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viernes, 29 de marzo de 2013

El arte del azote de Milo Manara y Jean Pierre Enard

En el norte de México, donde he vivido mi vida entera, las mujeres son "bravísimas", son como un ventilador de seis aspas para tirar chingadazos, por lo que este asunto de azotar a una mujer, para mí, pobre macehual ignaro, es algo completamente extraño.

Milo Manara es uno de mis ilustradores favoritos. Podemos achacarle cierto machismo a sus dibujos, con esa mujeres "perfectas" de melenas felinas, con los labios gruesos y, aunque las mujeres que dibuja se comportan como "la mujer maravilla", siempre están dispuestas para el sexo sumiso.

Jean Pierre Enard escribió uno de mis libros favoritos: Cuentos para enrojecer caperucitas, libro que una amable lectora me regaló y que al día de hoy conservo con cariño. Enard es dado al sexo explícito, sumiso y algo sádico.
¿Porqué entonces no gustar de este libro?....bueno, el tema del golpear a una mujer me repugna, y es por eso que este libro estuvo años en mi estantería esperando a que lo leyera.

El libro no está nada mal. No contiene los mejores dibujos de Manara, pero, exceptuando el personaje masculino tan chocante, no está mal.

El texto.....no es gran cosa, pero no deja de ser interesante. Yo creo que el autor quiso reescribir  "el arte del azote" de Jacques Serguine, un himno al azote y la nalga de la mujer; pero el libro de Enard contiene historia:

Una buenérrima mujer, Eva Lindt (más derretible que los chocolates ídem) viaja en el tren hacia Dijón; ella es reportera de chismes sexuales para las revistas de chismes sexuales. Junto a ella se sienta un individuo en su temprana madurez: Donatien Casanova (sí, un chiste del autor) El tipo trae un libraco que se llama "El arte del azote", y pretende ilustrar a la sabrosa señorita sobre la bondad de sus costumbres sexuales.


-El azote ha pasado de moda -declaró-. Hoy en día está mucho más de moda admitir un gusto por los látigos y el cuero que por unos azotes inocentes!
Probablemente nunca la han azotado...

Bueno, la historia no es tal: Donatien le explica su vida como azotador y ella se calienta, para dejarse azotar al final. Todo aderezado con ilustraciones calentorras de un tipo muy feo azotando a muchachas muy guapas.


Mi polla abultaba dentro de mis pantalones. Sophie se dio cuenta, alargó la mano y me bajó la cremallera. Mi órgano salió disparado hacia fuera. La joven lo acarició con una serie de besos delicados, mientras sufría el torrente de fuertes bofetones que le estaba propinando la doncella, y que acabaron por hacer aflorar lágrimas en sus ojos. La doncella volvió a cogerme la mano.
-Tóquelo y verá cómo arde, monsieur.
»Era demasiado. El espectáculo del azote me había excitado más de lo que
podía imaginarme. Aparté a Sophie a un lado y tumbé a la doncella sobre la cama.
Le levanté la falda. Llevaba unas finas bra gas de algodón que le cubrían el culo por
completo. Se las arranqué con tanta violencia que se rompieron. Ella dejó escapar una sonrisa desdeñosa y susurró:
-A su servicio, señor.
»Se puso de rodillas sobre la cama, con la cabeza bajada, como lo haría un fiel que se arrodillara para rezar en dirección a La Meca. Sus nalgas llenaban toda mi visión, dos enormes bolas que revelaban la flor violeta de su ano.
»Rápidamente, extendí mi mano sobre ellas, cubriendo tanta superficie como me era posible.. A cada golpe, la doncella me animaba con una sonrisa, mezcla de placer y gemido. La golpeé sin misericordia, seguro de que podría soportar muchas más cosas. Además, estaba tan excitado que no podría haberle hecho daño. Sólo los sádicos con sangre fría hacen daño a sus víctimas. Esas prácticas no tienen nada que ver con el arte gentil y divertido del azote...
»Continué azotando el relleno y tembloroso culo de la doncella. La vi meter la mano entre sus muslos y comenzar a acariciarse, rogándome, «Sí, monsieur, más fuerte, ¡más fuerte!»
»Mientras, Sophie no estaba ociosa.
Se deslizó debajo de su compañera para colocar su raja justo en la cara de la doncella. Ésta comenzó rápidamente a lamerla, jugueteando con la lengua por la ácida rendija mientras la chica me buscaba con la boca. Yo cooperé sin dudarlo y, sin parar un momento de azotar aquellas medias lunas, metí mi pene en la boca de la adolescente.
»Estaba fascinado por aquellas nalgas que se tensaban, se entregaban, se recogían y se adaptaban al ritmo de mis azotes.
La doncella se puso a trabajar con su sexo, mientras sus gemidos se hacían más rápidos y vehementes. Yo adapté mi ritmo de azote al de sus jadeos. De repente, se
puso rígida y chilló, «¡No!»
»En mi ingenuidad de principiante, pensé por un momento que le había hecho daño. Pero rápidamente lo comprendí, mientras la veía retorcerse y gemir extasiada. En ese mismo instante, se introdujo toda la vulva de Sophie en la boca,
labios y clítoris juntos, succionando, lamiendo. La chica se estremeció y se abandonó al clímax, llenando toda la habitación de un aroma de ámbar y limón. En cuanto a mí, habría sido de mala educación prolongar mi placer por más tiempo. Eyaculé en la garganta de Sophie un chorro de licor que a punto estuvo de asfixiarla.
»Entonces saboreé todo mi triunfo, colocando cada una de mis manos sobre un culo diferente, pero delicioso. Mi visita a la rue Cavour me había enseñado una cosa: ¡en el arte del azote había que olvidar cualquier idea preconcebida!

Así, el tipo se inicia con las prostitutas, para después conseguir una serie de amantes con gustos similares. Algunos amigos que tengo dicen que las mujeres con gusto por el maltrato en lo sexual son abundantes, pero la verdad es que me declaro ignorante.


»Entonces obligó a Francoise a colocarse en una postura más adecuada, a
cuatro patas, con las piernas abiertas.
Ella me colocó entre los muslos de su secretaria, y yo la penetré hasta la empuñadura, encantado ante aquella vaina de terciopelo.
Pero Virginia no me dejó en paz. Me hizo sacar el miembro y a con-
tinuación penetrar el ano, donde, con más dificultades, me hundí en aquel orificio rosado, que olía a musgo y ámbar, y que se cerró fuertemente en torno a mi miembro. Yo bombeaba con fuerza, la taladraba.
-¡Por Virginia.
»Así que me fui follando a Francoise alternativamente por el culo, por el coño, entrando en uno después del otro, saliendo del primero para entrar en el segundo, adentrándome en éste para desertar y explorar aquel. Cuando vio que ya había cogido el ritmo, Virginia se puso a horcajadas encima mío y comenzó a azotarme sin cuartel. Yo me retorcía bajo sus golpes, chillaba, protestaba. Pero al mismo tiempo la animaba a continuar, más fuerte, más rápido. y aun así, seguía follándola por el coño, por el culo, por el coño...*
Francoise se removía debajo mío, moviéndose al ritmo de la copulación. Mis nalgas comenzaron a calentarse. Virginia me golpeaba con el dorso de la mano, y también con el borde. Mi culo estaba en llamas. Tenía que explotar.
delante otra vez! -ordenó
Agarré a Francoise por las piernas y avancé hacia su interior. Ella comenzó a bailar bajo mí, transportada a algún tipo de misterioso trance ceremonial. Comencé a sentir un escalofrío en mi nuca, que me recorría toda la columna vertical y acabó extendiéndose por todo mi ser. ,sintiendo el líquido que salía de mi interior, Francoise se abandonó al clímax de su placer. y aun así todavía no me había librado de Virginia, que continuaba sentada a horcajadas sobre mí, golpeándome las nalgas. Cerró más sus muslos en torno a mi cadera y frotó su monte de Venus contra mi espalda. Me abofeteaba, me golpeaba, me azotaba, con un ardor que me electrificaba. De repente, me apretó aún más entre sus piernas y dejó escapar un fino chorro de líquido que recorrió mi espalda. 


Al final, todo estaba planeado. Casanova quería mostrar a la chica de nombre chocolatoso que la podía seducir y exhibir. El libro es bueno. Recomendable aunque no te gusten ese tipo de prácticas.


Perversógrafo: Sexo vaginal, oral, anal, sumisión, masoquismo, azotes, lesbianismo, prostitución, masturbación, beso negro, trios.



El arte del azote
Milo Manara y Jean Pierre Enard
Norma Editorial, Manara Color #13
ISBN: 84-8431-092-2
Páginas: 96

* NOTA SANITARIA: De la vagina al ano = OK, del ano a la vagina NUNCA, cambia el condón primero





miércoles, 26 de diciembre de 2012

A los pies de Omphalos de Henri Raynal

Una vez, llegué a casa y mi padre estaba viendo una película en la que un monstruo perseguía a una muchacha. Cuando la chica se encerraba en el baño, el monstruo caía al suelo y se "quebraba" en cientos y cientos de pequeños demonios que pasaban por debajo de la puerta.
Después de reír un buen rato, pregunté a mi padre porqué veía una película tan mala.
--Sólo quiero ver cómo le van a hacer para ponerle un final.

Bueno.........hay historias así y esta es una de ellas. ¿Qué tenemos aquí?

Un libro erótico, sobre un sumiso y una mujer a la que le gusta humillar a los hombres. Una historia donde no hay sexo. ¿Puede un libro llamarse erótico si no tiene sexo? Si, si se puede.

Cuando un anciano caballero muere, deja su herencia a la criada en lugar de heredar a su sobrino (el sobrino del carcamal, no el de ustedes.....vamos a llamarlo Luc) La criada, Matilde, es joven y bella, pero bastante huraña con los hombres, casi indiferente a ellos. El desheredado sobrino, más joven que ella, la ama en secreto desde hace años.

En unas cuantas páginas, Luc pasa de quedarse un par de noches en la casa del tío a ser el sirviente de la antigua sirvienta. Matilde pasa de ser la sencilla criada a la malévola ama del muchacho, a quien golpea y esclaviza como una venganza contra todos los hombres que la han deseado (Que han deseado a Matilde, no a usted......bueno, ya van entendiendo).

Primero te piden una les lleves el desayuno, luego ya te golpean por cualquier cosa, y al último terminan por prohibirte la salida de casa. Suena como cualquier matrimonio, pero la historia apenas comienza, porque resulta que Matilda, ahora rica y sofisticada, contrata a Lina, una malvada criada a quien Luc debe obedecer ciegamente.

Lina, inicialmente se asusta del trato tan indigno que le dan a Luc, pero pronto aprende a sacar placer de la situación, y participa activamente en los castigos. Un día Luc se atreve a besar a Matilde, quien monta en cólera y lo ata desnudo en el desván. Lo deja suspendido toda la noche.



La voz breve de Matilde lo sacó de su contemplación.
—Tráigame una cuerda, rápido —ordenó a Lina.
Y en cuanto la criada regresó:
—Ven aquí, esclavo mío —dijo, quitándose los guantes.
Luc se levantó. Ella cogió la cuerda que le tendía Lina, hizo que Luc pusiera las manos a la espalda, las tomó y las ató. En el momento de ese contacto, de esa apropiación un estremecimiento recorrió a Luc de la cabeza a los pies.
Matilde le volvió a exigir que se pusiera de rodillas.
—Vamos —le ordenó a Lina—, pero no se aleje.
Se separó de Luc, lentamente, retrocediendo. Una extraña sonrisa, segura, amplia y contenida al mismo tiempo, flotaba en sus labios.
Luc la vio descalzarse, levantarse, llevarse las manos a la espalda, desabrocharse el vestido, liberar los brazos. Se lo arremangó y se lo quitó deslizándolo por encima de la cabeza. Su sonrisa se volvió más cruel, sino soberbia, lasciva, tiernamente incitante, despectiva.
«¡Mira!» parecía decir, «aquí tienes al despojo de la muñeca, ahora se convierte en mujer y se emancipa, ¡conténtate con ese trapo!» Con un gesto negligente, Matilde tiró su vestido a la cabeza de Luc.
……
Hela aquí desnuda, con esa desnudez integral, de una sola pieza
que ya nada eclipsa, recipiente de luz oculto, y surgido de pronto del apagador. ¡Desnuda, pero nada friolera ni timorata; acompañada, revestida de la majestad adormecedora y belicosa de su éxito total!
Baila.
Luc olvida hasta qué punto fue humillado. Y también el fracaso de su prematuro impulso, que reventó como un cohete demasiado breve e inútil.
Sigue con la mirada a esta Eva nacida en su presencia, parida en su presencia, extraída de su ganga, aún más hermosa de lo que suponía, con ese pecho a la vez levantado y zambulléndose hacia él, esa ternura densa y maliciosa, ese mármol viviente y luminoso bajo la lluvia y las llameantes lenguas de los cabellos, esa blancura sabrosa en la que bebe, arrodillado, encorvado, como bebería de un astro, de una fuente.
Matilde se detiene, se le acerca de puntillas, lo hace levantar. Lo
empuja en dirección al cuarto de baño. En el centro de la habitación, sobre el embaldosado, coloca una cuba; se mete en ella, y, tras haber desatado las manos de Luc, le indica con el dedo el calentador de agua, la jarra, el jabón y la esponja.
Temblando de emoción y de deseo, Luc se le acerca. Cubre de agua el cuerpo de su ama, oprime la esponja sobre las curvas principescas, esparcidas, sobre la tibieza de su carne hostil; modela su cuerpo, su pecho melodioso, lo pule como un escultor vencido por su obra, ya impotente ante ella.


Una vez que Matilde vende la casa en la ciudad, se mudan al campo. Luc ya es un esclavo, que tiene obligación de limpiar, una bestia a la que se le puede ofender porque no tiene dignidad, se le puede pedir que se quite la camisa para ser azotado, se le puede encadenar o suspender de cadenas por el gusto de hacerlo. Luc sólo es hombre cuando escribe, escribe sus sueños llenos de poesía

Ya en este momento, no se le golpea como un castigo, se le azota solo para matar el tiempo. Lina resulta una perra peligrosa, una mujer cruel a la que le gusta mentir para provocar el castigo. Matilde está tan ocupada en su nueva vida social que le traspasa la custodia a Lina, quien lo maltrata sin darle siquiera un aliciente erótico.

Un masoquismo extraño, porque él mismo sabe que sin el amor de Matilda, la sumisión a Lina no tiene ningún sentido, pero aún así "aguanta vara"......y es aquí donde uno se pregunta: ¿Bueno y cómo le va a hacer este cabrón para terminar el libro?

Matilde ve el masoquismo como dignidad de Luc, Lina lo quiere suplicante....lo quiere destruir.

El libro termina. Termina aceptablemente bien y con un argumento psicológicamente creíble.






POST: efectivamente el que no terminó bien la descripción fui yo, no Raynal ni la película de los pequeños demonios.

El libro es bastante interesante, aunque creo que imposible de encontrar;  tal vez haya por allí alguna versión en electrónico.....no se si completa.

Para Matilde, la dignidad con que Luc lleva su esclavitud es de admirarse. Lina quiere destruir incluso aquello que todavía lo identifica como un humano: sus diarios (Los de Luc.....bueno, ya entienden ;) Luc ya no está contento con que Lina sea quien se responsabilice de él sin siquiera darle algo a cambio.

En el desenlace, Lina le propone a Matilde que venda a Luc a una vecina que lo desea. Matilde se siente ofendida por la propuesta, y Lina le explica que ella se siente así porque en el fondo tiene sentimientos por el esclavo.

Luc escucha que lo quieren vender y, aunque aterrorizado, decide que no reaccionará.

Entonces....¿Lo venden a la vecina o Matilde reconocerá que lo ama?

¿Si te digo que el libro contiene ambos finales aún así suena extraño? Bueno, pues los tiene, un final resulta ser un un sueño y otro.......aparentemente también.



Perversógrafo: Sumisión, dominación, esclavitud, bondage, castigos, masoquismo.




A los pies de Omphalos
Henri Raynal
Tusquets, Editores
La Sonrisa Vertical SV 6
España, Mayo 1978
ISBN: 978-84-7223-306-5
178 págs.





lunes, 12 de noviembre de 2012

Historia BDSM - Quinta Parte (Y ya)

Del Comic de Guido Crepax

Viene de aquí.

 Bueno, esta historia del BDSM se torna larga. Terminábamos el período Victoriano, donde las madrizas se armaban (en la literatura) sin razón alguna, y casi siempre terminaban con alguien siendo flagelado.

Es a principios del siglo 20, cuando Apollinaire "resucita" los escritos del marqués de Sade; se publican nuevas ediciones de los trabajos de Sade, incluyendo por primera vez "las 120 jornadas de Sodoma";  entre los maestros del Surrealismo, Sade es encumbrado al nivel de Pietro Aretino, quien es obligado a compartir su título de "divino".

Sade es "el divino marqués", las once mil vergas (1907) es publicado en honor a él, así como "la historia del ojo" de Georges Bataille (1928) y otro montón de obras surrealistas que se nutren de las ideas de Sade.

Luego vino la segunda guerra, que hizo que Nietzche tomara vigencia nuevamente. Hubo mucho estudio de Sade en ese momento, desde Pierre Klossowsky, Georges Bataille, y Simone de Beauvoir, quienes querían ver en los escritos sadeanos una vena filosófica y una utopía sexual perfecta (¿!!!!!?).

¿Bueno, pero quién inventó eso de atar al amante y vestir ropa de cuero?

Resulta que allá por finales de los años 40 o inicios de los 50, una mujer en sus treintas llamada Anne Desclos tenía un amante que era editor de libros, pornógrafo y admirador de Sade. Se trataba nada menos que de Jean Paulhan, quien incidentalmente trató de imprimir una colección de los grandes libros eróticos de la historia como ediciones privadas para coleccionistas.

André Pieyre de Mandiargues, quien escribiría "El inglés descrito en el castillo cerrado" explicaba muchos años después que Paulhan pensaba que las mujeres eran incapaces de escribir literatura erótica de la calidad de la sadeana. Para demostrarle que estaba equivocado, Desclos le escribe "La Historia de O" como una serie de cartas con la intención de seducir y excitar a su amante.

Aunque ella ya tenía un renombre (se hacía llamar Dominique Aury), Paulhan imprime el libro bajo otro pesudónimo, "Pauline Reage". Auqnue ella no tenía intención de hacer público su escrito, éste era de tal calidad que en  1954 sale a la luz y es inmediatamente un éxito de librería, desatando tal polémica que es incluso prohibido en algunos países.


Cuando tuvo que ponerse en cuclillas en el pedestal de porcelana, se encontró, enmedio de tantos reflejos, tan en evidencia como cuando, en la biblioteca",unas manos desconocidas la forzaban.
—Espera que entre Pierre y verás.
— ¿Por qué Pierre?
—Cuando venga a encadenarte, quizá te haga ponerte en cuclillas.O palideció.
—Pero, ¿por qué?
—No tendrás más remedio —dijo Jeanne—. Pero eres afortunada.
— ¿Afortunada, por qué?— ¿Es tu amante el que te ha traído aquí?—Sí. 
—Contigo serán mucho más duros.
—No comprendo...
—Pronto lo comprenderás. Llamaré a Pierre. Mañana por la mañana vendremos a buscarte. 
Andrée sonrió al salir y Jeanne, antes de seguirla, acarició la punta de los senos de O, quien se quedó de pie, junto a la cama, desconcertada. Salvo por el collar y los brazaletes de cuero que el agua del baño había endurecido y contraído, estaba desnuda.

—Vaya con la hermosa señora —dijo el criado al entrar. Le tomó las manos y enganchó entre sí las anillas de sus pulseras, obligándola a juntarlas manos, y éstas, en la del collar. Ella se encontró, pues, con las manos juntas a la altura del cuello, como en oración. No quedaba sino encadenarla a la pared con la cadena que caía encima de la cama después de pasar por la anilla. El hombre soltó el gancho que sujetaba el otro extremo y tiró para acortarla. O tuvo que acercarse a la cabecera de la cama, donde él la obligó a tenderse. La cadena tintineaba en la anilla y quedó tan tensa que la mujer sólo podía desplazarse a lo ancho de la cama o ponerse de pie junto a la cabecera. Dado que la cadena tiraba del collar hacia atrás y las manos tendían a hacerlo girar hacia delante, se estableció un cierto equilibrio y las dos manos quedaron apoyadas en el hombro izquierdo hacia el que se inclinó también la cabeza. El criado la cubrió con la manta negra, no sin antes haberle levantado las piernas un momento para examinarle el interior de los muslos. No volvió a tocarla ni a dirigirle la palabra, apagó la luz que proporcionaba un aplique colocado entre las dos puertas y salió. 
Tendida sobre el lado izquierdo, sola en la oscuridad y el silencio, caliente entre las suaves pieles de la cama, en una inmovilidad forzosa, O se preguntaba por qué se mezclaba tanta dulzura al terror que sentía o por qué le parecía tan dulce su terror.

Si un día termino de leer la obra, les haré un literotismo al respecto, pero les puedo decir que se trata del nacimiento de la subcultura del BDSM como se conoce actualmente. Con sus esclavos y su sumisión total.


Era verdad que René nunca la había golpeado y la única diferencia en sus relaciones entre la época de antes de Roissy y el tiempo transcurrido desde que ella volviera de allí era que ahora él se servía de su dorso y de su boca además de su vientre. Ella nunca supo si los latigazos que había recibido en Roissy con los ojos vendados o de flagelantes encapuchados, en alguna ocasión le fueron dados por él, pero le parecía que no. Seguramente, el placer que él obtenía ante el espectáculo de su cuerpo encadenado y entregado, debatiéndose en vano y al oír sus gritos era tan vivo que no consentía en privarse de la menor parte de él prestando sus propias manos, porque su intervención activa le hubiera distraído. Y ahora lo confesaba así, ya que, cariñosa, suavemente, sin moverse de la butaca en la que estaba hundido, con una pierna encima de la otra, le decía lo feliz que se sentía al entregarla, a inducirla a entregarse a las órdenes y a la voluntad de Sir Stephen. Cuando Sir Stephen deseara que pasara la noche, o aunque sólo fuera una hora, en su casa, o que le acompañara a algún restaurante o espectáculo de París o de fuera de París, la llamaría por teléfono y le enviaría el coche, a menos que fuera a buscarla el propio René. En aquel momento, ella tenía la palabra. ¿Consentía? Pero ella no podía hablar. La voluntad que le pedían que expresara era la voluntad de abandonarse, de aceptarpor anticipado cosas a las que ella sin duda deseaba decir que sí, pero a las que su cuerpo se negaba; por lo menos, en lo relativo al látigo.

Desclos nunca se alejó de Paulhan. Tiempo después de su muerte, un final para "La historia de O" sale a la luz: "Rertorno a Roissy", en donde la historia de la sumisa continúa, pero ahora ya no es una esclava sino una simple prostituta. La autora explicaría que con la muerte de su amado, también decidía "matar" a O, la esclava, y enterrarla.

Allí atrás de esas novelas hubo candela.


Reage, Pauline - Historia De O



miércoles, 7 de noviembre de 2012

Historia BDSM - Cuarta parte

Viene de acá

¿Cómo se entendía en el siglo 19 lo que hoy es el BDSM? ¿Cómo lo reflejaba la literatura de entonces?
Durante la segunda mitad del siglo 19, Loepold Von Sacher Masoch publica un libro insólito: La venus de las pieles.
En dicho libro, el autor despliega sus más intimas fantasías: se humillado por una mujer y convertirse en su esclavo. ¿Ropa de cuero negro?, No, aún no, aquí se trata de elegantes vestidos y abrigos de pieles. ¿Dolor?, sí pero más psicológico que otra cosa.


—Sin duda, y así es como me explico el simbolismo que atribuye la piel al poder y a labelleza. Por esto, desde las primeras edades del mundo las adoptaron los reyes, y así también una tiránica nobleza tuvo la pretensión, mediante las leyes suntuarias, de reservárselas como un privilegio exclusivo, mientras a su vez los grandes pintores las destinaban a las bellezas grandes. Rafael y el Tiziano no encontraron fondo mejor que una piel oscura: aquél, para las divinas formas de la Fornarina; éste, para el cuerpo rosado de su bien amada.
—Le doy a usted gracias por esta disertación erótica —contestó Wanda—, pero no me loha dicho usted todo; usted añade aún otro sentido particular a las pieles.
—Ya le he dicho a usted y la he repetido que el dolor posee para mí un encanto raro, y que nada enciende más mi pasión que la tiranía, la crueldad y, sobre todo, la infidelidad de una mujer hermosa. Esta mujer, este extraño ideal de aborrecible estética, me loimagino como el alma de Nerón en el cuerpo de Friné.
—Comprendo; eso da a la mujer algo de imperioso, de imponente.
.....
—De suerte que una piel despierta siempre en usted extrañas visiones —interrumpióWanda, envolviéndose, llena de coquetería, en su soberbio manto de piel, de tal modo, que la pelliza de cebellina de sombríos reflejos dibujaba maravillosamente su busto y susbrazos—. Y ahora, ¿cómo se encuentra usted? ¿Está usted ya medio atacado? 
Y sus ojos verdes, penetrantes, se posaron sobre mí con una extraña y dulce complacencia, mientras que, transportado de pasión, yo caía prosternado ante ella con losbrazos tendidos.
—Sí, usted ha vuelto a despertar en mí mis fantasías favoritas, dormidas hacía tanto tiempo.
—¿Cuáles? Y posó la mano en mi nuca. Bajo el calor de aquel contacto, bajo la mirada que me escrutaba con ternura a través delos párpados entornados, se apoderó de mí una embriaguez dulce.
—Ser el esclavo de una mujer hermosa; tal es lo que amo, lo que adoro.
—¡Y por lo mismo os maltrata ella! —interrumpió Wanda, riendo.—Me ata y me flagela, y me ofende con el pie, mientras pertenece a otro. 
La venus de las pieles de Leopold Von Sacher Masoch, 1870

De este individuo nos llega el término "masoquismo".

Unos años después, la literatura de la época Victoriana hace su aparición. Aquí ya hay elementos comunes en los libros: una señorita virgen es llevada a un cuarto de castigos y dejada en camisa para ser azotada en las nalgas por una mujer mayor a las órdenes de un viejo. Esta escena y una posterior desfloración se repiten hasta el cansancio en la abundante literatura erótica de la época.


De nuevo la odiada vara silbó en el aire y me cortó la carne magullada, tanto en el culo como en las caderas, escociéndome y llevándome a la agonía, pero él parecía tener cuidado para no derramar sangre; sin embargo, no tenía escapatoria, sólo era su deliberado plan de ataque, como para no agotar demasiado pronto a su víctima.
—Muerde, araña y lucha contra mis órdenes de nuevo; vamos, a que no te atreves. Miss Rosie, ya sabes lo que he de esperar de ti la próxima vez. No mereces misericordia, tu haraganería era bastante mala, pero tu conducta tan necia es aún peor; creo que hubieras sido capaz de matar a alguien con tu furia. Venga, muerde, araña, lucha, ¡eh! Muerde, ¿por qué no lo haces?
Así hablaba el viejo, calentándose cada vez más en su ataque, mientras mi sangre corría por mis pobres caderas.
Cada nuevo azote era una agonía espantosa, y debí de haberme desmayado, pero su forma de hablar actuaba en mí como si fuese cordial, además del dolor que sentía, una calidez y excitación muy agradable, imposible de describir, me fue llenando, cosa que sin duda tú, querida amiga, debes de haber sentido cuando estabas bajo mi disciplina.
Pero toda mi fortaleza no pudo suprimir más tiempo mis suspiros y gritos, y por fin creí morir bajo la tortura, a pesar de la exquisita sensación que con ella se mezclaba, y a pesar de mis ayes y gritos tensos, no volví a pedir misericordia. Mis solos pensamientos se ocupaban del deseo de vengarme, de cómo me gustaría latigar y cortar en pedazos a todos, especialmente al general y a Jemima, y hasta a la pobre y llorosa Jane. Sir Eyre parecía olvidar su edad y seguía su labor tremendamente excitado.
—¡Condenada! ¿No vas a pedir misericordia? ¿No te excusarás tú, putita de barrios? —silbaba entre los dientes—: Eres más fuerte y obstinada que toda la familia junta, una verdadera astilla de tal palo. Pero no soportaría que esta diabla me pegase, Mrs. Mansell, eso sí que no podría aguantarlo.
—¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! —gritó, y por fin el viejo asqueroso dejó caer la vara de su mano, mientras se hundía exhausto en la silla.
—Mrs. Mansell —resolló—, dele una buena azotaina, una media docena más, con una vara nueva, para ver si acabamos con ella, y que sepa de una vez que aunque ella puede agotar a un viejo, siempre habrá otros brazos fuertes que le administren justicia a culo tan atrevido.
La gobernanta, obedeciendo a su mandado, tomó una vara nueva de abedul y me golpeó deliberadamente, contando uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis (sus golpes eran fuertes, pero parecíame que no escocían tanto como los del viejo).
—Ya está —y me dijo—: Miss Rosa, podía haber puesto más empeño en esta labor, pero le tengo lástima, pues es la primera vez.
Casi muerta, y terriblemente herida, pero también victoriosa, tuvieron que llevarme a mi habitación. Pero ¿qué victoria? Toda destrozada y sangrante como estaba, y además con la certeza do que el viejo general renovaría su ataque tan pronto como tuviera la más rápida oportunidad.
La pobre Jane sonrió y lloró sobre mis nalgas laceradas, mientras me lavaba con árnica y agua fría; parecía estar acostumbrada a estos asuntos, pues cuando iba a retirarse a descansar conmigo (pues hice que durmiéramos juntas) le pregunté si a menudo había atendido y curado culos sangrantes anteriormente.
—Sí, Miss Rosie, pero debe guardarme el secreto y hacer como si nada supiera. Hasta a mí misma me han fatigado, pero no de tal forma como a usted, aunque siempre es cruel. A todas nos gusta después de la primera o segunda vez, en especial si no nos hacen sangrar mucho.
La confesión de Miss Coote, anónimo aparecido en la Revista La Perla (1879)

En esta época no sólo se repetían las escenas, y los personajes, sino que las chicas solían tener nombre comunes, como "Lady Pockingham" o Rose. Pero esta literatura no trascendió el siglo. La verdadera parafernalia del BDSM es del siglo 20, de la posguerra.

Ya termino.



miércoles, 31 de octubre de 2012

Historia BDSM- Tercera parte

Viene de Aquí

Hace mucho leía a "Boogie el aceitoso", curiosa caricatura hiperviolenta de Fontanarrosa. En uno de los capítulos en los que Boogie está ayudando a su vecino con una reparación, éste se queja de la violencia en el mundo; pero no sólo de la violencia física, sino del ruido, la contaminación y el estrés, que son a su vez una forma de violencia que nos agrede. Boogie agarra unas pinzas y comienza a torturar a su vecino, a la vez que le explica que eso que describe no es violencia, que la violencia debe doler físicamente.

Así podemos describir el BDSM que inventó el marqués de Sade a finales del siglo dieciocho. Antes de él hay escritos que describen la flagelación; pero Sade traspasa todo límite en sus escritos y refleja el sadismo en su más pura esencia: el dolor ajeno como disparador sexual, independientemente del contacto sexual:


Respecto a la flagelación activa, ¿puede haber en el mundo una voluptuosidad mayor para seres endurecidos como nosotros? , ¿hay alguna que dé mejor la imagen de la ferocidad, que satisfaga más, en una palabra, esa inclinación a la crueldad que hemos recibido de la naturaleza?... ¡Oh Juliette!, someter a esta degradación a un objeto joven, interesante y dulce, y que tenga la mayor cantidad de afinidades posible con nosotros, hacerle experimentar duramente esta forma de suplicio, cuyos alcances tienen todos por emblema la voluptuosidad, divertirse con sus lágrimas, excitarse con sus penas, exaltarse con sus saltos, inflamarse con sus brincos, con esos retorcimientos voluptuosos que arranca el dolor de la víctima, hacer correr su sangre y sus lágrimas, encarnizarse con ellas, gozar sobre su bonito rostro de las contorsiones del dolor y de los juegos musculares impresos por la desesperación, recoger de su lengua esos chorros púrpura que tan bien contrastan con el tinte de los lirios de una piel suave y blanca, aparentar que te calmas un momento para aterrorizar a continuacióncon nuevas amenazas, y no realizar las amenazas más que con otros refinamientos más ultrajantes y más atroces todavía, no ahorrar nada dé cólera, y recorrer con la misma rabia las partes más delicadas, las mismas que la naturaleza parece haber creado para homenaje sólo de los tontos, como el pecho o el interior de la vagina, como el mismo rostro. 
Fragmento de Juliette, libro 1

Sade escribe sobre flagelación pasiva como un medio de inflamar los goces y sensibilizar el cuerpo; pero habla de la tortura como el fin de la sensualidad y de la destrucción de el objeto (que no persona) como la máxima sublimación del placer.


¿Cuál es el objetivo del hombre que disfruta? ¿No es el de dar a sus sentidos toda la excitación de que son capaces, a fin de llegar mejor y más cálidamente, por medio de ello, a la última crisis... crisis preciosa que caracteriza el placer de bueno o de malo, según la mayor o menor actividad con que se ha alcanzado esta crisis? Ahora bien, ¿no es un sofisma insostenible atreverse a afirmar que es necesario para mejorarla que sea compartida por la mujer? ¿Acaso no es evidente que la mujer no puede compartir nada con nosotros sin arrebatárnoslo, y que todo lo que ella roba debe ser necesariamente a nuestras expensas? Yme pregunto entonces, ¿qué necesidad hay de que una mujer goce cuando nosotros gozamos? ¿Existe en esta actitud otro sentimiento que el halago querecibe el orgullo? ¿Y no se obtiene de una manera mucho más estimulante la.percepción de este sentimiento orgulloso obligando, al contrario, con dureza a esta mujer a dejar de gozar, a fin de hacernos gozar, a fin de que nada le impida ocuparse de nuestro goce? ¿La tiranía no halaga el orgullo de una manera mucho más viva que las buenas obras? En una palabra, ¿el que impone no es el amo con mucha mayor seguridad que el que comparte? Pero ¿cómo se le pudo ocurrir a un hombre razonable que la delicadeza tuviera algún valor en materia de placer? Es absurdo querer defender que sea necesaria; jamás añade nada al placer de los sentidos: digo más, lo perjudica. 
...
Es una desdicha despreciable que, para el incremento de la voluptuosidad del hombre,tenga que descuidar o turbar la de la mujer, pues si bien esta turbación le hace ganar algo, lo que pierde el objeto que le sirve no le afecta en nada. Debe resultarle indiferente que este objeto sea feliz o desdichado, con tal de que le resulte deleitable; no existe realmente ningún tipo de relación entre este objeto y él. Sería, pues, una locura ocuparse de las sensaciones de este objeto a expensasde las propias; absolutamente imbécil si, para modificar estas sensaciones ajenas, renuncia al mejoramiento de las propias. Dicho eso, si el individuo deque hablamos está desdichadamente estructurado de manera que sólo se conmueve si produce, en el objeto que le sirve, sensaciones dolorosas, confesarás que debe entregarse a ellas sin remordimientos, ya que está ahí para disfrutar, prescindiendo de todo lo que pueda resultar para ese objeto.

¿Tiene esta filosofía algo qué ver con el Sadomaso, la dominación y rollos de nuestra época? En el plano práctico muy poco, pero en el plano de influencia tiene todo qué ver, y no se trata sólo del término "sadismo" que viene de su nombre y que se ha utilizado de una manera bastante platónica; se trata de que este autor maldito desaparece por un siglo para ser rescatado más tarde en el siglo 20, e inspirar a toda una generación; generación que terminaría inventando el BDSM como lo conocemos hoy.

Toda la parafernalia de los látigos, tacones, cuero, etc, están ausentes de la literatura sadeana, aquí lo que manda es la desnudez, algo poco común en aquella época; hay calabozos, pero el escenario es real, la tortura es real y las víctimas mueren, no disfrutan; no son masoquistas, pues, porque ello no excitaría a un verdadero sádico.


Sigo pronto.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Historia BDSM - Segunda parte


Tomba Della Fustigazione, con una imagen
de "spanking" en un contexto erótico
Viene de aquí

El Sadomasoquismo no ha existido siempre ..... mas bien, el término y su acepción actual no es tan antiguo como podemos pensar, aunque las prácticas han existido por miles de años.

De algún modo, la asociación del dolor físico con el placer (de darlo o de recibirlo) tiene algún elemento psicológico porque no podemos hablar de prácticas similares en culturas distantes y aisladas sin pensar en algún motivo más inherente a lo humano.

Johann Heinrich Meibom (1590-1655) en su "Tractus de usu flagrorum in re Medica" (tratado del uso del látigo en el tratamiento), 1639 dice que "Hay personas quienes son estimuladas sexualmente por golpes o palos, y llevados hasta el ardor de la lujuria por los golpes; el elemento que nos distingue como hombres, debe ser planteado como el encanto vigorizante del látigo"

En 1886, el sexólogo austriaco Richard von Krafft-Ebing (1840–1902) toma prestados los términos "sadismo" y "masoquismo" del marqués de Sade y de Leopold Von Sacher Masoch para describir un grupo de parafilias Parestésicas "de deseo sexual desviado" y las clasifica junto con la bestialidad y la homosexualidad. Fué él quien por primera vez utiliza los términos, aunque de modo bastante discutible, como veremos adelante.

Hasta ese momento, la asociación del dominante como varón y la sumisa como mujer es dado como un hecho, siendo el impulso masculino natural como sádico y el femenino como masoquista (algo que nada tiene que ver con Sade o Masoch, como luego veremos)

Aproximadamente por la misma época, el biólogo y psiquiatra Shoval Vail Clevenger sostenía la teoría de la sexualidad activa y pasiva. El decía que en la evolución había dos modos en que las bacterias podían intercambiar su material genético: comiendo otra bacteria o siendo comidas. Los bacteriófagos fueron considerados activos  los dominados pasivos. El impulso del hambre se derivaba de este impulso primordial  y se desarrolló posteriormente en impulsos sexuales.

James Kiernan comenzó a aplicar éstas teorías, etiquetando los impusos baceriófagos como masculinos y los pasivos como femeninos. Esto explicaba los roles sexuales, pero describía el sadomasoquismo como exageraciones del rol natural.

Una jalada, pues.

Havelock Ellis decía sue el dolor era una forma de simbolismo erótico sue estimulaba una deficiencia sexual del paciente, y que era normal haste cierto punt.  Las mujeres naturalmente sumisas obtendrían si placer sexual de ser dominadas y los hombres de dominar. Las mujeres como masoquistas innatas y predispuestas. El masoquismo masculino y el sadismo femenino eran una desviación, como la homosexualidad.

Bueno, este tema de los psicólogos me cansa.

Muchos años antes que la obra de Sade, hay una escena de flagelación "con todas las de la ley" en la literatura erótica.....se trata de nada menos que Fanny Hill quien introduce esta variación entre sus páginas:


Yo iba a buscar los instrumentos disciplinarios a un armario; eran varias varillas, cada una hecha con dos o tres ramitas de abedul atadas juntas; él las tomó, las tocó y las miró con mucho placer, mientras yo sentía un estremecedor presagio.
Luego, trajimos desde el extremo de la habitación un gran banco, vuelto más cómodo mediante un cojín blando con un forro de calicó; cuando todo estuvo listo, se quitó la chaqueta y el chaleco y, así qué me lo indicó, desabotoné sus calzones y levanté su camisa por encima de la cintura, asegurándola allí; cuando dirigí, lógicamente, mis ojos a contemplar el objeto principal en cuyo favor se estaban tomando estas disposiciones, parecía encogido dentro del cuerpo, mostrando apenas la punta sobre el matorral de rizos que vestía esas partes, como un abadejo asomando entre la hierba.
Inclinándome entonces para soltar sus ligas me ordenó que las usara para atarle a las patas del banco, un detalle no muy necesario, supuse, ya que él mismo lo prescribía, como el resto del ceremonial.
Lo llevé hasta el banco y, de acuerdo a mis instrucciones, fingí obligarlo a acostarse allí, cosa que hizo después de alguna resistencia formal. Quedó tendido cuan largo era, boca abajo, con un cojín debajo de la cara; mientras yacía mansamente, até sus manos y sus pies a las patas del banco; hecho esto y con la camisa subida por encima de la cintura, bajé sus calzones hasta las rodillas de modo que exhibía ampliamente su panorama posterior, en el que un par de nalgas gordas, suaves, blancas y bastante bien formadas se levantaban como cojines desde dos carnosos muslos y terminaban su separación uniéndose donde termina la espalda; presentaban un blanco que se hinchaba, por así decirlo, para recibir los azotes.
Tomando una de las varillas me coloqué encima de él y de acuerdo a sus órdenes le di diez latigazos sin tomar aliento, con muy buena voluntad y el máximo de ánimo y vigor físico que pude poner en ellos, para hacer que esos carnosos hemisferios se estremecieran; él mismo no pareció más preocupado o dolorido que una langosta ante la picadura de una pulga. Mientras tanto, yo contemplaba atentamente los efectos de los azotes que, a mí, por lo menos, me parecían muy crueles; cada golpe había rozado la superficie de esos blancos montes, enrojeciéndolos y golpeando con más fuerza en la zona más alejada de mí habían cortado en los hoyuelos unos cardenales lívidos de los que brotaba la sangre; de algunos de los cortes, tuvo que retirar trocitos de la varilla que habían quedado incrustados en la piel. La crudeza de mi trabajo no era asombrosa, considerando que las varillas eran verdes y yo había azotado con severidad mientras la superficie de la piel estaba tan tensa sobre la pulpa dura y firme que la llenaba que difícilmente podía ceder o cimbrear bajo los latigazos, los que, por lo tanto, tenían mayor efecto y herían la carne viva.
Yo me sentí tan conmovida ante ese patético espectáculo que me arrepentí profundamente de mi compromiso, y lo hubiese dado por terminado, pensando que ya había tenido bastante, si no me hubiera animado y rogado encarecidamente que prosiguiera; le di diez azotes más y luego, mientras descansaba, examiné el aumento de apariencias sangrientas. Finalmente, endurecida ante la visión por su resolución de sufrir, continué disciplinándolo con algunas pausas, hasta que observé que se enroscaba y retorcía de un modo que no tenía ninguna relación con el dolor sino con alguna sensación nueva y poderosa; curiosa por comprender su significado, en una de las pausas, me acerqué, mientras él seguía agitándose y restregando su vientre contra el cojín que había abajo y acariciando primero la parte sana y no golpeada de la nalga más próxima a mí e insinuando después mi mano debajo de sus caderas, sentí en qué posición estaban las cosas adelante, cosa que resultó sorprendente: su máquina, que por su aspecto yo había considerado impalpable, o por lo menos diminuta, había alcanzado ahora, en virtud de la agitación y el dolor de sus nalgas, no sólo una prodigiosa erección sino un tamaño que me asustó hasta a mí, un grosor inigualado, por cierto, cuya cabeza llenaba mi mano hasta colmarla. Y cuando quedó a la vista, a causa de sus agitaciones y retorcimientos, se hubiera dicho un solomillo de la ternera más blanca, gordo y corto para su anchura, igual que su dueño. Pero cuando sintió mi mano allí me rogó que continuara azotándolo con fuerza, porque si no no llegaría a culminar su placer.
Retomando entonces las varillas y el ejercicio, había consumido ya tres haces cuando, después de un aumento de las luchas y movimientos y uno o dos profundos suspiros vi que se quedaba inmóvil y silencioso y luego me rogaba que desistiera, cosa que hice instantáneamente, procediendo a desatarle; no pude menos qué asombrarme ante su pasiva fortaleza al ver la piel de sus nalgas heridas y destrozadas y antes tan blancas, suaves y pulidas; ahora tenían uno de sus lados convertido en una red de magulladuras, carne lívida, incisiones y coágulos, tanto que cuando se puso de pie apenas podía andar. En una palabra, estaba frágil como una rosa.
Luego, percibí claramente en el cojín los rastros de una efusión muy abundante; su holgazán miembro ya había vuelto a su viejo refugio, donde se había ocultado, como avergonzado de mostrar su cabeza que nada, aparentemente, podía estimular más que los golpes que se asestarán a sus vecinos del fondo, vecinos que se veían constantemente obligados a sufrir por causas de sus caprichos.


Después el susodicho le da a ella su ración de varazos, que ella no llega a disfrutar, pero que la ponen en un estado de calentura que sólo pudo ser apagado a manguerazos.

1748, ya existe el BDSM en una forma muy similar a lo que hoy conocemos, pero no hay ropa de cuero, no hay calabozos. La flagelación se da en cuartos iluminados, por prostitutas que se dejan puesto el camisón.

Sigo pronto, ya estoy llegando al punto.






viernes, 19 de octubre de 2012

Historia BDSM- Primera parte


Antes de abordar un tema tan espinoso debo confesar que lo hago desde una ignorancia profunda y enciclopédica; el mundo del Bondage, Sadomasoquismo, dominación, esclavitud y vainas circunvecinas me son tan insondables como los vedas sánscritos o las ecuaciones diferenciales. Lo mío es la literatura y desde esa óptica voy a sembrar la duda en ese mar de calma que son sus mentes.

Cuando hablamos de Sadomasoquismo nos imaginamos calabozos mal iluminados, látigos, ropas de cuero negro, cuerdas y esposas. ¿Nos hemos preguntado alguna vez de dónde viene esa decoración? ¿Porqué cuero negro y no....digamos.......plumas verdes? ¿Porqué un calabozo y no un altar?

¿Sade practicaba el sadomasoquismo? ¿escribía sobre él? ¿Puede existir una relación sadomasoquista con componentes eróticos? ¿Cuál es el ave oficial del estado de Nuevo México? (estoy viendo si ponen atención)

El sexo asociado con dolor (real o simbólico), la humillación erótica, la violencia erótica, bondage, disciplina, dominación-sumisión, sado-masoquismo, algolagnia o algofilia no es común en la literatura y antes de la época victoriana era bastante raro encontrarla.

En "El arte de amar", Ovidio explica:

Aunque diga que la has poseído con violencia, no te importe; esta violencia gusta a las mujeres: quieren que se les arranque por fuerza lo que desean conceder. La que se ve atropellada por la ceguedad de un pretendiente, se regocija de ello y estima su brutal acción como un rico presente, y la que pudiendo caer vencida sale intacta de la contienda, simula en el aspecto la alegría, mas en su corazón reina la tristeza. Febe se rindió a la violencia, lo mismo que su hermana, y los dos raptores fueron de sus víctimas muy queridos.

En El satiricón, Petronio describe el ambrujo que hace la vieja hechicera a un joven para curarle su impotencia:

"Oenotea saca un falo de cuero y, después de frotarlo con una mezcla de aceite, pimienta molida y semilla de ortigas trituradas, me lo introduce suavemente por el ano.
Luego, la despiadada vieja me unta una y otra vez las piernas con la misma sustancia
......................
Mezcla un poco de jugo de mastuerzo con abrótano y, rociándome las partes, coge un puñado de ortigas verdes y se pone a golpearme suavemente todo el cuerpo hasta la altura del ombligo."

En el antiguo manual hindú, el Kama Sutra, se mencionan prácticas eróticas que incluyen el golpear, arañar, nalguear, etc, además de que nos habla de pociones para hacer esclava a la mujer mediante el uso de unguentos picantes en el pene........sin embargo éste texto llega hasta nosotros a través de Sir Richard Burton, inglés victoriano, así que él pudo haber inventado una parte.

La unión de los animales, dicen, se parece a una disputa, porque el amor tiene la naturaleza de una disidencia y enfado. Los golpes forman parte de la pasión. Los lugares son los hombros, la cabeza, el espacio entre los senos, las espaldas, el pubis, los costados; pertenecen a cuatro variedades: con el revés de la mano, con la mano en forma de copa, con el puño y con la palma de la mano.
De éstos, a los que corresponde un dolor, se origina la emisión de gemidos de muchas clases; hacen ocho con los gritos, que son: pronunciar el sonido hinn, tronar, arrullar, llorar, emitir los sonidos sut, uf y pufff. Luego hay palabras que quieren decir "mama", que expresan oposición, deseo que le dejen a uno libre, "basta" y otras con significado parecido. Además se pueden imitar (los gritos) de la tórtola, del cuclillo, de la paloma y del papagayo, el zumbido de las abejas y (las voces) de la gallineta, de la oca,de la pata y de la perdiz, todos mezclados con gemidos.
Cuando la mujer se sienta de rodillas, se la puede golpear con el puño en la espalda. Entonces, como si estuviera enfadada, ella tiene que imitar el ruido del trueno, llorar, arrullar y devolver el golpe. Durante la unión, el hombre la golpee entre los senos con el revés de la mano, comenzando suavemente y aumentando según va creciendo la pasión, hasta el clímax. Entonces, cuando se le pega, ella emite el sonido hinn y todos los demás, sin restricción, insistiendo y variando.
Cuando se le pega en la cabeza con los dedos un poco curvados mientras ella se muestra arisca y emite el sonido pufff, se tiene el golpe con la mano "en forma de copa". Entonces ella arrulle desde lo más profundo de la garganta e insista con el sonido pufff. Al terminar la unión, se expresará con suspiros y llantos. Pronunciar el uf significa imitar el ruido, poco más o menos, de una caña de bambú que se parte; el pufff se parece, por el contrario, a una baya de yuyuba que se cae en el agua.
En los casos en que recibe besos y otras prácticas de amor la mujer debe corresponder con gemidos.Si, por la pasión, se le pega con insistencia, utilice palabras que expresen oposición, deseo de que le dejen libre, "basta", invoque a su madre y grite, imitando, a la vez, el ruido del trueno entre suspiros apagados y llantos. Cuando está a punto de concluir la excitación, él golpee el pubis y los costados ,desahogándose, hasta el clímax. Aquí eleve de prisa el grito de la perdiz o de la oca. Son los distintos modos de utilizar los sonidos y los golpes.
Llamamos esencia del hombre a la rudeza y a la impetuosidad;la impotencia, el dolor, el retirarse y la debilidad, esencia de la mujer.
En ocasiones, por la pasión y la costumbre, puede tener lugar una permuta,pero no por mucho tiempo, y, al terminar, se vuelve a la naturaleza de cada uno.

Personalmente encuentro muy divertido el pensamiento de Shobal Vail Clevenger, Jr. (1843-1920), un psiquiatra de Chicago especializado en enfermedades mentales, él pensaba que la causa del sadomasoquismo nos viene por la genética..........todo viene desde  que éramos bacterias asexuadas que teníamos impulsos denominación y sumisión sexual (interesante que la dominación-sumisión preceda al sexo)

Pero........me van a tener que esperar un poco. Sólo les quería compartir: el BDSM, al menos el literario, es más que mazmorras, látigos y ropa de cuero negro.


martes, 28 de agosto de 2012

Una mujer ardiendo


Yo no era más que un receptáculo para el hombre, deshumanizado y pasivo. También es evidente que probaron, para sacarme de esa insensibilidad, todos los estúpidos medios habituales. Me vistieron, para tener el placer de desnudarme públicamente, doblada sobre el potro en medio de la aldea. Me dieron una azotaina más, que me puso el trasero superficialmente en erupción, sin arrancarme de mi indiferencia. Incluso tuvieron la crueldad de hacer que Nawa-Na me pegara a varazos, y aullé de dolor. Pero si eso logró satisfacer a uno o dos hombres, que me encontraron más sinuosa, más caliente, y la vagina más enfebrecida podo después, no dejé de caer de nuevo en una apatía casi invencible. Entonces llamaron a Ra-Hau, consultaron a las ancianas. Una de estas brujas, tras unos conciliábulos, correteó hasta su choza y volvió llevando en el hueco de sus manos, como si fuese un tesoro muy frágil, dos bolas de un blanco ceroso, que tenían aproximadamente el tamaño y la forma de un huevo. En mi agotamiento, me divertía con la estupidez de los indígenas.
« Sin duda, ahora quieren injertarme unos testículos », me decía, conteniendo con dificultad las ganas de reír de puro eretismo.
Pronto deje de reír. La horrible vieja, tras confiar su tesoro a una de las mujeres que se encontraba por allí, cuchicheando a la luz de las hogueras, me puso tan desnuda como vine al mundo. Tras lo cual se sentó en uno de los bancos naturales y me tendió sobre sus rodillas. Afortunadamente, las viejas de allá usan taparrabos más largos que las jóvenes. Por nada en el mundo hubiese deseado tocar su piel ajada. Cuando estuve así tendida, las nalgas expuestas, la vieja me acarició con bastante habilidad, rozándome con la palma de la mano y la punta de los dedos la convexidad de las nalgas, luego el pliegue entre éstas, la zona anal propiamente dicha y, por último, el pliegue de la vagina entre los muslos, haciéndolo tan furtivamente, aumentando la presión sólo de forma imperceptible, que sin querer me distendí poco a poco y me abrí. Entonces, siguiendo una de las tácticas preferidas de los salvajes, en el preciso instante en que por fatiga, por olvido, por abandono de todo el cuerpo, lo dejaba abrirse, la maldita vieja cogió prestamente de la mano de su vecina uno de aquellos huevos de firme y butirosa consistencia y me lo introdujo a la fuerza en el recto. Confieso que chillé de miedo, de sorpresa y de dolor. Al principio me distendió espantosamente el ano y, a continuación, en cuanto estuvo dentro de mí, su forma ovoide y la compresión del esfínter pareció propulsarlo en el estrecho canal intestinal a una velocidad fulgurante. Sentí que iba a alojarse como un proyectil en lo más profundo de mi vientre. Al atenuarse en ese momento el dolor, siempre sin pensar en ello, dejé de nuevo que todos mis músculos se relajasen. La vieja aprovechó al momento la situación para meterme el segundo huevo entre los muslos. Al igual que el primero, prorrumpió en mí y me dio la sensación de que iba a alojarse en la matriz. Sin darme tiempo a gritar esta vez, la vieja de una sacudida me volvió a poner de pie. Enloquecida, consciente de aquellas dos abominables esferas en mis entrañas, perdí todo pudor y realicé violentos esfuerzos para expulsarlas, flexionando las rodillas y haciendo fuerza hasta que mis muslos temblaron y mi vientre pareció agarrotarse. En vano.
Los dos huevos parecían pegados a lo más hondo de mí, en la pared de mis entrañas y de la matriz. De nuevo aullé, y las mujeres batieron palmas, mientras se encendían los ojos de los hombres. Entonces, como me ensañaba en empujar y contraerme con todas mis fuerzas, tuve la impresión de que los cuerpos ovoides perdían dureza, consistencia e incluso forma, parecían fundirse, penetrando y empapándome poco a poco la carne íntima. Y, a medida que se fundían, que a mi pesar los absorbía por todos los poros de las mucosas, una especie de tenebroso fuego líquido empezó a impregnarme todo el cuerpo, a correr solapadamente por todas mis venas con mi sangre. Incluso mis esfuerzos para rechazar, hacer salir de mí dos abominables objetos, parecían haber apresurado esa difusión, esa invasión. Me puse a aullar sin parar, y las palmadas hicieron furor. El fuego líquido, al haber envuelto como en un gran latigazo todo el habitáculo del cuerpo, volvió a localizarse y fijarse, con una fuerza tenaz, desesperante, en la vagina y el recto. Recuerdo que de niña me había reído, aunque haciendo muecas de malestar y repulsión, la primera vez que sorprendí a un criado empleando la expresión: llevar fuego en el culo. Ahora lo llevaba en el mío. Hubiese podido jurar que esa parte tan secreta de mi cuerpo estaba, al quemarse, en carne viva. El dolor, sin embargo, había dejado de ser intolerable, pero en realidad hubiera podido decirse que una hoguera ahogada roncaba dentro de mí. Rechinaba los dientes y quise empezar a correr, buscando agua, hierba, aire, noche, algo que apagara por poco que fuese esta monstruosa combustión. Las mujeres, riendo, se colgaron de mis brazos para retenerme. Sentía que estaba volviéndome loca. Sin embargo, la vieja bruja no había actuado desatinadamente. Cuando vi claramente que no podía escapar, mi cuerpo pareció comprender por sí mismo dónde encontraría alivio. Tirando con todas mis fuerzas de las manos de las mujeres que me agarraban, corrí a pegar mi cuerpo entero al primer indígena a mi alcance. Por suerte estaba desnudo, y el solo contacto con esa desnudez me proporcionó un fugaz enfriamiento, una promesa. Pero el miserable cretino, con el choque de mi cuerpo, y también porque mi extravío y mi furiosa carga le produjeron una irrefrenable risa, desempalmó en cuanto le toqué. Por lo que, liberándome furiosamente de las mujeres que todavía me sujetaban, le masturbé frenéticamente y, en cuanto estuvo en condiciones, me la metí de un golpe dentro de mí. Pienso que debió creer que era asaltado y violado por una zarza ardiente, porque poco faltó para que los ojos le saltaran. Bailé literalmente sobre su verga, totalmente despreocupada de que él se afanase o no. Al mismo tiempo enseñé los dientes a Ra-Hau, como una hiena, demasiado atareada y demasiado despavorida para ni tan sólo poder pronunciar su nombre. Comprendió, y a su vez se situó junto a mi espalda, abriéndome salvajemente las nalgas y enculándome con el mismo movimiento. Creí que mi ano explotaba y, sin embargo, nunca fui tan bien satisfecha como cuando su enorme aparato me dilató las entrañas. Realmente era como beber cuando se tiene sed. Muy aprisa, demasiado aprisa, saltando sobre sus dos pollas, les arranqué una doble ola de esperma, vaciándoles los cojones como bolsillos que se vuelven del revés. La mandíbula de los dos brabucones les pendía y rodaron por el suelo con ojos de buey. El fuego en realidad no me abandonaba, renacía como de sí mismo bajo la breve caricia del esperma. Por eso expulsé sin ceremonia alguna a los dos leños fuera de uso y de nuevo me abalancé sobre el primer indígena. Los otros esta vez me impidieron violarlo. Me agarraron, me echaron de espaldas sobre una especie de banqueta y me doblaron las rodillas sobre el pecho. No dejaba de jadear y de palpitar, no de placer ciertamente, sino porque la infernal quemadura me aguijoneaba. Los hombres empezaron a metérmela casi uno detrás de otro. Esa noche ni se habló de lavarme. Incluso me pregunto si todos mis servidores estuvieron ni tan sólo el tiempo de gozar. Uno me atacaba de pronto lo mejor que podía la vagina y, a pesar de mi posición, le sacudí los riñones casi para rompérselos. Seguía rechinando los dientes, echaba espumarajos cuando tenía un apaciguamiento pasajero y cuando la nueva verga, cuyo calor incluso me parecía refrescante, se abría camino en el corazón de las mucosas inflamadas. Luego, llena de impaciencia, enloquecida, tan pronto como ese pequeño frescor empezaba a disiparse, con una contracción espasmódica de la entrada de la vagina, cizallaba la picha del hombre, con el fin de sacarle todo el jugo y rechazarla. Al instante, otro tomaba su lugar, o más bien estaba entre mis nalgas y me atiborraba el recto. Con ayuda de un furioso balanceo de las caderas y de una súbita contracción del ano, lograba sacarle tan deprisa como a su compañero. Las mujeres incluso tuvieron que sentarse sobre mis brazos y manos para impedirme balancear los testículos de estos miserables endebles, al igual que si tañeran campanas, al mismo tiempo que me jodían. Por mi propia voluntad, valga la expresión, esa noche creo que despaché a más de la mitad de los hombres disponibles de la tribu. « Todos los perfumes de Arabia no purificarían esta pequeña mano », a veces citaba a mi padre « All the perfumes of Arabia will not sweeten this little hand », Macbeth. La pretendida virilidad de cualquier rebaño de hombres no podría agotar la minúscula vulva de una mujer.
Sin embargo, estaba molida. Era como si me hubieran apaleado con barras de hierro. En aquel momento hubieran podido hacerme trizas o hacer que montase un caballo de verdad, y no habría esbozado el más mínimo movimiento de defensa.

Cruel Zelanda, de Jacques Serguine 

martes, 3 de julio de 2012

El ama, memorias de una dominadora de Annick Foucault

Trabajar entre 16 y 20 horas al día es lo que yo llamo masoquismo.....este mes ha estado bastante masoquista para mí. Después de caer a la mitad en número de visitantes y en entradas en un mes, creo que ya toca que les hable un poco de masoquismo ajeno, el de la literatura.

Casi todos los libros que conozco sobre el mundo de la dominación y el bondage y el sadomaso están escritos desde la perspectiva del dominado. También muchos suelen ser autobiográficos o al menos fantasías eróticas de sumisos.

Desde esa perspectiva, este libro es bastante distinto: sí es autobiográfico, pero está escrito desde la óptica de una mujer dominadora. Yo no se porqué en la mayor parte de estos libros, la frialdad del padre es el culpable de las aficiones masoquistas de las protagonistas, que suelen ser mujeres que buscan llenar el vacío con dolor.

Annick Foucault es en la vida real una dominatrix profesional que se hace llamar  "Maîtresse Françoise". Por profesional me refiero a que cobra por sus servicios y tiene su propio calabozo abierto al público en París. Este libro abre el mundo de la dominación al gran público, con relatos cortos y de buen gusto, sobre situaciones presuntamente reales, aunque algunas veces el relato parece una venganza comercial contra algún cliente.

Creo que la autora trata de cuidar su reputación presentándose desde muy pequeña como una aficionada a la flagelación activa; situación que si bien sucede en niños, no es muy creíble. Después de una infancia miserable, cae en un internado donde una loca monja sádica la convierte en sumisa. Situación que se repite cuando ella encuentra a un marido sádico que la golpea. Yo tengo para mí que esa historia no es real, el marido debe haber sido un patán y no un sádico.

Ella se reconoce con una dualidad: Francoise, su lado dominador, y Marianne, su lado sumiso; pero también reconoce que después de su divorcio no volvió a amar.

Ya en su rol de profesional, ella cuenta historias de importantes ejecutivos casados con aficiones masoquistas, con o sin intenciones eróticas, cintas adhesivas, negros violados, hombres-perro y humillaciones. Hombres prostituidos como mujerzuelas; todo tipo de clientes extraños. Para ella, la humillación es física, no psíquica. Incluso de habla de las relaciones virtuales como una manera de conseguir clientes.

Llega un momento en el libro en que ella se pone a explicar que no existe una sola clase de BDSM, que cada quien busca distintos fines y desde esa óptica una profesional cumple con las distintas fantasías de los distintos tipos de BDSM. También explica que la relación entre sádicos y masoquistas no es posible, que ha sido muy incomprendido el tema porque el sádico no gustará de un sumiso porque el dolor no sería real.


Bastó con que le rozara el trasero para que se convirtiera en la cochina puta que íntimamente deseaba ser. Obligarle a ponerse un cinturón de castidad fue un juego. Tuvo que separarse las nalgas para que yo le introdujera el grueso consolador. No quedaba sino cerrar el cinturón, sin olvidar meterle la polla entre los anillos destinados a impedirle que se empalmara. Después vino el corsé, ceñido como es debido. Las medias completaron la panoplia. Una hembra. Ya no era un hombre, sino una mujer, abierta a todo, con el culo en venta. Sólo faltaba azotarla y someterla. Le hice ponerse encima su atuendo de hombre para salir a cenar. Esa basura ni siquiera podía correr en libertad: una correa atada a los cojones salía de su bragueta abierta.

Un libro interesante sobre verdugos, amos y esclavos. Pero como toda novela (este libro no es novela) sobre prostitutas, hacia el final ella se pone algo presuntuosa y pesada. Algunas vivencias parecen estar de relleno y ni siquiera son suyas.

Resumiendo: Un libro de especialidad. Divertido pero no excitante.



Perversógrafo: sadismo, masoquismo, humillaciñon, anal, flagelación, bondage, trasvestismo, fetichismo, juguetes sexuales, esclavos, lluvia dorada, coprofagia, zoofilia, masturbación, exhibicionismo, homosexualidad, trasvestismo, fetichismo de goma, asfixia erótica, orgías, calabozos, violaciones, sexo a medias.



El Ama: Memorias de una Dominadora
Annick Foucault
Tusquets Editores
ISBN: 9788472237872 
2008