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miércoles, 22 de agosto de 2012

Una mujer sensual

Felicity Fey
Pierre Louÿs era todo un poeta.....un poeta con una fijación por el sexo anal con niñas. Cuando Pierre Louÿs murió, dejó montañas y montañas de papeles con sus fantasías sexuales, de las cuales aún no han sido editados todos.

Parece ser que cada obra "seria", aún siendo sensual su escritura, tenía una contraparte pornográfica. Aquí un fragmento de la "Historia del rey Gonzalo y de las doce princesas", contraparte pornográfica de  "Las Aventuras del rey Pausole", en la que un monarca está decidido a desvirgar a sus doce hijas.

Al día siguiente, por la noche, se decidió que la elegida fuera Prima. Entonces Chloris manifestó que su presencia sería inútil, no se sabe si porque creía que los dieciocho años de la princesa no necesitaban el consejo de nadie, o quizá porque temía mostrarse desnuda junto a una belleza tan perfecta.
Así pues, Prima se presentó sola y sin turbación aparente, ataviada con un sucinto vestido desprovisto de corchetes, aunque sujeto holgadamente a su talle con un cinturón.
Era alta, tan morena como sus hermanas, y todo en ella tenía formas admirables: el contorno de su rostro, las líneas de los ojos y de la boca, la elegancia del cuello, la proporción del torso y de las piernas.
Aleccionada sobre aquello que le aguardaba, se acercó al rey con lentitud, lo besó en la frente y, acto seguido, se sentó sonriente en sus rodillas.
El rey se sintió tan conmovido que olvidó lo que tenía previsto decir. Por fortuna, la sistematización de sus cuestionarios acudió en su ayuda para sacarle del apuro.
—A tus hermanas les he preguntado sobre aquello que mejor conocían. Una me ha respondido muy bien acerca del pudor, y la otra acerca de la moral. ¿Y tú? ¿Qué es lo que mejor conoces?
Prima le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído:
—Esta noche, lo que mejor conozco es el modo de excitarte.
—¿Es eso una ciencia?
—Conseguir que se ponga tiesa una picha sin tocarla es todo un arte. Es un arte de cuya experiencia carezco, pero cuyos secretos conozco a la perfección. Es, en suma, el Arte del Amor.
—Demuéstramelo.
—Tengo toda la noche.
—¿Cuántos secretos hay en el amor?
—Conozco un millar de ellos, e inventaré muchos más. Claro que los secretos de amor no se dicen en ningún otro lugar que no sea la cama...
El rey empezaba a comprender que la mayor de sus doce hijas era demasiado lista para él. Prima se percató de sus pensamientos y, sabiendo que una enamorada no debe intimidar a aquel a quien desea seducir, se acostó sobre la colcha, atrajo al rey y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvistió sin apenas dejar entrever sus encantos, pues se tendió sobre él, cuerpo contra cuerpo, mostrando tan sólo sus pechos pero haciéndole sentir todo lo demás.
—Prima, eres demasiado hermosa —afirmó el rey—. No podré permanecer durante mucho tiempo en el estado al que me has llevado.
—No temas nada. El primer secreto del amor es conseguir estar excitado. El segundo es conseguir dejar de estarlo.
—Eso me parece más prudente.
—No, no, me siento segura de mí. Me amas ya lo suficiente como para dejar de mi cuenta la dosificación de tu placer. Acabas de decirme que soy demasiado hermosa, aunque apenas si has visto mi rostro. Pues bien, será eso lo primero que vas a desvirgar: mi rostro.
—¿Cómo has podido adivinar mi pensamiento?
—No lo pensabas. He sido yo quien te ha hecho pensar en eso antes de decírtelo. Se trata de otro secreto... Esta boca mía, que te habla, desea que la desvirgues. ¿Consientes en ello?
—Con urgencia y del modo que mejor te plazca.
—Si yo fuera hombre, desearía empalmarme más abajo del vientre de una muchacha que ofrece su boca de virgen antes incluso de mostrar sus demás virginidades. Creo que le diría: "He aquí dos labios hechos para chupar una picha".
—¡Oh! ¡Esto es demasiado!
—¿Qué opinión te merece mi lengua, entre mis dos labios?
—No sé qué hacer con ella... Prima, ¿has jurado martirizarme?
—Por el momento no sabes qué hacer, ya lo sé. Más adelante será ella la que te lo pida. Ahora basta con mis labios, con mi boca, que te chupará con toda el alma porque está segura de que, al final, tendrá su recompensa: la leche que tanto ansía.
Dejando de torturar al rey con las tentaciones y la impaciencia, la joven princesa se deslizó a los pies de la cama, tomó entre sus labios el miembro real...,y su espera fue tan corta como larga había sido la de su padre. Luego, inmóvil y como ensimismada, bebió todo cuanto manó, antes de abrir los ojos y sonreír con ternura.
Transcurrió una media hora sin que al rey se le ocurriera retirarse a una estancia contigua, como había hecho la noche anterior. Charlaba con Prima, que parecía entregada a su indolencia, aunque cambió el tomo del diálogo a su antojo cuando consideró llegado el momento de hacerlo. En efecto, habiéndole preguntado el rey por qué permanecía acostada sobre su vientre, ella respondió con mirada impúdica y frente altiva:
—Estoy acostada sobre el coño.
—¿Por qué?
—Es otro de los secretos: mostrarse desnuda, pero
no dejar ver el coño.
—Pues también me gustaría comprender ese secreto.Tú que tienes tan hermosa boca...
—¿Y si tuviese el coño más hermoso aún, quizás, que mi hermosa boca? ¿De qué le sirve a una mucha- cha enamorada toda la belleza del cuerpo si no está dotada, por encima de todo, de la belleza del coño? ¿Sabes de qué te estoy hablando?
—Creo que...
—Escucha. Tengo cinco coños. El primero es mi boca, que esta noche quiere atiborrarse de leche. El segundo está muy poblado de pelo, bajo mi brazo derecho; mira: hoy no te lo ofreceré, como tampoco el tercero, éste que tengo en la axila izquierda, aunque conozco la manera de convertirlos en tan suaves como mi boca. El cuarto coño se halla entre mis nalgas. ¿Lo verás esta noche? Tal vez sí, tal vez no. Y el quinto es aquel sobre el que ahora estoy acostada.
Prima se tendió de nuevo sobre el cuerpo del rey y, en esta ocasión, le hizo sentir aquello de lo que hablaba. El resultado que esperaba se produjo antes incluso de lo que le mismo rey podía imaginar.
—Me dijeron que te afeitabas. ¿Por qué motivo?
—Por el mismo que acabo de decirte. Si no tuviera un coño hermoso, no lo afeitaría. La belleza se muestra siempre desnuda.
—¡Pues tú ésa no la muestras!
—La belleza se muestra a quien la ama. Tu picha la toca y se empalma entre sus labios, ¿no? Pues que tu rostro haga otro tanto y también él la verá.
—No sé a qué te refieres. Sólo sé que me pones fuera de mí con tantos toqueteos, tanta contención y tanto deseo exacerbado.
—No me prometas nada. No necesito promesas. Mi capricho es no enseñar el coño sin que éste reciba un beso. Si tú encuentras mi coño lo bastante hermoso como para acordarte de mi capricho, entonces sabré si me amas.
Acercándose a las almohadas, Prima se puso de rodillas apretando las piernas. Apenas si podía verse aquello que pretendía mostrar y, sin embargo, aquélla parecía ser en efecto la más perfecta de sus formas. Aguardó a que el rey manifestar impaciencia por ver lo que ella todavía ocultaba. Por fin, con la cabeza vuelta hacia la cabecera de la cama, se arrodilló justo encima del real rostro con las piernas abiertas.Acto seguido, se agachó ligeramente y vio satisfecho el capricho del que ya no hablaba. Pero el rey dijo en seguida:
—¡No me tientes más! Sería una locura...
—¿El qué? ¿Desgarrarme el virgo del coño? ¿Y cómo podrías haber elegido ése si todavía no te he mostrado el otro?
—Esta muchacha acabará haciéndome perder el sentido, con su belleza, su lujuria, su reserva y su actitud desafiante. ¿Acaso no te basta la satisfacción de verme reducido a no atreverme más que a lo que tú me...?
—Atrévete a todo cuanto te plazca atreverte. Mis órdenes tienen una sola justificación: que adivino tus deseos antes de que tú los sientas. ¿Verdad que ya te he hablado de mi otro virgo? ¡Pues búscalo! Mete la mano entre mis muslos. ¿Lo notas?
—No sé lo que noto... Pierdo la cabeza...
Prima se zafó de la mano que la tocaba y, tendién- dose junto al rey, musitó:
—¿Notas mis pelos?
—Pero si te rasuras.
—No ahí. Ni tampoco las axilas. Mira, si no, este mechón negro que me llega casi hasta el pezón del pecho. Dime, ¿qué piensas tú que me afeito? ¿El coño y el pubis? Pues me afeito también el vientre, hasta el ombligo. En cambio, por debajo del coño está todo intacto.
—¡Eres una diablesa!
—Sí. Tengo tanto pelo por detrás como la mayoría de las chicas por delante, y, desde que me afeito la vulva, se diría que ésta ha cambiado de lugar.A mis her- manas les gusta. Según ellas, yo tengo una boca donde ellas tienen el coño, y un coño entre las nalgas. ¿Acaso no sabes que soy su sultana y que vivo en un harén donde basta una palabra mía para que se rindan?
—¿Quiénes?
—Todas. La que más me plazca, según el capricho de mis fantasías. ¿Quieres saber quiénes son mis pre- feridas? Te lo diré después. Pero a todas, incluso a la más pequeña, que tiene siete años, le encanta meterme la lengua en la boca del vientre o en el coño del culo. No hay nada que no fueran capaces de hacer para conseguirlo, y la verdad es que me satisface mucho tentarlas.
—Eres una verdadera maestra en eso de tentar a quienes te aman.
—A mis tres hermanas más jóvenes no las amo, pero, como a las jovencitas les gusta sobre todo lo que es salado, es a ellas a quienes concedo, cuando demuestran ser lo suficientemente habilidosas, el derecho de hundirme la lengua en el trasero. Mi verdadero coño se lo doy a la lengua de mi favorita, y cada noche ambas dudamos entre qué es más grato, si para mí gozar de ella, o para ella saborear entre mis muslos el néctar que consigue extraer de mi cuerpo.
—¡Calla!
—¿Qué puede ser más agradable al paladar de una virgen que beber el néctar destilado por otra virgen? Por curiosidad, he querido probar el de todas mis her- manas la misma noche en que alcanzaban la pubertad. Tan pronto como alguna de ellas venía a decirme, alborozada: "Prima, ¡me corro!", yo le regalaba mi boca con fruición. Pero hoy, contigo, he probado la leche de hombre. ¿Por qué me llamas reservada? Deseo seguir bebiéndola, y deseo dar la mía.
—¡Prima!
—¿Por qué dices que me contengo, si acabo de revelarte todos mis gustos, y ahora voy a mostrarte todos mis secretos? No tengo nada que ocultar. Mira.
Y, como si hiciera el gesto más natural del mundo, se puso a horcajadas sobre la cara del rey, dándole la espalda y abriendo al mismo tiempo sus nalgas peludas y su vulva recién rasurada. Acto seguido, sin esperar lo que tenía la seguridad de conseguir, dibujó con la punta de la lengua un minucioso arabesco alrededor del órgano viril.
Hacía mucho tiempo que el rey no había concedido a nadie el favor de la caricia que las jovencitas se hacen unas a otras, y en consecuencia carecía de inclinación natural para ello. Pero, hallándose "fuera de mí", como él mismo había dicho, no supo lo que hacía..., y a pesar de todo lo hizo.
Por su parte, el cuerpo de Prima comenzó a arquearse espasmódicamente y a ser presa de un irreprimible desenfreno. Ella, que nunca decía una palabra cuando sus hermanas le rendían aquella clase de homenaje, esta vez sintió que no sólo debía hablar, sino incluso exagerar sus sensaciones mediante temblores y frases.
—¡Sí! ¡Oh, sí! —exclamó, con un hilo de voz—. ¡Oh! ¡Deseo correrme!
Apoyándose en los brazos, tensos como pilares, levantó la cabeza y curvó la grupa, abierta en toda su redondez.
—¡Mira qué excitada estoy! ¿Lo ves bien? ¡Por eso me rasuro! Cuando me lanzo, mi dardo se pone tan tieso y tan rojo que mis once hermanas se pelean por ver la picha empalmada de Prima... Sabía que esta noche me tomarías... ¡Por eso no he gozado en todo el día!...
Había gozado por tercera vez desde la mañana a las cinco de la tarde, pero su decisión de fingir un apasionamiento absoluto le hizo explicar:
—Cuando he gozado y estoy tan extremadamente excitada como ahora, digo cosas que no quisiera decir... ¡Te amo! ¡Te adoro! ¡Me mojo por ti! ¡Tengo empalmados hasta los pezones! ¡Sé que me encularás dentro de un instante, y lo deseo!... ¡Ah, si ahora me metieras el dedo en el culo!... ¡Sí, así! ¡Húndelo más!... ¡Me vuelves loca! Mi vientre está repleto de un néctar que pugna por salir, salir... Te devolveré más leche de la que tú me has dado a beber... Lo noto... Voy...Voy... ¡Oh, me corro! ¡Toma, gozo, me fundo! ¡Ah, toma, toma!
Gozaba sinceramente, pero por cuarta vez desde que se había despertado.Y para que no se notara que su voluntad física no llegaba a la abundancia de sus palabras, de pronto tomó en su boca en miembro del rey, como si sintiera la irresistible necesidad de hacerlo...
Hasta encontró valor para decir, en cuanto pudo abrir de nuevo los labios:
—¡Oh, qué bueno es! ¡Vuelvo a gozar! ¡Nunca imaginé que una virgen pudiera sentir esto cuando bebe leche de hombre mientras ella, a su vez, se corre!
Y para dar respuesta a todo, incluso al pensamiento, musitó al oído del rey:
—Puesto que lo sabes ya, voy a repetírtelo: me moría de ganas de ser enculada, pero cuando he goza- do..., entonces no he podido contener mi boca.




martes, 21 de agosto de 2012

Ricitos de Oro y los tres Barones (Cuento de Nancy Madore)

Coleccionar cuentos retorcidos es una de mis aficiones. Existen un par de libros de Nancy Madore que son una delicia, porque se proponen la meta de dar ideas eróticas para avivar la vida sexual de las lectoras.

Hay un cuento de Ricitos de Oro (personaje más bien antipático) que propone ideas asombrosas. Ricitos de Oro era reportera en una revista de chismes, y se mete en casa de tres barones solitarios que vivían su vida en solitario recato:


Ricitos de Oro puso la oreja en la puerta y esperó. Silencio. No había nadie. Mejor. Nada más entrar en la cabaña se encontró con los tres platos de sopa. Pero, sin saber que estaba demasiado caliente, y como no había tenido tiempo de desayunar, tomó una cuchara y la metió en uno de los platos…
—¡Ay, que me quemo! —exclamó, sacando un cuaderno para anotar esta contrariedad. Luego se acercó al segundo plato—. Ah, ésta está demasiado fría.
Después, metió la cuchara en el tercer plato.
—Ésta está perfecta.
Anotó algo más en su cuaderno y luego se tomó toda la sopa, sin pensar que no era suya.
Después de terminar su investigación en la cocina, Ricitos de Oro se aventuró hasta el salón. Allí encontró tres sillones. Se sentó en uno de ellos y prácticamente se levantó de un salto.
—¡Dios mío, qué duro!
En el siguiente:
—Éste es demasiado blando.
Y en el tercero:
—Ah, éste sí que es cómodo.
Pero el sillón era viejo y, con un crujido aterrador, se partió por la mitad, tirando a Ricitos de Oro al suelo, algo que ella anotó furiosamente en su cuaderno.
Después, siguió con su investigación entrando en un dormitorio en el que había tres camas.
—Ésta es demasiado dura —murmuró, tumbándose en la primera—. Y ésta, demasiado blanda.
Pero de nuevo, la tercera era perfecta. Tan cómoda era que cerró los ojos y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida.
Mientras Ricitos de Oro dormía plácidamente en la cama, los tres barones volvieron de su paseo por el bosque.
—Yo diría que alguien ha tocado mi sopa —comentó uno de ellos.
—Oh, cielos.
—Alguien se ha comido toda mi sopa —protestó el tercero—. ¡No ha dejado ni una gota!
Alarmados por tan singular evento, los barones inmediatamente empezaron a buscar al intruso. Y en cuanto entraron en el salón comprobaron que también había estado allí.
—Alguien se ha sentado en mi sillón —dijo el primero.
—Lo mismo digo —suspiró el segundo.
—¿Y mi sillón? —exclamó el tercero—. ¡Está destrozado!
Los tres fueron entonces al dormitorio.
—Alguien ha estado en mi cama —anunció el primero al ver que habían apartado las mantas.
—En la mía también.
—¡Y sigue estando en la mía! —exclamó el tercero, señalando a Ricitos de Oro.
El grito despertó a la joven metomentodo. Y puedes imaginar su sorpresa al abrir los ojos y encontrarse con los tres barones.
—¿Quién eres tú y por qué estás durmiendo en mi cama? —le preguntó uno de los hombres.
—Soy Ricitos de Oro —contestó ella. Pero, por supuesto, no tenía una buena explicación para estar donde estaba.
—Te has comido mi sopa y has roto mi sillón favorito —siguió el barón, mirándola de arriba abajo con desdén—. No te muevas mientras llamo a las autoridades.
—¡Oh, no! —gritó Ricitos de Oro—. No puedes hacer eso.
—¿Que no puedo? ¿Por qué no?
—Porque me han asignado que viniera aquí —mintió Ricitos de Oro, buscando una excusa cualquiera por miedo a una nueva demanda.
—¿Te han asignado? ¿Para quién trabajas? ¿Quién te ha dicho que vinieras a esta casa?
—Pues…
—¡Seguro que ha sido el conde Wallingford! —exclamó uno de los barones—. ¿No recordáis la broma que le gastamos el invierno pasado?
Todos miraron a Ricitos de Oro, sorprendidos. Y ella sonrió, fingiendo que habían acertado.
—Juró que nos devolvería el favor —murmuró el primero.
—Oh, qué idea tan escandalosa —exclamó el segundo. Pero lo decía con tal expresión de lasciva alegría que nadie podría creer que estuviese escandalizado.
—Desde luego —asintió el barón que había amenazado con llamar a las autoridades—. ¿Pero dónde puede haber encontrado a esta cualquiera?
—Oiga…
—Debemos preguntarle la próxima vez que lo veamos —rió su amigo.
Entonces, de repente, los tres se acercaron a Ricitos de Oro y empezaron a desabrocharle el vestido. Mientras lo hacían, hablaban los unos con los otros alegremente, sin prestarle mucha atención a la chica y haciendo observaciones bastante groseras sobre su ropa.
—¿De qué material estará hecho este trapo?
—No lo sé. Nunca había visto nada igual. Me recuerda a un saco de patatas.
—Desde luego —rió el tercero, disfrutando perversamente—. Casi espero que debajo aparezca un kilo de tubérculos.
—Ah, esto tengo que verlo —sonrió el primero, quitándole la ropa interior de un tirón—. Oh, qué material tan basto.
Sus amigos lanzaron exclamaciones de horror al ver los pololos de algodón, nada parecidos a la ropa interior de seda que ellos solían comprar.
Ricitos de Oro los miraba, atónita. Pero antes de entender lo que estaba pasando se encontró completamente desnuda delante de aquellos tres hombres. Luego empezaron a desnudarse ellos mismos, de forma completamente natural, doblando pantalones y camisas con cuidado para dejarlos sobre una silla. Por fin, el primer barón se tumbó en la cama con una ceja levantada.
—Bueno, ¿a qué esperas?
Los otros dos, mientras tanto, la empujaban hacia la cama. Atónita, Ricitos de Oro no era capaz de resistirse. Seguramente la misma curiosidad que la había llevado hasta la cabaña la empujaba a vivir aquel raro pero excitante episodio. Para los barones era una completa extraña que había sido enviada para procurarles entretenimiento. Nunca descubrirían su verdadera identidad, de modo que podía marcharse como si nada hubiera pasado pero con un nuevo conocimiento sobre ella misma y sobre el mundo, se dijo.
Nunca había tenido una oportunidad igual y, seguramente, no volvería a tenerla. Además, se sentía como si estuviera bajo una extraña influencia y no podía oponerse al deseo autoritario de los barones de celebrar aquella peculiar orgía.
Los dos barones guiaron a Ricitos de Oro hasta colocarla sentada encima del primer barón, pero ella lanzó una exclamación:
—¡Esto es demasiado duro!
—Eso se remediará enseguida.
Ricitos de Oro permitió que la colocasen tumbada sobre él y el barón no perdió un segundo. Inmediatamente se sintió embriagada por un intenso placer ya que, en esa posición, recibir su miembro erguido no resultaba tan molesto.
El segundo barón se colocó directamente delante de la cara de Ricitos de Oro y le ordenó que abriese la boca.
—Está demasiado blando —protestó ella… justo antes de que el lujurioso barón introdujese el miembro en su boca.
—Eso, también, será remediado enseguida.
Unos segundos después, se dio cuenta de que era cierto.
Ricitos de Oro miró al tercer barón, que estaba poniéndose una especie de lubricante.
«Oh», pensó. «Así será mejor». Pero reconsideró esta afirmación un segundo después porque el barón se había colocado detrás de ella y no le pareció inmediatamente «mejor» al sentir que la penetraba por detrás.
Así colocada, Ricitos de Oro se sentía como debía de sentirse una mariposa cuando el coleccionista separaba sus alas para exhibirla. Y aunque era cierto que los barones tenían tan poca consideración hacia ella como el coleccionista hacia la mariposa, al menos por el momento tenía toda su atención y el deseo que sentían por ella era evidente. En cuanto a ella misma, todos sus sentidos estaban alerta. Pero aplastada como estaba entre uno y otro, se sentía completamente inmovilizada y totalmente vulnerable.
Los barones la tocaban por todas partes mientras entraban y salían de ella, gruñendo de placer, decididos a disfrutar hasta el último momento. Con esto en mente, iban despacio y deprisa por turnos, utilizando su cuerpo como les venía en gana.
Mientras tanto, la excitación de Ricitos de Oro creía por segundos. Nunca se había sentido tan abrumada o tan desesperada. Gemía cuando los barones se volvían más exigentes, embistiéndola con una fuerza que la dejaba sin aliento. Pero luego volvían a hacerlo despacio, conteniéndose para prolongar la experiencia y, en esos intervalos, se dedicaban a tocar su cara, su pelo, sus pechos y nalgas. A menudo hacían comentarios sobre su apariencia física, notando la suavidad de su piel o la redondez de sus nalgas o el ansia de sus labios. Al oírlos, Ricitos de Oro se vio abrumada por un deseo loco y, de repente, se dio cuenta de que quería ser usada por ellos… aún con más desvergüenza.
De modo que separó más las piernas y arqueó la espalda, moviendo las caderas hacia atrás y obligándose a sí misma a recibir al tercer barón… por completo. La incomodidad que esto le causó se mezclaba con el placer. Alternativamente, empujaba hacia atrás para recibir al tercer barón o empujaba hacia delante para sentir al primero. Como no quería olvidarse del segundo barón, abrió más la boca y echó la cabeza hacia atrás para que pudiese meter el miembro hasta su garganta. Y, con cada embestida, sentía un inexplicable y profundo placer.
Todos sus esfuerzos eran comentados por los barones y sus comentarios, libidinosos, añadían leña al fuego que ardía en su interior.
A Ricitos de Oro le daba igual lo que pensaran de ella. Su cuerpo se movía sin parar buscando el placer que le daban con cada embestida. Los barones la miraban con admiración, maravillándose no sólo porque se entregase de esa forma, sino por su evidente deseo de ser usada de la manera más cruda por los tres.
Conteniendo el orgasmo repetidamente, los tres barones pensaban usar el cuerpo de Ricitos de Oro mientras ella se lo permitiera. El barón que tenía su boca la sujetaba por los rizos dorados, tirando de su pelo de un lado a otro, según la posición que le resultaba más apetecible. El barón que estaba debajo de ella sujetaba sus pechos con las dos manos, apretando fieramente sus pezones mientras ella temblaba sobre su cuerpo. Y el tercer barón azotaba sus nalgas brutalmente, como habría hecho con su caballo si no hiciese lo que le ordenaba.
Pero, por fin, los barones no podían retrasar su excitación por más tiempo y las embestidas se volvieron más urgentes, más duras. El crudo uso de su cuerpo envió a Ricitos de Oro hasta el precipicio y gritó de placer cuando su cuerpo encontró el glorioso alivio. Eso fue el fin y los barones perdieron el control, llenando su cuerpo a rebosar.
......
De modo que la pobre Ricitos de Oro no aprendió nada de la experiencia y, sin duda, seguirá entrando en casas ajenas.
Fragmento del libro "Cuentos para el placer", de Nancy Madore.






miércoles, 28 de marzo de 2012

Sol, la Luna y Talia, la Bella durmiente original

De la película erótica "Sleeping Beauty" (2011)
Dentro de las tradiciones de cuentos infantiles, "La bella durmiente" ocupa un lugar especial en el corazón de todo fanático de Disney. Al igual que en la caperucita roja, nos encontramos con que la historia es mucho más antigua, probablemente china y de hace miles de años; pero la versión europea primigenia es la que está registrada en el Pentamerone de Giambatista Basile (1636) (En realidad hay una anterior, pero no la conozco, y no es tan parecida a la actual)

La historia se llama "Sol, la Luna y Talia" y forma parte del libro póstumo de Basile, también llamado "El cuento de los cuentos", del mismo estilo que el decamerón de Boccacio, pero con una historia más parecida a "Las Mil y Una noches"

En la versión renacentista, tenemos al Rey que tiene una hija llamada Talia, a quien los sabios le vaticinaron que un gran peligro le esperaba en un trozo de lino, por lo tanto dio la orden de destruir todo cáñamo o lino en el país y todo ese rollo que ya conocen.

Un día, cuando Talia ya estaba crecidita, como toda princesa estúpida ve a una vieja hilando lino, toca la rueca, un tallo o espina se entierra bajo su uña y cae al suelo como si estuviera muerta. Luto en el país, muchas lágrimas, la ponen en una silla de terciopelo bajo un dosel de brocado, sellan el castillo y el reino emigra a otro lugar (quiero suponer que no era realmente un reino, sino un feudo, hacienda o casa señorial solamente) Hasta aquí la historia es idéntica a la melcochosa de Charles Perrault.......pero aquí viene lo mero bueno:

Un buen día, cierto Rey que andaba de cacería sigue su halcón que entra en el palacio, a donde lo sigue con la ayuda de una escalera; al entrar en la lóbrega casa queda espantado ante tanto abandono. Allí encuentra a Talia, hermosa después de tantos años y al no poder despertarla decide saciar sus "torpes instintos de pasional libídine" (se la coje) y regresa feliz y contento "chifle y chifle, cante y cante"y con los cataplines vacíos a su propio reino.

Como consecuencia de tal violación, Talia queda embarazada y da a luz un par de gemelitos, un niño y una niña que en algunas versiones son cuidados por las hadas y en otras se crían solos, pegados a la teta de su madre. Un día uno de los chamacos resbala y cae, y al estar tan hambriento comienza a mamar el dedo de Talia hasta que la astilla sale y ella revive. Los niños son llamados Sol y Luna.

Un día el descarriado Rey se acuerda de la escapadita anterior y se le antoja un nuevo apachurre. Al llegar al palacio constata espantado que ella está despierta y que ya hay más descendientes al trono. Para no perder la oportunidad, ellos viven muy felices...........por un par de semanas, hasta que el infiel rey recuerda que tiene esposa furiosa en casa, así que se despide prometiendo volver.

Tiempo después, el rey tiene, supongo, un sueño erótico, donde habla lo suficiente para que su malvada esposa se diera cuenta de lo sucedido. La Reina trae al secretario del Rey y le saca toda la verdad. La Reina manda recado a Talia, pidiéndole que mandara a sus hijos para criarlos como  propios. Talia los envía y la Reina los recibe con la cazuela abierta........¿Cazuela?.......sí, porque los manda degollar y cocinar.

El cocinero, como todo cocinero de cuento que incluya antropofagia (Blanca nieves, por ejemplo), esconde los niños y mata unos cabritos en su lugar.

--Oye mi amor, qué rica estuvo la cena.
--Cómetelo todo querido, te comes lo tuyo.

El Rey se va de parranda algo molesto, a cualquiera le molesta que su esposa le reclame el tener otra familia y que lo obliguen a comérsela. La Reina, no contenta con el daño que cree haber hecho, manda buscar a Talia, quien, con la nalga caliente corre al castillo del Rey, creyendo que le esperaba una sesión de sexo violento.

--Ajá, conque tú eres la "perra-flaca-chichona-robamaridos", ¿eh?, pues te voy a quemar viva para que aprendas lo que es andar caliente--(malditas telenovelas mexicanas, le echan a perder la imaginación a uno)

Ella trata de excusarse, sin mucha suerte, hasta que resignada decide entregar su vida, sólo pidiendo quitarse el vestido antes para no chamuscarlo.........ella se quita la ropa en un strip-tease tan lento, que da oportunidad a que llegue el Rey, quien, furioso, no solo salva a su amor violado, sino que manda quemar viva a su esposa, al secretario y de pasada al cocinero.

Bueno, el cocinero es perdonado y todos viven felices para siempre. Talia, en contra de la ley de derecho canónico, se casa con su violador asesino, que es el bueno del cuento y todos felices por siempre jamás. Esa Talia es el sueño de todo hombre: perdona que la desvirguen, que la violen, que la embaracen, que le oculte que es casado, y al final, se casa con el hombre que manda quemar viva a su esposa y a su mejor amigo......el amor triunfa.

Violaciones, canibalismo, strip-tease e indfidelidad.......bonito cuento infantil.



sábado, 1 de octubre de 2011

Cuentos para enrojecer a las caperucitas de Jean-Pierre Enard

El clásico Schneeflittchen hinter den 7 bergen
Ahora sí que me dejaron sorprendido. Resulta que una amable lectora de este blog me hizo el gran detalle de regalarme el libro que en otras ocasiones había comentado que me faltaba en mi colección.

Recibirlo y devorarlo, no hubo pérdida de tiempo. Estoy sorprendido por este libro; en alguna ocasión yo había leído el libro que Jean-Pierre Enard había hecho junto con Milo Manara (El arte del azote), pero no tienen comparación. Este es un libro cien por ciento onanista, los reto a que lo lean en público.

Para mi sorpresa, el libro es más surrealista de lo que yo pensaba, es más una colección engarzada de fantasías sexuales dentro de otra fantasía. Contrario a lo que yo había creído, no se trata de una supuesta biografía de Charles Dodgson, nombre verdadero de Lewis Carroll y quien escribió "Alicia en el país de las maravillas" para la hija de un compañero de trabajo, y de quien siempre se ha señalado intenciones pedófilas.

La historia es independiente con reminiscencias de un alter ego moderno de Lewis Carroll abandonado en una cabaña del campo con su amante Carol; Alice, la adolescente sobrina de su amante y una criada pelirroja llamada Louise que es pura dinamita. El tiene la encomienda de escribir un libro erótico pero está en un atorón creativo.

Ahora tenemos a la caliente puberta restregando su trasero contra el escritor para que le cuente una historia calentorra; en esta otra, la novia del escritor le hace una mastur-mamada-axilar increíble sobre un sillón amenazándolo con detenerse si la fantasía que le cuenta a su coño no le gusta. En aquella la pelirroja y curvilínea criada se desnuda ante el escritor en la tina de baño y tiene sexo anti-natura mientras lo obliga a contarle la historia de la orgía donde fue concebido el gato con botas. Hay una escena inolvidable del escritor siendo enharinado en la mesa de la cocina:
-No hay que ir enseguida a lo fundamental, la buena cocina exige tiempo y paciencia. Antes de atracarse hay que preparar las salsas y calentar el plato en su justo punto.Hunde sus manos en la harina y, suavemente, la extiende por mi pecho, por mis cojones y mi picha. Explica:-Ciertas viandas , para que no se peguen, necesitan ser enharinadas. Una vez hecho esto, Alice, amasa rápida pero suavemente. Ni tu brazo ni lo que vas a servir deben fatigarse.Louise une el gesto a su palabra. Pasa su palma por mi picha, de abajo a arriba, el masaje me sube a la cabeza...

Sexo al aire libre con su novia, orgías de ensueño, el autor es siempre forzado a tener sexo y a contar cuentos "infantiles", todo sea para inspirarle nuevas historias y que pueda terminar su libro. Poco a poco las mujeres van poniéndose de acuerdo hasta que lo orillan a recrear "La Cenicienta" de una manera muy sucia con ellas.
Carole me responde con golpes de sus caderas, amplios y vivaces, que están a punto de descabalgarle. La sujeto por la nuca. Le muerdo el hombro y, de una estocada, la penetro por el culo. Me hundo hasta la empuñadura en la angostura que se abre y  me devora. Carole se balancea con las nalgas y el coño. Me agarro a sus pechos. Se agita y salta, mi mástil la traspasa, caemos, zozobramos, nos hundimos, es un maremoto que estalla y nos arrastra. Carole canta, por fin, entre dientes: 
Que llueva, que llueva, 
la Virgen de la cueva. 
Los pajaritos cantan, 
las nubes se levantan. 
Que si, que no, 
que caiga un chaparrón 
y rompa los cristales 
de la estación.

Lo mejor del libro son los cuentos que surgen entre un palito y otro: "El efecto Pinocho" que nos muestra una historia alternativa de Pinocho y el hada azul. "Blancanieves giratoria" es uno de los mejores cuentos y nos cuenta las orgías inconcebibles de Blancanieves con los siete enanos; "Las tres cerditas" es otro de los cuentos que te dejan con muy buen sabor de boca.

Hay otros cuentos que son más surrealistas o hasta absurdos, como el de "Las recetas de la Ogresa" de pulgarcito y sus hermanos teniendo sexo a lo bestia, "La huerfanita putuela" como un diálogo muy al estilo de Pierre Louys, etc.

Al final me queda la impresión de que el autor escribía el libro por partes; existe "un quiebre" en el último capítulo, en donde aparece Charles Dogdson fotografiando sus orgías como si fuera un fantasma salido de sus sueños. Es como si el autor escribiera el libro y le fuera agregando historias antes del capítulo final.

Cuentos para enrojecer a las Caperucitas es un libro póstumo del autor, así que tal vez nunca lo sepamos.

--¡Ah tía Amalia!, qué cálido y suave es su conejo. Rumía bajo mis dedos . Saboreo su perfume, me lamo los dedos, quiero hundirme en él y permanecer allí el resto de mis días. 
--Tío Lustucrú, antes de acariciar mi conejo hay que cortejarle. Tendrá que domesticarlo con algunas golosinas. Hablarle suavemente y domesticarlo con ternura y respeto. 
--Tia Amalia, ¡me está excitando!, mire mi instrumento, ¿ha visto uno mas hermoso, mas grande y mas triunfante para ofrecer a su conejo? ¡Basta, pues de zarandajas! ¿Ya no aguanto más! 
--¡Cuidado! a mi conejo no le gustan las brusquedades, es suave cuando llega la hora pero feroz si no ha llegado.

Perversógrafo: masturbación, sexo vaginal, oral, anal, entre las tetas, en las orejas, en las axilas, con enanos, con muñecos, con la nariz, con el pie,  con animales, entre animales, lesbianismo, fisting, dedos, beso negro, azotes, voyeurismo, pedofilia, orgías, tríos, cuartetos, "octetos", masoquismo, exhibicionismo, y todo lo demás.



Cuentos para Enrojecer Caperucitas
Jean Pierre Enard
Arcor, Colección Fuente de Jade
Barcelona, 1989
ISBN: 9788427013797
162 pags.

viernes, 2 de septiembre de 2011

El cuento de la abuela, la caperucita roja original

Todos conocemos el cuento de la caperucita roja, esa niñita de buen corazón que visitaba a su abuela enferma y que fue engañada por el malvado lobo y después rescatada por el valiente cazador que despanzurra al cánido travesti.

Mamadas..... el cuento original es más siniestro, y si no abiertamente pedófilo, al menos PG-13. El lobo representa a una mente masculina adulta que busca satisfacer sus necesidades. La historia que circulaba en Francia en el medioevo decía algo así:


El Cuento de la abuela


“Había una mujer que acababa de cocer pan. Le dijo a su hija: 
- Ve a llevarle esta hogaza calentita y esta botella de leche a tu abuelita. 
Y la niña partió. En la encrucijada se topó con un bzou, (un demonio), que le dijo:
- ¿Adónde vas?. 
- Le llevo esta hogaza calentita y esta botella de leche a mi abuelita. 
- ¿Qué camino tomarás? – le preguntó el bzou- ¿el de las agujas o el de los alfileres?
- El camino de las agujas, le dijo la niña. 
- Vale, entonces yo tomaré el de los alfileres. 
La pequeña niña se distrajo recogiendo agujas. Mientras tanto, el bzou  llegó a la casa de la abuela, la mató y puso un poco de su carne en la despensa y una botella de su sangre en el estante. La niña llegó y llamó a la puerta.
- Empuja- dijo el bzou- está cerrada con paja mojada. 
- Buenos días, abuelita. Te traigo una hogaza calentita y una botella de leche.
- Ponlo en la despensa, mi niña. Coge la carne que está allí, y bebe de la botella de vino que hay sobre el estante.
Mientras ella comía, un pequeño gato decía: 
¡Que puerca! Se come la carne de su abuela y se bebe su sangre.
- Desvístete, mi niña- dijo el hombre lobo- y métete en la cama junto a mí.
- ¿Dónde dejo el delantal?
-Tíralo al fuego, mi niña, ya no te va a hacer ninguna falta.
Y cada vez que le preguntaba dónde dejaba todas sus otras prendas, el corpiño, el vestido, las enaguas, las largas medias, el bzou respondía:
-Tíralas al fuego, mi niña, no las necesitarás nunca más.
Cuando se acostó desnuda bajo la sábana, la niña dijo:
- Ay, abuelita, ¡qué peluda eres!
- Así no paso frío, mi niña.
- Ay, abuelita, ¡qué uñas tan largas tienes!
- Así me rasco mejor, mi niña.
- Ay, abuelita, ¡qué hombros tan anchos tienes!
- Así puedo cargar la leña para el fuego, mi niña.
- Ay, abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!
- Así te oigo mejor, mi niña. 
- Ay, abuelita, ¡qué agujeros de la nariz tan grandes tienes!
- Así aspiro mejor el aroma de mi tabaco, mi niña.
- Ay, abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!
- Es para comerte mejor, mi niña. 
(En una tradición, aquí termina el cuento cuando se la comen.......sin moraleja)

- ¡Oh abuelita, me he puesto mala¡ Déjame salir.
- Mejor háztelo en la cama, mi niña.
- Ay, no, abuelita, quiero ir fuera.
- De acuerdo, pero no tardes mucho.
El bzou le ató un cordón de lana al pie y la dejó salir. Cuando la niña estuvo fuera, ató el cordón a un ciruelo que había en el jardín. El bzou se impacientó y dijo:
- ¿Estás haciendo mucho? ¿Estás cagando?. 
Cuando vio que no le respondía nadie, salió de la cama de un salto y vio que la niña había escapado. La siguió pero llegó a su casa justo cuando ella cerraba la puerta tras de sí, poniéndose a salvo.


La niña sale de su casa con pan y leche (merienda infantil); pasa por el bosque de "las agujas o los alfileres", (símbolos de la iniciación a la edad adulta), y llega con un demonio que le ofrece vino y carne (como en la eucaristía) y la mete desnuda a su cama; ella descubre poco a poco el cuerpo de quien está en la cama....no es difícil ver que hay un cuento sobre la madurez sexual de las niñas.

No es el único cuento infantil que tiene origen en cuentos crueles y "sexosos"; en su versión original "la Bella Durmiente" era violada por un rey;  "Rapunzel" dejaba subir al príncipe para tener relaciones sexuales y "Cenicienta" mandaba decapitar a sus hermanas.

Bueno, más amablemente les dejo la versión de caperuza que más me gusta, no es tan cruel ni tan pedófila, pero es más divertida:




miércoles, 13 de julio de 2011

Cuentos para enrojecer Caperucitas de Jean Pierre Enard

Ni me lo pidan prestado: no lo tengo y no creo conseguirlo fácilmente.

Como saben, entre mis aficiones se encuentran el coleccionismo de cuentos infantiles con un toque retorcido....no necesariamente erótico, pero se aprecia el detalle.

En éste libro tenemos una serie de cuentos engarzados en una historia principal: Lewis Carroll (seudónimo de Charles Dodgson, el autor de "Alicia en el país de las maravillas", de quien yo siempre he sospechado algún tipo de "pedofilia platónica" al menos) está escribiendo un nuevo libro y el tiempo se le termina. Con él está su novia Carole (inventada por Enard), Louise, una criada y Alice, sobrina de 12 años de Carole.

Yo no me puedo imaginar a Dodgson comportándose como un semental frente a tres mujeres lúbricas y buenotas, pero bueno, en los libros todo puede suceder. Carroll inventa historias de alto contenido porno a partir de cuentos infantiles, y los relata (y también los recrea) con las dos damas y la chiquilla.

Carroll casi es presentado como la víctima indefensa a quien no le queda otro remedio que contar cochinadas y cogerse a las mujeres.


Bueno eso es todo lo que conozco del libro, pero un grupo de entusiastas mujeres da voz a uno de los cuentos del libro llamado "Las tres cerditas":

SEXUARTE: Un cuento para enrojecer a las caperucitas

La interpretación está a cargo de Estefanía Gonzalvo Morales, Eva Urquía Fermosell, Belén Molinuevo y Marta Garchitorena González. La producción técnica a cargo del área de la mujer de Radio Vallekas.





Gócenlo.......



Cuentos para Enrojecer Caperucitas
Jean Pierre Enard
Arcor, Colección Fuente de Jade
Barcelona, 1989
ISBN: 9788427013797
162 pags.

sábado, 25 de junio de 2011

La vida sexual de Robinson Crusoe de Michel Gall

Un libro raro que no tengo. Hace muchos años, en una de esas interminables noches extrañas, fui a dar al departamento del hermano de una amiga; dicho departamento estaba en una hedionda vecindad detrás de un prostíbulo, había un catre mal acomodado, almohadones en el piso, botellas vacías que formaban caminos en el cuarto, sostenes gigantescos en las paredes y  una colección de libros que imponía. El único mueble en forma del departamento era el librero y la sección de erótica ocupaba un espacio clave, al centro de todo, al alcance de la mano.

Después de comer tacos de carne pegajosa en el piso y maridarlos con unos "flamazos" de licores empalagosos y una plática literaria de lo más interesante (la soledad del individuo, la amistad, el drenaje y las toallas sanitarias de las vecinas), se dio cuenta de mi interés por esos libros; sin desviar la plática de los filósofos alemanes, sacó un par de los ejemplares más raros que tenía y me los prestó.

Entre los libros venía "La vida sexual de Robinson Crusoe". Ingenuamente supuse que podía ser una broma, un libro con sus páginas en blanco o un estudio introspectivo en el personaje de Defoe; pero no. El libro es una novela entre lúdica y lúbrica (¿lúdrica?, ¿lúbdica?) que trata principalmente de las fantasías masturbatorias de Robinson Crusoe en su forzosa reclusión en la isla.

Se supone que la novela fue escrita en 1952 por el, en aquel entonces, estudiante de filosofía Michel Gall (posteriormente periodista), como una apuesta divertida con Maurice Girodias, un amigo que resultaba ser fundador de Olympia Press, se publicó con el pseudónimo de Humphrey Richardson y pronto se convirtió en un éxito de ventas.

Si la trama es predecible (Un hombre queda solo en una isla durante muchos años, sufre mucho, se adapta mediante trabajo arduo, encuentra a un polinesio y lo llama Viernes hasta que son rescatados), las escenas por otro lado no tienen desperdicio: mientras practica algún modo de bestialidad o tiene relaciones con Viernes, la fantasía erótica se desborda y los recuerdos y añoranzas llegan como sueños.

Así, un día que encuentra un baúl lleno de ropa, viste a sus cabras de mujeres, ríe al verlas y se excita tanto que las viola. Y es que nuestro héroe necesita compañía, sea de sus cabras, de lirones, del malvado gato al que mata en una violación, del maldito loro que le hacía compañía pero nunca le sirvió para dialogar, del mono al que domesticó porque necesitaba sentir la caricia de una mano. Robinson es extravagante en sus rituales  masturbatorios, así que puede pasarse toda una tarde trabajando en una tina de baño fragante llena de medusas para tener sensasiones nuevas, o puede buscar la mezcla ideal de ingredientes para tener una mejor sensación en el pene al masturbarse con ellos o al comerlos.

Con los recuerdos de las mujeres a las que amó, poseyó o deseó, teje fantasías en compañía de sus animales y se hace parte de ellos en una locura que lo deshumaniza y lo confunde.

En lugar de una bella indígena con quien copular día y noche, iba a encontrar a un salvaje que lo mos­traba a la horda de sus congéneres. Le acorralarían para asarlo. A menos que prefiriesen comérselo cru­do. Ésta era la suerte que le esperaba si se quedaba allí más tiempo, ¡si no se daba prisa en volver a su casa para levantar barricadas! Decididamente, más le valía acabar sus días con sus cabras y sus plumas an­tes que sentir cómo los caníbales le mordisqueaban las nalgas, aunque esta última idea podía tener su lado excitante.
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Ya se veía a la cabeza de un harén de salvajes muy serviciales.
Sería un verdadero pachá. Pasaría los días en su ha­maca –con una de las mujeres. Mientras tanto, las otras dos cultivarían los campos y ordeñarían las cabras. Reinstalaría la bañera para que se pudiesen lavar cuando volvieran.
Cada noche tomaría una nueva compañera. Por la maña­na, la última tendría la misión de despertarle suavemente deslizándose a su lado. Habría una muy gorda y velluda. Otra a la que afeitaría todo el cuerpo. A la tercera sólo le tocaría los pechos: el resto se cuidaría de no usarlo muy a menudo para conservar todo su frescor. ¿Tal vez todos los domingos? No, ¡mejor cada quince días! De esta forma, tendría verdaderamenle la impresión de gran novedad. Esto no convendría a la mujer. Da igual, ¡elegiría la menos sensual! También podría acogerlas a las tres en su le­cho. Penetraría a una mientras besaba a la otra. La terce­ra... pues la tercera metería la lengua donde fuera preciso. Él se movería muy suavemente para poder resistir el mayor tiempo posible. ¡Qué felices serían! Se rebozarían en sus cuatro sudores mezclados. El tiempo pasaría aprisa.


Un día, después de 19 años de soledad se encuentra con otro hombre a quien llamará Viernes ("Didí" de cariño) y quien será su compañero sexual a partir de entonces, y servirá de base a sus fantasías heterosexuales para imaginar a la robusta mujer de gruesas trenzas de cabellos rubios a la que desea, él será esa boca que desea fornicar, su ano será esa vagina que desea masturbar con sus pestañas, será al mismo tiempo su mujer y su compañero de correrías sexuales por los prostíbulos londinenses.

Robinsón ya no añoraba en absoluto a las muje­res. Estaba muy enamorado de Viernes. Se sentía sa­tisfecho. Sin embargo, y a pesar de su físico de Apolo, el joven salvaje tenía en el fondo un carácter muy dulce y muy sumiso pero sus deseos sexuales eran mediocres (las cartas le divertían mucho más); Ro­binsón se sentía incómodo por sus propias exigencias sexuales. Le daba vergüenza pedirle que se dejara hacer el amor varias veces al día.
De vez en cuando, le proponía que ocupara su lugar (a menos que lãs cartas no se lo hubieran ya designado). Viernes acep­taba siempre con gusto, pero -era evidente- el pa­pel que le tocaba desempeñar era la menor de sus preocupaciones.
En este caso, Robinsón disimulaba sus verdaderas inclinaciones y el favor que le otorgaba era solamen­te el testimonio de su gratitud ante la sumisión de Didí, que le emocionaba mucho.

Viernes es mucho más cooperador que las cabras, además de que es una buena mujer, a pesar de que ambos son heterosexuales, los roles a veces confunden. Viernes le enseñará también nuevas formas de masturbarse, como hacer agujeros en la arena y llenarlos de aloe, y le inspirará fantasías de indígenas morenas con lenguas en el coño.

Este libro es un divertimento que engrandece el onanismo, la bestialidad y el poder de la fantasía......muy bueno sin duda.






Perversógrafo: Sexo ¿vaginal?, anal, oral, con las pestañas, con todo el cuerpo, fantasía, masturbación, zoofilia, transexualidad, violación, homosexualidad, voyeurismo.



Si leen el gabacho, allí les va un fragmento:



La vida sexual de Robinsón Crusoe
Michel Gall
Arcor, Colección Fuente de Jade 1
Barcelona. 1988
ISBN: 84-270-1236-5
152 pag.