de cada nuevo empujón. El racimo le arañaba y le hacía cosquillas, y eso le gustaba.

Sin previo aviso, Ava levantó la cabeza y miró fijamente a los ojos al hombre que la había estado espiando todo este tiempo. Sus labios, rojos como la sangre, dibujaron una sonrisa maliciosa. Cogió una uva chorreante y se la ofreció. Adam se quedó rígido, como los alimentos de la sección de congelados. Dibujando un beso con los labios, Ava se llevó la uva a la boca y la succionó sonoramente. Después devolvió el racimo al estante. Sin apartar ni un momento los ojos de Adam, tanteó a su espalda hasta encontrar un kiwi maduro. Enseguida lo levantó delante de ella y clavó las uñas en la piel velluda. La fruta estalló y el líquido verde resbaló entre sus dedos. Ava clavó sus ojos en los de Adam y se introdujo la fruta herida en la cueva hambrienta que tenía entre los muslos, por los que ya chorreaban todo tipo de jugos.

Adam dio un paso vacilante hacia ella. Ava hizo como si no se diera cuenta. Se sacó el kiwi y se comió la mitad, sin ninguna prisa. Extendió el brazo hacia Adam y le ofreció la otra mitad al tiempo que arqueaba una ceja. Adam siguió avanzando hacia ella, ahora con paso decidido. Cogió la fruta, se la comió con desenfreno y se dejó caer de rodillas delante de Ava.

Ella abrió las piernas un poco más. Extendió los brazos, le agarró de la nuca y le apretó la cara contra su fruto. Adam gimió.
-¡Cómeme! -le ordenó ella.
-Pero... -protestó él con voz temblorosa.
-¡Cómeme, patata asquerosa! -repitió ella, esta vez con tono amenazante.
-Pero...
Ava escarbó en su bolso con la otra mano y sacó el pequeño látigo que siempre llevaba con ella. Lo hizo chasquear en el suelo, justo al lado de Adam.

Él movió la cabeza de un lado a otro, pero sólo consiguió que el roce de su cabeza y de su barba incipiente excitaran todavía más el sexo hinchado y anhelante de Ava.
-Cómeme, mancha de café, rodaja de queso rancio, filete de carne de caballo viejo -lo humilló ella, acariciándole la nuca con el mango del látigo.
-¡No! -protestó él-. ¡No, no lo haré! ¡Y no puedes obligarme! ¡Soy un chico bueno!
-Eres un chico malo -lo contradijo Ava-. Peor que unas patatas fritas con sal y vinagre, peor que una gran tarta de chocolate.
-¡No es verdad! -se quejó Adam agarrándose a los muslos de Ava con las dos manos- Soy tan intachable como Sara Lee, tan puro como una barra de pan integral. No participaré en tus asquerosos juegos. -Ava le dio un fuerte tirón de orejas. Adam gimió de dolor y dejó de forcejear- Está bien -susurró en la entrepierna de Ava-. Está bien. Te comeré. Lo haré. Serás mi paté, mi pulpo, mi arroz con calabaza, mi estofado. -y empezó a comer, a comer como si estuviera muerto de hambre. La devoró con la lengua, con los labios, con los dientes y las manos. Comió hasta no dejar rastro del higo, ni de la fresa ni de las uvas ni del kiwi que la batidora de amor de Ava habían convertido en un yogur caliente y salado de frutas tropicales. .

Ava dejó caer el látigo. Mientras se deslizaba hacia el suelo, su mano encontró un racimo de plátanos. Adam seguía arrodillado, bebiendo de su abrevadero. Extendió los brazos, le cogió la mano a Ava y se la apretó contra el suelo, obligándola a soltar los plátanos. Ella levantó la cabeza y lo miró con rabia. Forcejeó, pero fue inútil. Ahora era él quien sonreía. Volvió a concentrarse en el sexo de Ava, pero esta vez a su propio ritmo, dolorosamente lento. Ava gimió, dando patadas al aire, y se corrió en la boca del vigilante. Uno de sus zapatos de tacón salió volando y resbaló por el pasillo hasta la sección de cereales para el desayuno. Adam le dejó libres las manos y siguió chupándola mientras buscaba el racimo de plátanos a tientas. Peló uno. Sin levantar las manos del suelo, Ava respiró hondo. Adam le metió el plátano hasta el fondo. Después se levantó y la observó de reojo mientras ella se provocaba un nuevo orgasmo con expertas arremetidas del plátano. N o paró hasta convertir la fruta en papilla.
-¡Eres una puta asquerosa! -exclamó Adam mientras se acercaba a la sección de verduras. Cuando volvió con un pepino, Ava lo esperaba de pie, con el látigo en la mano.
-¿Qué has dicho? -Aunque la voz le temblaba un poco, sonaba imperiosa-. Maldito pedazo de salami podrido -le espetó con voz ronca.
-Que eres una puta asquerosa -repitió él con un poco menos de convicción sin apartar los ojos del látigo-. Me das más asco que una sopa de sobre, me das más asco que... que un bizcocho de cabello de ángel, que el queso con gusanos.
-Quítate los pantalones -dijo ella acariciando el mango de cuero del látigo.
-Ni lo sueñes, manitas de cerdo.
-He dicho que te quites los pantalones, pedazo de colesterol.
-Puta. Zorra. Huesos de caldo.

Ava hizo chasquear el látigo con un rápido movimiento de la muñeca. La punta afilada lamió el muslo de Adam.

Resoplando, Adam se bajó los pantalones; él tampoco llevaba ropa interior. Tenía una erección monumental. Ava se la acarició suavemente con el látigo y se rió con sorna.
-Así que lo estás disfrutando, mofletes de requesón.
Adam rehuyó su mirada.
-Agáchate.
-No.
-No hagas que me enfade.
Él frunció el ceño, se agachó con el culo apuntando hacia ella y apoyó las manos en el estante de la fruta.
-Dame el pepino -le ordenó ella.

Al volver la cabeza, Adam vio que Ava lo estaba lubricando en su vagina. Hasta que se lo empezó a meter lentamente por el culo. Él gimió y se retorció de dolor y de placer al mismo tiempo.
De repente se hizo el silencio. Alguien había apagado el hilo musical. Ava y Adam escucharon la voz metálica de Sarah por el sistema de megafonía:
-Señores clientes, les recordamos que estamos a punto de cerrar. Por favor, procedan a pasar por caja. Gracias por su visita. Esperamos volver a verles pronto.
Ava sacó el pepino del ano de Adam y lo lanzó al estante de las verduras; cayó justo al lado de los demás pepinos.
- Bonito tiro, bollito.
-Gracias -dijo ella. Los dos se rieron y se arreglaron la ropa a toda prisa. Ava recuperó su zapato y se guardó el látigo en el bolso- Será mejor que compre algo -susurró; leche de coco y un frasquito de estragón, pensó, como podía haber pensado en cualquier otra cosa.
-¿Nos vemos la semana que viene, tarrito de miel? -preguntó Adam-¿Donde siempre a la hora de siempre?
-No lo dudes, guisantito mío.
-Hasta pronto, entonces.
-Hasta pronto.
Adam observó alejarse a Ava por el pasillo. Al veda llegar, Sarah se preguntó por qué llevaría una media a la altura del tobillo. ¿Sería posible que no se hubiera dado cuenta?
-¿Qué tal el libro? -le preguntó Ava al tiempo que le entregaba su compra.
-Muy bueno -suspiró Sarah sin apartar los ojos del muslo desnudo de Ava-. Me encantan las historias de amor. ¿A usted no?
-Claro que sí -contestó Ava guiñándole un ojo a la cajera- Tengo una detrás de otra.


Cómeme
Emecé
Linda Jaivin

Barcelona, 2009
ISBN 9788496580473

288 pags.


jueves, 11 de abril de 2013

La educación sentimental de la señorita Sonia, de Susana Constante


Susana constante es una escritora bastante particular: sus relatos son, a mi modo de ver, caoticos y algo oníricos.  En una ocasión comenté que Luis G. Berlanga, fundador de Tusquets, inició la colección erótica "la sonrisa vertical" para editar todas aquellas obras que la represión franquista condenó al armario y que seguramente la gente tendría en sus casas.

Aparentemente este es uno (¿el único?) de esos libros: impreso en 1979, ganadora del premio de la portada rosa, parece ser que éste es un libro escrito en 1976.

Una muchacha, acompañada por un capitan del ejército viajan en tren. Se encuentran a un joven que se ha equivocado de tren, pero que los comienza a seguir sumisamente; aparentemente por amor platónico de la bella jovencita.

Ellos van a visitar a una Condesa, antigua amante del padre de la chica y quien tiene un hijo al que tramposamente llama sobrino y al cual ama absolutamente. El muchacho de 14 años es inteligente, soñador y está decidido a entrar al seminario y a renunciar al mundo. La condesa, mujer de placeres quiere que conozca el sexo (no el amor) para tratar de convencerlo de renunciar a sus planes.

El capitán, por su parte, hombre libertino y de placeres, está enamorado de la condesa, quien no le hace el menor caso y se ríe de su cursilería. Sonia, por otro lado, se enamora del muchacho, un par de años menor que ella pero más maduro intelectualmente. El muchacho simplemente ignora a Sonia.

Sonia era una chica rica con la impresión eterna de haber perdido una oportunidad. Iniciada por su padre y por un extraño violador de menores, quiere conocer el amor, aunque no lo persigue como un fin.

El libro refleja una filosofía muy interesante; desde ese punto de vista, el libro rescata elementos del erotismo clásico del siglo XVII y XVIII, con aquellas novelas que unían filosofía, anticlericalismo, perversión de una chica (chico en este caso) virgen y erotismo.

Olvidas, creo, que todo puede hacerse, a condición de mantener la compostura.
Apoyándose en el brazo del niño, la condesa suavizó la reprimenda con una sonrisa:
—Ten en cuenta, Sebastián, que es preciso guardar las formas, única manera de servirnos de ellas de acuerdo a nuestros deseos.
Sebastián la escuchaba frunciendo el entrecejo.
—¡Pero entonces —adujo pensativo— es necesario doblegarse, esclavizarse! —e hizo una mueca de desdén.
—Naturalmente —respondió Luisa, con un encogimiento de hombros—. ¿Contra qué, si no, irías a construir tus caprichos?
—¿Pero por qué —insistió el niño— obedecer para desobedecer? No te comprendo.
—¡Ah! —la condesa agitó la mano enjoyada— debes obedecer para sobrevivir, Sebastián; y desobedecer para vivir, esto es, para buscar tu placer. Es tal vez complicado, pero exacto. Todavía eres un niño — murmuró, mirando con ternura la carita afilada y morena—. Ya tendrás tiempo y ocasión de pensar en estas cosas.

Es un libro muy complejo, elegantemente escrito y de una sensualidad poco expresada:


Sonia lo miró, tendiéndole la mano derecha, y acariciando con la izquierda el cuello enrojecido de Alexei, mientras emitía sonidos consoladores, tales como:
—Ya, ya, ya. Vamos, vamos, vamos, etcétera.
Tomó, entonces, su mano y le dijo:
—Ven Nicolás —acomodándolo sobre su pecho libre.
Fascinado, Nicolás permaneció tendido allí, temeroso de decir algo que pudiera arruinarlo todo y mirando con un resto de prevención la cabeza abatida del Capitán de húsares que, no obstante, ya no le parecía tan terrible como cuando la miraba de abajo, esto es, hallándose Alexei bien plantado sobre sus pies. Se quedó allí, decía, hasta que captó un casi imperceptible cambio de ritmo en la respiración de la señorita, que acariciaba ahora su espalda y la del Capitán con los ojos cerrados y la boca anhelante. Alexei se inclinó sobre esa boca, lamiéndola dulcemente y deslizando una mano por la comba del vientre de Sonia, hasta apoyarla sobre el sexo con una presión exigente. Sonia apretó la cabeza de Nicolás contra su pecho y desatando los lazos del vestido le ofreció un pezón sonrosado y erecto.
—Chúpalo —le pidió, muy seria.
La mirada de Nicolás se encontró con los ojos atentos y algo espantados del Capitán que, al parecer, acababa de notar su presencia. Por un momento, el hombrecito sintió una contracción de miedo, pero sostuvo —inmóvil— la mirada de Alexei, y acabó por tranquilizarse pensando que siempre estaba a tiempo de matarlo, si la ocasión lo exigía, aunque rogando, también, que eso ocurriera —acaso debiera ocurrir— un poco más tarde.
Se encontraban, los tres, en una situación a un tiempo comprometida y lejana, como si sus gestos —cuerpos y palabras— les sucedieran, en cierta forma, por procuración. Pero también había — cada vez más a medida que pasaban los minutos— una suerte de concentrada colaboración. Cada uno de ellos (¿pero quiénes eran ellos?) procuraba adivinar, adelantarse al deseo de los otros, satisfacerlo satisfaciéndose. Atrapados en un mareo casi ensordecedor, sabían que actuaban, pero no sabían (no sabían) el nombre exacto de quienes llevaban adelante la acción. Y lo que en un principio había sido una situación en cierta forma clara —dos hombres y una mujer— se transformó imperceptiblemente en un sofocante e intenso vacío de placer, donde se movían tres cuerpos sin precisa y definitiva identidad. Este embudo amenazaba tragárselos (o al menos esto es lo que pensaba cada uno, perdido en su activa soledad), lo cual no hacía más que lanzarlos frenéticamente por encima de sus bordes, reclamando, tentando ese olvido pavoroso. Y es así cómo, al amanecer, estirada sobre la alfombra, desnuda, fresca y como recién lavada, Sonia murmuró:
—¡Oh, quisiera morirme! —y lo dijo con una sonrisa distendida y abierta, muy joven y sin ulterioridades.
El hombrecito, sin ropas, era casi hermoso. Delgado y enjuto.
—Yo también —dijo— quisiera morirme.
Y de todos ellos él era, tal vez, quien lo deseaba más ardientemente. Alexei, en cambio, se puso de pie con un gesto brusco.
—Yo —aseveró— hubiera preferido morir un poco antes de ahora.
Volvían, de pronto, a ser tres gestos precisos. La luz mezquina de un amanecer lluvioso no restituía los rostros, sino las funciones; no bautizaba, condenaba: una señorita, un caballero, un esclavo.
Retirándose a lo más oscuro de la habitación, Nicolás sufrió el golpe de este conocimiento, que lo sumió en una desesperación infinita. Permaneció acurrucado largo rato, con los ojos fuertemente apretados, sin ver (sin querer ver) nada, hasta que, como un relámpago, una idea se abrió paso en el lodazal de su padecimiento: «Yo, se dijo, soy el único que ha elegido. Yo sé de ellos todo lo necesario, mientras que ellos nada conocen. ¡Yo tenía una vida distinta, yo era otro, antes de ser éste!», y entonces abrió los ojos.

La condesa ofrece a su propio hijo a Sonia, a condición de que no le permita enamorarse. Ella está intentando salvar a su hijo de la religión, porque de no hacerlo, deberá resignarse a hacerse vieja y a renunciar ella misma al mundo.

—¡Amas a Luisa! —le dijo riendo, afeada por el dolor y la cólera—. ¡Amas a tu madre, querrías estar a su lado desnudo, como ahora conmigo! No eres hombre —le decía, acariciando frenéticamente el
sexo de Sebastián y tironeándose a veces del cabello en un intento desesperado por no ser arrancada de ese lugar, por recuperarse sana y salva, con el orgullo intacto.
Sebastián la miraba, incapaz de apartar los ojos de su cara, sometido a la violencia de esta verdad que ella le ponía por delante y repetía una y otra vez con la exacta pasión de un látigo manejado por una voluntad impersonal y justiciera. Su sexo erguido temblaba y, sin advertirlo siquiera, la golpeó, derribándola de espaldas sobre el lecho y arrojándose sobre su cuerpo con la misma precisión maniática con que la había golpeado.
Mudo, pálido y furioso, se abrió paso entre sus piernas, penetrándola con violencia y sintiéndose llegar a un lugar desconocido, que lo atraía y rechazaba a la vez en un movimiento pendular oscuramente presentido y deseado.



Perversógrafo: Sexo oral, sumisión, fetichismo, incesto.









La educación sentimental de la señorita Sonia
Susana Constante
La Sonrisa Vertical SV 13, Tusquets Editores
España, 1979
ISBN: 978-84-7223-313-3
136 pág.



viernes, 29 de marzo de 2013

El arte del azote de Milo Manara y Jean Pierre Enard

En el norte de México, donde he vivido mi vida entera, las mujeres son "bravísimas", son como un ventilador de seis aspas para tirar chingadazos, por lo que este asunto de azotar a una mujer, para mí, pobre macehual ignaro, es algo completamente extraño.

Milo Manara es uno de mis ilustradores favoritos. Podemos achacarle cierto machismo a sus dibujos, con esa mujeres "perfectas" de melenas felinas, con los labios gruesos y, aunque las mujeres que dibuja se comportan como "la mujer maravilla", siempre están dispuestas para el sexo sumiso.

Jean Pierre Enard escribió uno de mis libros favoritos: Cuentos para enrojecer caperucitas, libro que una amable lectora me regaló y que al día de hoy conservo con cariño. Enard es dado al sexo explícito, sumiso y algo sádico.
¿Porqué entonces no gustar de este libro?....bueno, el tema del golpear a una mujer me repugna, y es por eso que este libro estuvo años en mi estantería esperando a que lo leyera.

El libro no está nada mal. No contiene los mejores dibujos de Manara, pero, exceptuando el personaje masculino tan chocante, no está mal.

El texto.....no es gran cosa, pero no deja de ser interesante. Yo creo que el autor quiso reescribir  "el arte del azote" de Jacques Serguine, un himno al azote y la nalga de la mujer; pero el libro de Enard contiene historia:

Una buenérrima mujer, Eva Lindt (más derretible que los chocolates ídem) viaja en el tren hacia Dijón; ella es reportera de chismes sexuales para las revistas de chismes sexuales. Junto a ella se sienta un individuo en su temprana madurez: Donatien Casanova (sí, un chiste del autor) El tipo trae un libraco que se llama "El arte del azote", y pretende ilustrar a la sabrosa señorita sobre la bondad de sus costumbres sexuales.


-El azote ha pasado de moda -declaró-. Hoy en día está mucho más de moda admitir un gusto por los látigos y el cuero que por unos azotes inocentes!
Probablemente nunca la han azotado...

Bueno, la historia no es tal: Donatien le explica su vida como azotador y ella se calienta, para dejarse azotar al final. Todo aderezado con ilustraciones calentorras de un tipo muy feo azotando a muchachas muy guapas.


Mi polla abultaba dentro de mis pantalones. Sophie se dio cuenta, alargó la mano y me bajó la cremallera. Mi órgano salió disparado hacia fuera. La joven lo acarició con una serie de besos delicados, mientras sufría el torrente de fuertes bofetones que le estaba propinando la doncella, y que acabaron por hacer aflorar lágrimas en sus ojos. La doncella volvió a cogerme la mano.
-Tóquelo y verá cómo arde, monsieur.
»Era demasiado. El espectáculo del azote me había excitado más de lo que
podía imaginarme. Aparté a Sophie a un lado y tumbé a la doncella sobre la cama.
Le levanté la falda. Llevaba unas finas bra gas de algodón que le cubrían el culo por
completo. Se las arranqué con tanta violencia que se rompieron. Ella dejó escapar una sonrisa desdeñosa y susurró:
-A su servicio, señor.
»Se puso de rodillas sobre la cama, con la cabeza bajada, como lo haría un fiel que se arrodillara para rezar en dirección a La Meca. Sus nalgas llenaban toda mi visión, dos enormes bolas que revelaban la flor violeta de su ano.
»Rápidamente, extendí mi mano sobre ellas, cubriendo tanta superficie como me era posible.. A cada golpe, la doncella me animaba con una sonrisa, mezcla de placer y gemido. La golpeé sin misericordia, seguro de que podría soportar muchas más cosas. Además, estaba tan excitado que no podría haberle hecho daño. Sólo los sádicos con sangre fría hacen daño a sus víctimas. Esas prácticas no tienen nada que ver con el arte gentil y divertido del azote...
»Continué azotando el relleno y tembloroso culo de la doncella. La vi meter la mano entre sus muslos y comenzar a acariciarse, rogándome, «Sí, monsieur, más fuerte, ¡más fuerte!»
»Mientras, Sophie no estaba ociosa.
Se deslizó debajo de su compañera para colocar su raja justo en la cara de la doncella. Ésta comenzó rápidamente a lamerla, jugueteando con la lengua por la ácida rendija mientras la chica me buscaba con la boca. Yo cooperé sin dudarlo y, sin parar un momento de azotar aquellas medias lunas, metí mi pene en la boca de la adolescente.
»Estaba fascinado por aquellas nalgas que se tensaban, se entregaban, se recogían y se adaptaban al ritmo de mis azotes.
La doncella se puso a trabajar con su sexo, mientras sus gemidos se hacían más rápidos y vehementes. Yo adapté mi ritmo de azote al de sus jadeos. De repente, se
puso rígida y chilló, «¡No!»
»En mi ingenuidad de principiante, pensé por un momento que le había hecho daño. Pero rápidamente lo comprendí, mientras la veía retorcerse y gemir extasiada. En ese mismo instante, se introdujo toda la vulva de Sophie en la boca,
labios y clítoris juntos, succionando, lamiendo. La chica se estremeció y se abandonó al clímax, llenando toda la habitación de un aroma de ámbar y limón. En cuanto a mí, habría sido de mala educación prolongar mi placer por más tiempo. Eyaculé en la garganta de Sophie un chorro de licor que a punto estuvo de asfixiarla.
»Entonces saboreé todo mi triunfo, colocando cada una de mis manos sobre un culo diferente, pero delicioso. Mi visita a la rue Cavour me había enseñado una cosa: ¡en el arte del azote había que olvidar cualquier idea preconcebida!

Así, el tipo se inicia con las prostitutas, para después conseguir una serie de amantes con gustos similares. Algunos amigos que tengo dicen que las mujeres con gusto por el maltrato en lo sexual son abundantes, pero la verdad es que me declaro ignorante.


»Entonces obligó a Francoise a colocarse en una postura más adecuada, a
cuatro patas, con las piernas abiertas.
Ella me colocó entre los muslos de su secretaria, y yo la penetré hasta la empuñadura, encantado ante aquella vaina de terciopelo.
Pero Virginia no me dejó en paz. Me hizo sacar el miembro y a con-
tinuación penetrar el ano, donde, con más dificultades, me hundí en aquel orificio rosado, que olía a musgo y ámbar, y que se cerró fuertemente en torno a mi miembro. Yo bombeaba con fuerza, la taladraba.
-¡Por Virginia.
»Así que me fui follando a Francoise alternativamente por el culo, por el coño, entrando en uno después del otro, saliendo del primero para entrar en el segundo, adentrándome en éste para desertar y explorar aquel. Cuando vio que ya había cogido el ritmo, Virginia se puso a horcajadas encima mío y comenzó a azotarme sin cuartel. Yo me retorcía bajo sus golpes, chillaba, protestaba. Pero al mismo tiempo la animaba a continuar, más fuerte, más rápido. y aun así, seguía follándola por el coño, por el culo, por el coño...*
Francoise se removía debajo mío, moviéndose al ritmo de la copulación. Mis nalgas comenzaron a calentarse. Virginia me golpeaba con el dorso de la mano, y también con el borde. Mi culo estaba en llamas. Tenía que explotar.
delante otra vez! -ordenó
Agarré a Francoise por las piernas y avancé hacia su interior. Ella comenzó a bailar bajo mí, transportada a algún tipo de misterioso trance ceremonial. Comencé a sentir un escalofrío en mi nuca, que me recorría toda la columna vertical y acabó extendiéndose por todo mi ser. ,sintiendo el líquido que salía de mi interior, Francoise se abandonó al clímax de su placer. y aun así todavía no me había librado de Virginia, que continuaba sentada a horcajadas sobre mí, golpeándome las nalgas. Cerró más sus muslos en torno a mi cadera y frotó su monte de Venus contra mi espalda. Me abofeteaba, me golpeaba, me azotaba, con un ardor que me electrificaba. De repente, me apretó aún más entre sus piernas y dejó escapar un fino chorro de líquido que recorrió mi espalda. 


Al final, todo estaba planeado. Casanova quería mostrar a la chica de nombre chocolatoso que la podía seducir y exhibir. El libro es bueno. Recomendable aunque no te gusten ese tipo de prácticas.


Perversógrafo: Sexo vaginal, oral, anal, sumisión, masoquismo, azotes, lesbianismo, prostitución, masturbación, beso negro, trios.



El arte del azote
Milo Manara y Jean Pierre Enard
Norma Editorial, Manara Color #13
ISBN: 84-8431-092-2
Páginas: 96

* NOTA SANITARIA: De la vagina al ano = OK, del ano a la vagina NUNCA, cambia el condón primero





miércoles, 20 de marzo de 2013

El condón asesino de Ralf König

¡Uy que feo!
......de la película inspirada en el cómic.

He de confesar que nunca he usado un condón. Lejos de mí la temeraria idea de estar en contra de su uso, pero simplemente………bueno……..no los he usado y ya.

Este comic me da una buena (es decir, falsa) excusa si ustedes tratan de indagar el porqué de mi peculiar  conducta: nunca sabes cuándo un cachivache de esos se va a comer tu “parte de varón”. En un momento estás poniéndote el “hulito” y dispuesto a saciar tus urentes instintos de pasional libídine (te preparas a coger) y el siguiente estás persiguiendo un extraño ente condoniforme que bufa como gato y huye despavorido con tu pene en su interior.

Aquí tenemos un comic muy divertido de Ralf König. König es un dibujante de comics de temática gay. Sus personajes suelen ser despreocupados gays que viven la vida loca; casi siempre encontramos un tipo grande, peludo, y de aspecto de hombre mediterráneo. Köning suele dibujarnos muy mal a hombres heterosexuales, travestis y mujeres de la elección sexual que sean; sin embargo en este comic en particular no se ensaña con nadie….o mejor dicho, nadie sale bien librado.

En el “hotel revolcón”, hotel de “pago por evento”, en un cuarto en particular ocurren cosas extrañas: las mujeres atacan a los hombres y les arrancan el pene de un mordisco, mientras gritan como locas.
Cuando el inspector de la policía va a investigar, y de pasada a fornicar con un desconocido que conoce en la calle (bueno, no lo conoce, nomás se encueran sin hablar) descubren con horror que el condón de la mesita se mueve y sale huyendo.

En la persecución, el inspector pierde un huevo de una dentellada……..pero el condón no olvidará su enorme pene de mandril.

Resulta que el inspector busca el amor (aunque no es nada romántico) y comienza una relación con el extraño del cuatro de hotel que le lleva flores al hospital……me da mucha risa que para König, hablar de sexo gay es natural y llano…….violento y de urgencia; pero el amor es algo que hace ruborizarse al gran inspector y su amante.

Allí comienzan una serie de aventuras aderezadas con sexo extraño y amor gay.

No soy aficionado al erotismo gay, pero la picardía cómica me gusta mucho, y el absurdo me hace gracia. Creo que este libro es bueno.

Y ya, léanlo, es gracioso. Y no metan la pilinga donde sea.



Perversógrafo: Sexo oral, homosexual, bisexualidad, travestismo, voyeurismo, lluvia dorada, bondage, estupro, prostitución, violación.........qué se yo, cosas muy raras.



El condón asesino
Ranf König
Ediciones la cúpula
Víbora Comix
Barcelona, 1991
ISBN: 84 7833 055







jueves, 28 de febrero de 2013

¿Y el destornillador para qué?

Respecto al último post.......me recordó este fragmento:

Elementos con los que se debe contar en el lugar donde se realiza la orgía


  • Una mesita ratona no muy baja y pantuflas por si alguno de los invitados deseahacer La Tortuguita.
  • Buen servicio de agua caliente para los que quieran ducharse después. Y antes sifuera necesario. (Se recomienda agua caliente central y no termotanque si los participantes son muchos.)
  • Varios juegos de vibradores con diferentes cabezales. Asegúrese de que sean tan fáciles de sacar como de introducir: queda muy feo tener que llamar al ginecólogo o al plomero a las tres de la mañana por un vibrador atascado.
  • Más de una cama para evitar discusiones. También puede servir una alfombra mullida.
  • Si no se cuenta con una alfombra mullida, proveerse de varias colchonetas.
  • Si se cuenta con una alfombra mullida, tener a mano limpialfombras y quitamanchas.
  • Un simpático surtido de forros de varias marcas y colores, con distintos adminículos incorporados.
  • Vaselina y otras cremas lubricantes que no contengan vaselina. (Hay orgiastas alérgicos de todo tipo).
  • Un juego de destornilladores y una linterna.
  • Uno o varios sets de parafernalia sadomasoquista.
  • Un botiquín de primeros auxilios.
  • Los teléfonos del Servicio Sacerdotal de Urgencia, y de Emergencias Psiquiátricas para los que se arrepienten espantosamente en cuanto acaban por tercera vez. (Siempre hay alguno).
  • Una o varias plantas carnívoras.

Usted se preguntará para qué el set de destornilladores y la linterna. O las plantas carnívoras. No tengo por qué decírselo. Es uno de los secretos de la Casa Badmington. Use su imaginación y averígüelo por su cuenta.
Manual Nacional de Cortesía Sexual, de Lord Badminton 

Definitivamente uno aprende muchas cosas en estos libros