martes, 18 de septiembre de 2012

Waldeck (I Modi) Segunda parte

Waldeck, Postura 5


Waldeck no era exactamente un tipo normal. Para comenzar era un poco dado a la exageración. El mismo de hacía llamar Conde, aunque no poseía títulos nobiliarios. Adicionalmente el convento en donde dijo haber encontrado el ejemplar.....sucede que no existe y si existió no estoy seguro de que tuviera una biblioteca.

Para comenzar con las diferencias, Waldeck reportó 20 grabados de I Modi, cuando sabemos por las cartas de Pietro Aretino que sólo había 16 grabados. Supongo que se basó en el historiador renacentista Vasari, quien reportaba erróneamente 20 grabados.

Waldeck, Postura 6
Adicionalmente, hoy conocemos el Toscanini, que contiene 14 de los 16 grabados y ninguno de los de Waldeck empata con la tercera postura. Ahora, los dibujos de Waldeck son tan exactos que podemos estar seguros de que vio alguna reproducción en la que se basó, porque las similitudes con el Toscanini son tantas que no es posible que sean fruto de la casualidad. Sin embargo el Toscanini no había sido descubierto entonces.


Waldeck, Postura 7
Waldeck era dado a la fantasía y a la exageración. Se decía Conde, Barón o Duque, de origen inglés o austríaco o alemán, que había estado en la expedición de Napoleón I a Egipto y otras lindezas. Sus dibujos poseían un erotismo velado, al grado de que algunos dibujos suyos habían sido prohibidos. Mujeres desnudas con un fondo de ruinas arqueológicas, sean hindúes, egipcias o mayas.

No sería el primero en tratar de hacer una conexión entre los mayas, los hindúes, la Atlántida. Parece que intencionalmente cometía errores en sus dibujos de los grifos mayas, incluyendo elefantes y pequeños errores que hacían parecer obvia la conexión con los egipcios. El mismo parece que promovía el mayanismo.

Lo que no podemos negar es que se basó en alguna reproducción bastante exacta para sus grabados, y conservó el estilo de Raimondi.

Para no aburrirlos, mas adelante reproduzco las otras 10 posturas.......de momento estoy terminando un literotismo muy femenino que me dejó gratamente sorprendido.

Waldeck, Postura 8


Waldeck, Postura 9

Waldeck, Postura 10












sábado, 15 de septiembre de 2012

Waldeck (I Modi) Primera parte

Waldeck, 1850
El libro "I Modi" de Pietro Aretino, editado en 1524 e ilustrado por Marcantonio Raimondi es "el santo grial" del mundo de los libros. Un libro condenado a la hoguera del que aparentemente no sobrevivió ni un solo ejemplar.

Lo más cercano que tenemos es una reproducción treinta años posterior, de la que sobreviven 14 sonetos (13 originales y uno apócrifo) grabados con toscas planchas de madera y que parecen ser una reproducción de una reproducción. Si este tosco libro vale 425 mil dólares, no puedo imaginarme cuánto valdría un ejemplar original.

Raimondi, 1524
Pues resulta que allá por 1850, un individuo llamado Frederic Maximilien Waldeck (1766-1875), anticuario, cartógrafo, artista y explorador francés, reportó haber encontrado el libro en México, haberlo tenido en sus manos e inclusive haber llegado a copiar los grabados, mismos que publicó.

Aunque Waldeck vino a México con intención de explorar las ruinas mayas de Palenque, es notable que no haya aprovechado su estancia para el saqueo, como tantos otros exploradores posteriores lo hicieron. Parece que a Waldeck lo guiaban intereses más esotéricos que mercantiles, y es de admirarse que se internara en esa difícil selva lacandona, entre mosquitos, mayas hostiles y caca de chango; y sacado maravillosos (aunque inexactos) grabados y mapas de las ruinas mayas. ¿Sin beneficio alguno?
Fragmentos de la edición de 1524

Bueno, no exactamente. Waldeck diría unos años después, tras la publicación de su versión del gran clásico del Aretino, que había encontrado un ejemplar original del libro de 1524, en una biblioteca que estaba en comodato en un convento cerca de Palenque.

Desde los años 30, Waldeck estaba obsesionado con Marcantonio Raimondi. Había hecho algo de dinero restaurando viejos grabados de antiguos libros, así que conocía el arte. En sus diarios, podemos apreciar  que había conocido el único grabado original de I Modi que sobrevive completo, y que conocía los pequeños fragmentos que se conservan en el infierno de la Biblioteca Británica.

Yo que conozco las monjas y los monjes, puedo dudar bastante de esa aseveración. Me pared muy poco probable ese hallazgo, pero si acaso existiera un ejemplar en mi país de esa obra, sería un hallazgo extraordinario.

No tengo tiempo en este momento de explicar mis dudas, pero les dejo algunas de las imágenes de Waldeck y vuelvo con ustedes enseguida.

Waldeck, Postura 2



Waldeck, Postura 3

Waldeck, Postura 4

PD.- Las imágenes las tomé de la página Eroti-Cart, pero están en el dominio público, a pesar de lo que piense Google o editorial Siruela.


martes, 4 de septiembre de 2012

En los salones del placer de Jacques Cellard

Este es uno de mis libros favoritos. Se trata de la segunda parte de las Confesiones de una Desvergonzada, una típica historia de una jovencita caliente que se mete al mundo de la prostitución y que hace una divertida reseña desde dentro de ese mundo.

Aunque la historia aparenta ser victoriana, y apenas tiene algún ligero error en la escritura, cuadra más en  la pornografía de los locos años 70. Es una historia que recupera el estilo y los temas clásicos de las novelas de prostitución antiguas, pero escota por alguien muy erudito en el tema, que además de ser un profesional de la pluma tiene un sentido del humor finísimo.

En este libro no hay sufrimientos; ellas llevan una vida difícil, pero se divierten. Parece que el autor no pretende moralizar sino entretener en un estilo jocoso y positivo. No hay pedofilia, ni violencia, ni prostitutas fracasadas que sufren, es un libro cómico con un erotismo de buen gusto y con unos eufemismos que son de risa loca:


  • Los pintores: la menstruación
  • La entrada de los artistas: El ano
  • Potajero: El que le gusta el sexo oral con una mujer que ya ha tenido sexo vaginal
  • As de picas: el ano
  • Lluvia, viento y granizo: Orinar, peer y defecar
  • El Cascanueces: Una contracción vaginal
  • La corbata del notario: sexo entre las tetas
  • La enfermería: Un cuarto donde se fustiga a los clientes que no pueden tener erecciones sin una zurra
  • Jugar a dos palos: Trío de dos hombres y una mujer.




Resulta que nuestra querida niña de la novela anterior, después de ser camarera en un bar de mala muerte, vendiendo encuentros furtivos y mal pagados;  decide dedicarse al tacón de una manera profesional, así que se convierte en "Lulú la complaciente" y se inscribe en el burdel "Las Odaliscas". Con sus grandes dotes de felatriz, falotriz y sus cualidades para gozar por "la entrada de los artistas", pronto tiene éxito.

El relato no tiene desperdicio; a pesar de estar fuertemente basado en escenas de novelas eróticas de todos los tiempos, de describir a detalle el mundo de las prostitutas de mediano pelo, también relata  muchos relatos divertidos de hombres extravagantes y mujeres singulares: Malou la Peluda, La Judía, Irma la Enamoradiza, Mélie la Tres Bocas....y sus clientes:


El que sólo quiere verla desnuda porque su mujercita no se deja ver.
El que le gusta ver culos de mujer, aunque le repugnen por  delante
El que tiene un agujero en el bolsillo para sorprender a las chicas, pero que es incapaz de hacer nada.
La que es prostituta por ninfómana, anteriormente era casada infiel.
El que está obsesionado con los caballos.
El de la mujer católica que descubrió un álbum con posiciones “extrañas”.
El que le pega, el que le gusta que le peguen
El tahúr encantador que habla en idioma de póker.
Los estudiantes que la embriagan.
El gimnasta-contorsionista.


Todo un cuadro cómico de personajes que desfilan entre sus piernas, escenas sacadas de Cora Pearl y de otros libros, pero con un toque de humor y buen gusto. Llegado el momento, ella comparte su miedo al embarazo, sus pensamientos y su filosofía:


"Lo que ocurre es que piensa en mi placer, me habla, me sonríe. Con él, al igual que con el señor Raoul o el señor Gimnasta, dejo de ser un animal de labor que se pasa días enteros dando vueltas al mismo ritmo. Con él soy una mujer"

Un día, mientras la jodían en el baño:
"Se acerca a mí, me levanta la bata, palpa. Yo paso la mano entre mis piernas, se la coloco en el sitio adecuado, ¡y adelante! No resulta más desagradable aquí que en otra parte; ni tampoco menos placentero, pues el sacristán en cuestión me jode como los mismísimos ángeles. ¿Que tengo la nariz metida en el asunto? ¿Y qué? No huelo a nada. El dinero no tiene olor."

"Si he decirlo todo, esperaba la llegada de la sanguina de un momento a otro (soy más puntual que un reloj), y el señor Vajilla era mi último hombre del día. Guarrada por guarrada, prefería sentirlo chapotear en los restos de mi digestión que en la sangre de los pintores"

"No somos niños de Jesús ni de María, eso no, pero, de todas formas, vivir del culo no es impedimento para tener buen corazón, ¿no? Ni vivir de rentas tampoco."


Y nos comparte sus cochinadas:


—¡A lo perrita, Lulu, a lo perrita! ¡De cara a mí! Julien, hyo mío, a ti corresponde el honor. ¡Ya verás qué caliente lo tíene esta pequeña! Y usted, querida amiga, empezará a mamarme cuando él haya entrado.
Dado que la tiene muy tiesa, más bien larga que gruesa, y que yo vuelvo a estar mojada, Julien entra arrancándome sólo gemidos de satisfacción.
—¿Ya está, Lulu? —pregunta el señor—. ¿Te gusta su minga?
YO (sincera). —¡Oooh, oooh, aaah! ¿Sí, me encanta! Ahora dame la tuya para que la mame.
¡El muy lascivo lo ha calculado todo al milímetro! A cuatro patas, estoy justo a la altura precisa para que la introduzca entre mis labios y yo la devore, mientras Julien realiza su faena al otro lado.
—¡Esta criatura chupa como una diosa! —le confía el señor por encima de mi hombro—. ¡Una maravilla de lengua, querido, una maravilla de lengua!
—Pero, señor —se permite decir Julien—, ¿la señorita Lucienne se comportará tan correctamente en el momento de la crisis del señor?
Porque el señor le ha pedido claramente a la señora Armand una chica que no le haga ascos a tragarse los hijos del señor que el señor no quiere...
—Cuando llegue el momento, tragará, respondo de ello —replica el señor—. ¿No es cierto, Lucienne? —me pregunta, apartándome la cabeza.
Yo me contento con murmurar:
—Sí, por supuesto, querido, con sumo placer.
Porque no faltaría más que eso, que no me tragara el humo de un hombre tan generoso, cosa que por otra parte no resulta desagradable cuando no hay en exceso. Lo principal es aprender a percibir como asciende la savia, para respirar a fondo antes de que empiece a manar y no asfixiarse.
Aspiro, pues, sin perder tiempo, y sin preocuparme de vigilar el momento en que el otro tendrá «su crisis», como él dice. De hecho, le viene un instante después, ya que tiene los cojones llenos, y yo parto al mismo tiempo que él.
—¡Aaah, hijos míos! —gruñe el señor—. Veo que habéis gozado. Julien..., ese conejo... ¿Cuál es tu opinión?
—¡Delicioso, señor, delicioso! —suspira el interesado—, ¡Terciopelo puro! ¡Y qué calidez! ¡Ah, el señor ha tenido un ojo clínico al invitar a la señorita Lucienne!
—Ya lo creo..., amigo mío... —replica jadeando el rajá—. La he probado... antes que tú... Y su boca... vale tanto... como su coño... ¡Aaah, aaah, me está mamando..., la zorra...!
¿Que estoy mamándolo? Para eso me paga, y no poco bien, me digo mientras ellos intercambian tales cumplidos. Ello, sin embargo, no impide que comience a fatigarme. Permanecer apoyada en rodillas y manos no es en absoluto una postura de reposo. Y si, además, hay que estar atenta para no dejar escapar ni la minga que te atraviesa la cotorrita, ni la que te atraviesa el gaznate, ¡la cosa resulta dura!
No digo «desagradable», no. Entre las golosinas, el vino dulce y el calor, cualquier mujer de constitución normal encontraría placentero dejarse acariciar por dos hombres como los míos: bien provistos, divertidos y nada brutales. Sin embargo, yo ya tenía la entrepierna irritada cuando Julien se añadió al señor para trabajarme la alcancía, y, a decir verdad, ahora preferiría repantigarme en esta estupenda cama sin pensar en nada.
Por tal motivo, una vez medio libre del sirviente, que, aliviado de lo más urgente, va y viene indolentemente entre mis nalgas, precipito la maniobra que atañe al amo. Para decidirlo a descargar, confío mi equilibrio a la mano derecha y, con la izquierda, le acaricio los zurrones. No es ninguna novedad, pero los efectos son espléndidos.
—¡Aaah, oooh, los cojones, los cojones...! —gime—. ¡Sí, rasca, preciosa, rasca! Yo..., yo... ¡Ah, Lulu!
¡Lulu ha ganado! Lulu no le ha hecho ascos a tragarse los hijos del señor que el señor no quiere, como dice tan elegantemente Julien. ¡Lulu se lo ha engullido todo! ¿Aún tiene la boca llena? ¡Glups! ¡Adentro! Llevo mi conciencia profesional y el deseo de hacer las cosas bien hasta el extremo de apretársela con los dedos para extraer las últimas gotas. Todo esto se une, sin ningún problema, con los patés trufados, las tetas de monja y el vino dorado. Y yo, por fin, me dejo caer en la cama como un fardo.
Mis héroes se han ablandado. Les sucede a todos, una vez que han derramado el veneno... Son como bebés enormes... Julien, no sé cómo, ha logrado permanecer en la cama. Su señor se reúne con nosotros, y me duermo entre ambos, con la nariz contra el bigote de uno y las nalgas contra el vientre del otro.



Ya hacia el final, ella se da cuenta que aunque ha ganado una fortuna,  no tiene tiempo para disfrutar por haberla pasado cogiendo seis días a la semana doce horas diarias.

Pronto se deja mimar por un hombre mayor que le recuerda a su padre (al de ella, no al de ustedes) Encuentra a sus mentores en la cochinada, los Bresles, quienes la ignoran de mala manera.

Ella descubre que ya no es la jovencita cachonda, sólo es la prostituta que vende el cuerpo. Pronto hereda una pequeña fortuna del viejo, con lo que logra su sueño de independizarse y de pasarse nuevamente a medio París por “el arco del triunfo”

¡Viva Francia!

Un buen libro.....necesitan leerlo para saber de qué hablo.




Perversógrafo: Sexo oral, anal, vaginal, entre las tetas, tríos, orgías, lesbianismo, homosexualidad,  voyerismo, trasvestismo, 69, rapidín, impotencia, froterismo, ninfomanía, beso negro, churro con chocolate,  lluvia dorada, masturbación, fetichismo,  coprolalia, afrodisiacos, gordas,  azotainas, nalgadas, posiciones, seducción, dos en la boca, dos en el culo.


En los salones del Placer
Jacques Cellard
RobinBook
1991
ISBN 9788479270278
272 págs.

martes, 28 de agosto de 2012

Una mujer ardiendo


Yo no era más que un receptáculo para el hombre, deshumanizado y pasivo. También es evidente que probaron, para sacarme de esa insensibilidad, todos los estúpidos medios habituales. Me vistieron, para tener el placer de desnudarme públicamente, doblada sobre el potro en medio de la aldea. Me dieron una azotaina más, que me puso el trasero superficialmente en erupción, sin arrancarme de mi indiferencia. Incluso tuvieron la crueldad de hacer que Nawa-Na me pegara a varazos, y aullé de dolor. Pero si eso logró satisfacer a uno o dos hombres, que me encontraron más sinuosa, más caliente, y la vagina más enfebrecida podo después, no dejé de caer de nuevo en una apatía casi invencible. Entonces llamaron a Ra-Hau, consultaron a las ancianas. Una de estas brujas, tras unos conciliábulos, correteó hasta su choza y volvió llevando en el hueco de sus manos, como si fuese un tesoro muy frágil, dos bolas de un blanco ceroso, que tenían aproximadamente el tamaño y la forma de un huevo. En mi agotamiento, me divertía con la estupidez de los indígenas.
« Sin duda, ahora quieren injertarme unos testículos », me decía, conteniendo con dificultad las ganas de reír de puro eretismo.
Pronto deje de reír. La horrible vieja, tras confiar su tesoro a una de las mujeres que se encontraba por allí, cuchicheando a la luz de las hogueras, me puso tan desnuda como vine al mundo. Tras lo cual se sentó en uno de los bancos naturales y me tendió sobre sus rodillas. Afortunadamente, las viejas de allá usan taparrabos más largos que las jóvenes. Por nada en el mundo hubiese deseado tocar su piel ajada. Cuando estuve así tendida, las nalgas expuestas, la vieja me acarició con bastante habilidad, rozándome con la palma de la mano y la punta de los dedos la convexidad de las nalgas, luego el pliegue entre éstas, la zona anal propiamente dicha y, por último, el pliegue de la vagina entre los muslos, haciéndolo tan furtivamente, aumentando la presión sólo de forma imperceptible, que sin querer me distendí poco a poco y me abrí. Entonces, siguiendo una de las tácticas preferidas de los salvajes, en el preciso instante en que por fatiga, por olvido, por abandono de todo el cuerpo, lo dejaba abrirse, la maldita vieja cogió prestamente de la mano de su vecina uno de aquellos huevos de firme y butirosa consistencia y me lo introdujo a la fuerza en el recto. Confieso que chillé de miedo, de sorpresa y de dolor. Al principio me distendió espantosamente el ano y, a continuación, en cuanto estuvo dentro de mí, su forma ovoide y la compresión del esfínter pareció propulsarlo en el estrecho canal intestinal a una velocidad fulgurante. Sentí que iba a alojarse como un proyectil en lo más profundo de mi vientre. Al atenuarse en ese momento el dolor, siempre sin pensar en ello, dejé de nuevo que todos mis músculos se relajasen. La vieja aprovechó al momento la situación para meterme el segundo huevo entre los muslos. Al igual que el primero, prorrumpió en mí y me dio la sensación de que iba a alojarse en la matriz. Sin darme tiempo a gritar esta vez, la vieja de una sacudida me volvió a poner de pie. Enloquecida, consciente de aquellas dos abominables esferas en mis entrañas, perdí todo pudor y realicé violentos esfuerzos para expulsarlas, flexionando las rodillas y haciendo fuerza hasta que mis muslos temblaron y mi vientre pareció agarrotarse. En vano.
Los dos huevos parecían pegados a lo más hondo de mí, en la pared de mis entrañas y de la matriz. De nuevo aullé, y las mujeres batieron palmas, mientras se encendían los ojos de los hombres. Entonces, como me ensañaba en empujar y contraerme con todas mis fuerzas, tuve la impresión de que los cuerpos ovoides perdían dureza, consistencia e incluso forma, parecían fundirse, penetrando y empapándome poco a poco la carne íntima. Y, a medida que se fundían, que a mi pesar los absorbía por todos los poros de las mucosas, una especie de tenebroso fuego líquido empezó a impregnarme todo el cuerpo, a correr solapadamente por todas mis venas con mi sangre. Incluso mis esfuerzos para rechazar, hacer salir de mí dos abominables objetos, parecían haber apresurado esa difusión, esa invasión. Me puse a aullar sin parar, y las palmadas hicieron furor. El fuego líquido, al haber envuelto como en un gran latigazo todo el habitáculo del cuerpo, volvió a localizarse y fijarse, con una fuerza tenaz, desesperante, en la vagina y el recto. Recuerdo que de niña me había reído, aunque haciendo muecas de malestar y repulsión, la primera vez que sorprendí a un criado empleando la expresión: llevar fuego en el culo. Ahora lo llevaba en el mío. Hubiese podido jurar que esa parte tan secreta de mi cuerpo estaba, al quemarse, en carne viva. El dolor, sin embargo, había dejado de ser intolerable, pero en realidad hubiera podido decirse que una hoguera ahogada roncaba dentro de mí. Rechinaba los dientes y quise empezar a correr, buscando agua, hierba, aire, noche, algo que apagara por poco que fuese esta monstruosa combustión. Las mujeres, riendo, se colgaron de mis brazos para retenerme. Sentía que estaba volviéndome loca. Sin embargo, la vieja bruja no había actuado desatinadamente. Cuando vi claramente que no podía escapar, mi cuerpo pareció comprender por sí mismo dónde encontraría alivio. Tirando con todas mis fuerzas de las manos de las mujeres que me agarraban, corrí a pegar mi cuerpo entero al primer indígena a mi alcance. Por suerte estaba desnudo, y el solo contacto con esa desnudez me proporcionó un fugaz enfriamiento, una promesa. Pero el miserable cretino, con el choque de mi cuerpo, y también porque mi extravío y mi furiosa carga le produjeron una irrefrenable risa, desempalmó en cuanto le toqué. Por lo que, liberándome furiosamente de las mujeres que todavía me sujetaban, le masturbé frenéticamente y, en cuanto estuvo en condiciones, me la metí de un golpe dentro de mí. Pienso que debió creer que era asaltado y violado por una zarza ardiente, porque poco faltó para que los ojos le saltaran. Bailé literalmente sobre su verga, totalmente despreocupada de que él se afanase o no. Al mismo tiempo enseñé los dientes a Ra-Hau, como una hiena, demasiado atareada y demasiado despavorida para ni tan sólo poder pronunciar su nombre. Comprendió, y a su vez se situó junto a mi espalda, abriéndome salvajemente las nalgas y enculándome con el mismo movimiento. Creí que mi ano explotaba y, sin embargo, nunca fui tan bien satisfecha como cuando su enorme aparato me dilató las entrañas. Realmente era como beber cuando se tiene sed. Muy aprisa, demasiado aprisa, saltando sobre sus dos pollas, les arranqué una doble ola de esperma, vaciándoles los cojones como bolsillos que se vuelven del revés. La mandíbula de los dos brabucones les pendía y rodaron por el suelo con ojos de buey. El fuego en realidad no me abandonaba, renacía como de sí mismo bajo la breve caricia del esperma. Por eso expulsé sin ceremonia alguna a los dos leños fuera de uso y de nuevo me abalancé sobre el primer indígena. Los otros esta vez me impidieron violarlo. Me agarraron, me echaron de espaldas sobre una especie de banqueta y me doblaron las rodillas sobre el pecho. No dejaba de jadear y de palpitar, no de placer ciertamente, sino porque la infernal quemadura me aguijoneaba. Los hombres empezaron a metérmela casi uno detrás de otro. Esa noche ni se habló de lavarme. Incluso me pregunto si todos mis servidores estuvieron ni tan sólo el tiempo de gozar. Uno me atacaba de pronto lo mejor que podía la vagina y, a pesar de mi posición, le sacudí los riñones casi para rompérselos. Seguía rechinando los dientes, echaba espumarajos cuando tenía un apaciguamiento pasajero y cuando la nueva verga, cuyo calor incluso me parecía refrescante, se abría camino en el corazón de las mucosas inflamadas. Luego, llena de impaciencia, enloquecida, tan pronto como ese pequeño frescor empezaba a disiparse, con una contracción espasmódica de la entrada de la vagina, cizallaba la picha del hombre, con el fin de sacarle todo el jugo y rechazarla. Al instante, otro tomaba su lugar, o más bien estaba entre mis nalgas y me atiborraba el recto. Con ayuda de un furioso balanceo de las caderas y de una súbita contracción del ano, lograba sacarle tan deprisa como a su compañero. Las mujeres incluso tuvieron que sentarse sobre mis brazos y manos para impedirme balancear los testículos de estos miserables endebles, al igual que si tañeran campanas, al mismo tiempo que me jodían. Por mi propia voluntad, valga la expresión, esa noche creo que despaché a más de la mitad de los hombres disponibles de la tribu. « Todos los perfumes de Arabia no purificarían esta pequeña mano », a veces citaba a mi padre « All the perfumes of Arabia will not sweeten this little hand », Macbeth. La pretendida virilidad de cualquier rebaño de hombres no podría agotar la minúscula vulva de una mujer.
Sin embargo, estaba molida. Era como si me hubieran apaleado con barras de hierro. En aquel momento hubieran podido hacerme trizas o hacer que montase un caballo de verdad, y no habría esbozado el más mínimo movimiento de defensa.

Cruel Zelanda, de Jacques Serguine 

viernes, 24 de agosto de 2012

Dréncula de Boris Vian

Súcubo, Obra de Ana Feito Álvarez  

DRÉNCULA
Extractos del diario de David Benson

I

Apenas hacía una hora que me encontraba en el castillo del conde Dréncula y ya el aspecto siniestro de aquel lugar despertaba en mi corazón los más sombríos presentimientos.
La morada del conde se alzaba en una de las regiones más salvajes del gran bosque de Transilvania, que lanza contra las primeras estribaciones de los Cárpatos sus hordas negras de grandes pinos de Austria y alerces de frente desdeñosa. El castillo, en lo más alto de un promontorio rocoso, dominaba un barranco profundo, por el que rugía en lo más hondo un espumoso torrente. El conde había rogado al bufete de abogados de Londres para el que yo trabajaba que le enviará uno de sus representantes, para poner orden en determinados documentos importantes; en mi maletín tenía la copia de la respuesta que me acreditaba ante él, y esa hojita blanca era lo único que, en ese momento, podía disipar un poco mi angustia.
En efecto, hacía una hora que había franqueado el umbral del austero edificio de piedra gris y aún no había visto un alma. Únicamente algunos murciélagos revoloteaban de un modo extraño, poblando con sus agrios chillidos el opresivo silencio, y sólo el recuerdo de mi gran despacho de techo artesonado me hacía recobrar el aplomo.
Después de recorrer uno tras otro los salones desiertos, acabé descubriendo, escondida en una torreta cuadrada, que se levantaba al norte, una habitación donde crepitaba un fuego de leña. Colocada sobre la mesa, junto a una copiosa comida, había una nota que me informaba de que el dueño de la casa había salido de caza dos días antes, se excusaba por recibirme de un modo tan poco conveniente y me rogaba que me instalase lo mejor que pudiera mientras aguardaba su regreso.
Y, cosa extraña, el aspecto misterioso del asunto, lejos de incrementar mi inquietud, la disipó, y así cené opíparamente sin la menor preocupación.
Más tarde, me desnudé por completo, pues hacía un calor asfixiante, y me tumbé delante del fuego sobre una inmensa piel de oso negro que aún conservaba un ligero olor a fiera, sin duda, por los métodos rudimentarios que los montañeses del lugar habían aplicado para conservarla.

II

Me sacaron del sopor una sensación de ahogo y otra sensación, ésta completamente desconocida. Mi vida de soltero formal no me había preparado, claro, para semejante experiencia; y al tiempo que un peso, que me pareció considerable, se apoyaba en mi pecho, me daba la impresión de que todo mi sexo se encontraba sumergido en una caverna cálida y de singular movilidad, y que con esa excitación nueva para él ganaba fuerza y volumen de un modo completamente anormal. Poco a poco recuperé la lucidez y me di cuenta de que una mata de vello me rozaba la nariz y la boca; un olor particular, un poco mareante, me llenaba la nariz y, cuando levanté las manos, me topé con dos globos lisos y sedosos que se estremecieron al tocarlos y se levantaron ligeramente; en éstas, percibí cierta humedad en mi labio superior, lamí esa humedad y mi lengua entró en una raja carnosa y ardiente que, en ese instante, inició una larga serie de contracciones. Sorbí el suculento jugo que entonces se me derramaba en la boca y me percaté de que alguien estaba tumbado sobre mí boca abajo todo lo largo que era y me comía el miembro mientras yo le devolvía la cortesía por el otro lado; yo, David Benson, estaba chupándole el órgano a una criatura, y eso me producía un placer extremo.
Esa revelación se me impuso en el mismo momento en que, preso de un violento arrebato, dejé escapar gran cantidad de esperma que fue tragado según salía. Al mismo tiempo, los muslos que me ceñían la cabeza se tensaron; yo me comporté lo mejor que supe, hundí y saqué la lengua tan deprisa como era capaz, y absorbí todo lo que pude extraer del cáliz exasperado que bailaba contra mi boca. Mis manos no permanecían inactivas, recorrían de arriba abajo la raya perfumada donde mi nariz rebuscaba el aroma afrodisíaco; y mis dedos entraban por momentos en una fosa diferente de acceso más difícil.
«Estoy perdido... —pensé—. El conde es un vampiro y esta persona está a su servicio. Ahora también yo me convertiré en vampiro...»
En ese momento, la criatura empujó un poco más su culo contra mi nariz y sentí llegar al asalto contra mi barbilla una cosa gorda, peluda y dura. Palpé el objeto y descubrí que se prolongaba en un miembro rígido y turgente que se revolvía para introducirse en mi boca.
«Estoy soñando —pensé—. Los dos sexos no pueden estar juntos en una misma persona.»
Y, como hay que saber aprovechar los sueños para enriquecer tu experiencia, chupé el miembro lo mejor que pude, recogiendo la lengua contra el paladar para que recorriese el surco que dividía en dos el glande, porque quería llevar hasta el final esas investigaciones topográficas. La actividad del vampiro continuaba alrededor de mi vientre y, no sé cómo, con ayuda de un quiebro que debí de hacer sin darme cuenta, me lamía los bordes del ojete con una lengua puntiaguda y ágil como la cabeza de una serpiente. Ese contacto hizo que mi verga flácida recuperase vigor.
Un último estirón del tallo que yo mamaba con avidez me advirtió de un cambio repentino y la boca se me llenó de cinco o seis chorros de un esperma suculento, cuyo sabor a lejía pronto daba paso a un aroma discreto a trufa. Sin darme tiempo a tragarlo todo, el vampiro, de pronto, se dio la vuelta y su boca se pegó contra la mía, explorando mis encías y mi gaznate para recuperar los pocos filamentos que aún quedaban. Entre tanto, mi sexo invadía un pasaje angosto, tórrido y suave, mientras una mano ligera, alcanzaba mi ano, donde introducía un falo aún tímido pero que se afirmaba con cada sacudida, enloqueciéndome con los más ardientes e inesperados arrebatos.
Luché por volver en mí, y me dio tiempo a pensar que por fuerza estaba soñando, pues la vagina que un momento antes se abría entre el ano y los testículos, ahora se encontraba encima de la verga y seguía dándome gusto. La bestia me recorría el rostro con lametadas rápidas y fugaces, cerca de los ojos, de las orejas y de las sienes, lugares que jamás hubiera imaginado pudieran ser tan sensibles. Me estaban entrando ganas de ver a aquella criatura, sin embargo, el resplandor mortecino del fuego apenas me permitía distinguir una parte de su sombra que se recortaba a contraluz sobre el rojo apagado de la chimenea.
No obstante, se apoderó de mí una nueva oleada de placer que puso fin a esas reflexiones, y expelí un río de semen al fondo de la jaula que me oprimía el miembro, mientras en lo más profundo de mis entrañas sentía derramarse el de mi súcubo. Crispé las manos en sus senos agudos y duros hasta el punto que sentía sus pezones taladrarme la carne y, agotado por estas impresiones tan terribles y fuertes, perdí el conocimiento.

EL DIARIO DE DAVID BENSON acababa ahí. Esas pocas hojas se descubrieron cerca de su cuerpo, en los alrededores de un castillo deshabitado en Radzaganyi, Hungría. A David Benson lo habían devorado parcialmente las fieras salvajes que, cosa curiosa, se cebaron en su bajo vientre, que estaba completamente roído, y habían cubierto su rostro de excrementos y orina.

Dréncula de Boris Vian

miércoles, 22 de agosto de 2012

Una mujer sensual

Felicity Fey
Pierre Louÿs era todo un poeta.....un poeta con una fijación por el sexo anal con niñas. Cuando Pierre Louÿs murió, dejó montañas y montañas de papeles con sus fantasías sexuales, de las cuales aún no han sido editados todos.

Parece ser que cada obra "seria", aún siendo sensual su escritura, tenía una contraparte pornográfica. Aquí un fragmento de la "Historia del rey Gonzalo y de las doce princesas", contraparte pornográfica de  "Las Aventuras del rey Pausole", en la que un monarca está decidido a desvirgar a sus doce hijas.

Al día siguiente, por la noche, se decidió que la elegida fuera Prima. Entonces Chloris manifestó que su presencia sería inútil, no se sabe si porque creía que los dieciocho años de la princesa no necesitaban el consejo de nadie, o quizá porque temía mostrarse desnuda junto a una belleza tan perfecta.
Así pues, Prima se presentó sola y sin turbación aparente, ataviada con un sucinto vestido desprovisto de corchetes, aunque sujeto holgadamente a su talle con un cinturón.
Era alta, tan morena como sus hermanas, y todo en ella tenía formas admirables: el contorno de su rostro, las líneas de los ojos y de la boca, la elegancia del cuello, la proporción del torso y de las piernas.
Aleccionada sobre aquello que le aguardaba, se acercó al rey con lentitud, lo besó en la frente y, acto seguido, se sentó sonriente en sus rodillas.
El rey se sintió tan conmovido que olvidó lo que tenía previsto decir. Por fortuna, la sistematización de sus cuestionarios acudió en su ayuda para sacarle del apuro.
—A tus hermanas les he preguntado sobre aquello que mejor conocían. Una me ha respondido muy bien acerca del pudor, y la otra acerca de la moral. ¿Y tú? ¿Qué es lo que mejor conoces?
Prima le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído:
—Esta noche, lo que mejor conozco es el modo de excitarte.
—¿Es eso una ciencia?
—Conseguir que se ponga tiesa una picha sin tocarla es todo un arte. Es un arte de cuya experiencia carezco, pero cuyos secretos conozco a la perfección. Es, en suma, el Arte del Amor.
—Demuéstramelo.
—Tengo toda la noche.
—¿Cuántos secretos hay en el amor?
—Conozco un millar de ellos, e inventaré muchos más. Claro que los secretos de amor no se dicen en ningún otro lugar que no sea la cama...
El rey empezaba a comprender que la mayor de sus doce hijas era demasiado lista para él. Prima se percató de sus pensamientos y, sabiendo que una enamorada no debe intimidar a aquel a quien desea seducir, se acostó sobre la colcha, atrajo al rey y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvistió sin apenas dejar entrever sus encantos, pues se tendió sobre él, cuerpo contra cuerpo, mostrando tan sólo sus pechos pero haciéndole sentir todo lo demás.
—Prima, eres demasiado hermosa —afirmó el rey—. No podré permanecer durante mucho tiempo en el estado al que me has llevado.
—No temas nada. El primer secreto del amor es conseguir estar excitado. El segundo es conseguir dejar de estarlo.
—Eso me parece más prudente.
—No, no, me siento segura de mí. Me amas ya lo suficiente como para dejar de mi cuenta la dosificación de tu placer. Acabas de decirme que soy demasiado hermosa, aunque apenas si has visto mi rostro. Pues bien, será eso lo primero que vas a desvirgar: mi rostro.
—¿Cómo has podido adivinar mi pensamiento?
—No lo pensabas. He sido yo quien te ha hecho pensar en eso antes de decírtelo. Se trata de otro secreto... Esta boca mía, que te habla, desea que la desvirgues. ¿Consientes en ello?
—Con urgencia y del modo que mejor te plazca.
—Si yo fuera hombre, desearía empalmarme más abajo del vientre de una muchacha que ofrece su boca de virgen antes incluso de mostrar sus demás virginidades. Creo que le diría: "He aquí dos labios hechos para chupar una picha".
—¡Oh! ¡Esto es demasiado!
—¿Qué opinión te merece mi lengua, entre mis dos labios?
—No sé qué hacer con ella... Prima, ¿has jurado martirizarme?
—Por el momento no sabes qué hacer, ya lo sé. Más adelante será ella la que te lo pida. Ahora basta con mis labios, con mi boca, que te chupará con toda el alma porque está segura de que, al final, tendrá su recompensa: la leche que tanto ansía.
Dejando de torturar al rey con las tentaciones y la impaciencia, la joven princesa se deslizó a los pies de la cama, tomó entre sus labios el miembro real...,y su espera fue tan corta como larga había sido la de su padre. Luego, inmóvil y como ensimismada, bebió todo cuanto manó, antes de abrir los ojos y sonreír con ternura.
Transcurrió una media hora sin que al rey se le ocurriera retirarse a una estancia contigua, como había hecho la noche anterior. Charlaba con Prima, que parecía entregada a su indolencia, aunque cambió el tomo del diálogo a su antojo cuando consideró llegado el momento de hacerlo. En efecto, habiéndole preguntado el rey por qué permanecía acostada sobre su vientre, ella respondió con mirada impúdica y frente altiva:
—Estoy acostada sobre el coño.
—¿Por qué?
—Es otro de los secretos: mostrarse desnuda, pero
no dejar ver el coño.
—Pues también me gustaría comprender ese secreto.Tú que tienes tan hermosa boca...
—¿Y si tuviese el coño más hermoso aún, quizás, que mi hermosa boca? ¿De qué le sirve a una mucha- cha enamorada toda la belleza del cuerpo si no está dotada, por encima de todo, de la belleza del coño? ¿Sabes de qué te estoy hablando?
—Creo que...
—Escucha. Tengo cinco coños. El primero es mi boca, que esta noche quiere atiborrarse de leche. El segundo está muy poblado de pelo, bajo mi brazo derecho; mira: hoy no te lo ofreceré, como tampoco el tercero, éste que tengo en la axila izquierda, aunque conozco la manera de convertirlos en tan suaves como mi boca. El cuarto coño se halla entre mis nalgas. ¿Lo verás esta noche? Tal vez sí, tal vez no. Y el quinto es aquel sobre el que ahora estoy acostada.
Prima se tendió de nuevo sobre el cuerpo del rey y, en esta ocasión, le hizo sentir aquello de lo que hablaba. El resultado que esperaba se produjo antes incluso de lo que le mismo rey podía imaginar.
—Me dijeron que te afeitabas. ¿Por qué motivo?
—Por el mismo que acabo de decirte. Si no tuviera un coño hermoso, no lo afeitaría. La belleza se muestra siempre desnuda.
—¡Pues tú ésa no la muestras!
—La belleza se muestra a quien la ama. Tu picha la toca y se empalma entre sus labios, ¿no? Pues que tu rostro haga otro tanto y también él la verá.
—No sé a qué te refieres. Sólo sé que me pones fuera de mí con tantos toqueteos, tanta contención y tanto deseo exacerbado.
—No me prometas nada. No necesito promesas. Mi capricho es no enseñar el coño sin que éste reciba un beso. Si tú encuentras mi coño lo bastante hermoso como para acordarte de mi capricho, entonces sabré si me amas.
Acercándose a las almohadas, Prima se puso de rodillas apretando las piernas. Apenas si podía verse aquello que pretendía mostrar y, sin embargo, aquélla parecía ser en efecto la más perfecta de sus formas. Aguardó a que el rey manifestar impaciencia por ver lo que ella todavía ocultaba. Por fin, con la cabeza vuelta hacia la cabecera de la cama, se arrodilló justo encima del real rostro con las piernas abiertas.Acto seguido, se agachó ligeramente y vio satisfecho el capricho del que ya no hablaba. Pero el rey dijo en seguida:
—¡No me tientes más! Sería una locura...
—¿El qué? ¿Desgarrarme el virgo del coño? ¿Y cómo podrías haber elegido ése si todavía no te he mostrado el otro?
—Esta muchacha acabará haciéndome perder el sentido, con su belleza, su lujuria, su reserva y su actitud desafiante. ¿Acaso no te basta la satisfacción de verme reducido a no atreverme más que a lo que tú me...?
—Atrévete a todo cuanto te plazca atreverte. Mis órdenes tienen una sola justificación: que adivino tus deseos antes de que tú los sientas. ¿Verdad que ya te he hablado de mi otro virgo? ¡Pues búscalo! Mete la mano entre mis muslos. ¿Lo notas?
—No sé lo que noto... Pierdo la cabeza...
Prima se zafó de la mano que la tocaba y, tendién- dose junto al rey, musitó:
—¿Notas mis pelos?
—Pero si te rasuras.
—No ahí. Ni tampoco las axilas. Mira, si no, este mechón negro que me llega casi hasta el pezón del pecho. Dime, ¿qué piensas tú que me afeito? ¿El coño y el pubis? Pues me afeito también el vientre, hasta el ombligo. En cambio, por debajo del coño está todo intacto.
—¡Eres una diablesa!
—Sí. Tengo tanto pelo por detrás como la mayoría de las chicas por delante, y, desde que me afeito la vulva, se diría que ésta ha cambiado de lugar.A mis her- manas les gusta. Según ellas, yo tengo una boca donde ellas tienen el coño, y un coño entre las nalgas. ¿Acaso no sabes que soy su sultana y que vivo en un harén donde basta una palabra mía para que se rindan?
—¿Quiénes?
—Todas. La que más me plazca, según el capricho de mis fantasías. ¿Quieres saber quiénes son mis pre- feridas? Te lo diré después. Pero a todas, incluso a la más pequeña, que tiene siete años, le encanta meterme la lengua en la boca del vientre o en el coño del culo. No hay nada que no fueran capaces de hacer para conseguirlo, y la verdad es que me satisface mucho tentarlas.
—Eres una verdadera maestra en eso de tentar a quienes te aman.
—A mis tres hermanas más jóvenes no las amo, pero, como a las jovencitas les gusta sobre todo lo que es salado, es a ellas a quienes concedo, cuando demuestran ser lo suficientemente habilidosas, el derecho de hundirme la lengua en el trasero. Mi verdadero coño se lo doy a la lengua de mi favorita, y cada noche ambas dudamos entre qué es más grato, si para mí gozar de ella, o para ella saborear entre mis muslos el néctar que consigue extraer de mi cuerpo.
—¡Calla!
—¿Qué puede ser más agradable al paladar de una virgen que beber el néctar destilado por otra virgen? Por curiosidad, he querido probar el de todas mis her- manas la misma noche en que alcanzaban la pubertad. Tan pronto como alguna de ellas venía a decirme, alborozada: "Prima, ¡me corro!", yo le regalaba mi boca con fruición. Pero hoy, contigo, he probado la leche de hombre. ¿Por qué me llamas reservada? Deseo seguir bebiéndola, y deseo dar la mía.
—¡Prima!
—¿Por qué dices que me contengo, si acabo de revelarte todos mis gustos, y ahora voy a mostrarte todos mis secretos? No tengo nada que ocultar. Mira.
Y, como si hiciera el gesto más natural del mundo, se puso a horcajadas sobre la cara del rey, dándole la espalda y abriendo al mismo tiempo sus nalgas peludas y su vulva recién rasurada. Acto seguido, sin esperar lo que tenía la seguridad de conseguir, dibujó con la punta de la lengua un minucioso arabesco alrededor del órgano viril.
Hacía mucho tiempo que el rey no había concedido a nadie el favor de la caricia que las jovencitas se hacen unas a otras, y en consecuencia carecía de inclinación natural para ello. Pero, hallándose "fuera de mí", como él mismo había dicho, no supo lo que hacía..., y a pesar de todo lo hizo.
Por su parte, el cuerpo de Prima comenzó a arquearse espasmódicamente y a ser presa de un irreprimible desenfreno. Ella, que nunca decía una palabra cuando sus hermanas le rendían aquella clase de homenaje, esta vez sintió que no sólo debía hablar, sino incluso exagerar sus sensaciones mediante temblores y frases.
—¡Sí! ¡Oh, sí! —exclamó, con un hilo de voz—. ¡Oh! ¡Deseo correrme!
Apoyándose en los brazos, tensos como pilares, levantó la cabeza y curvó la grupa, abierta en toda su redondez.
—¡Mira qué excitada estoy! ¿Lo ves bien? ¡Por eso me rasuro! Cuando me lanzo, mi dardo se pone tan tieso y tan rojo que mis once hermanas se pelean por ver la picha empalmada de Prima... Sabía que esta noche me tomarías... ¡Por eso no he gozado en todo el día!...
Había gozado por tercera vez desde la mañana a las cinco de la tarde, pero su decisión de fingir un apasionamiento absoluto le hizo explicar:
—Cuando he gozado y estoy tan extremadamente excitada como ahora, digo cosas que no quisiera decir... ¡Te amo! ¡Te adoro! ¡Me mojo por ti! ¡Tengo empalmados hasta los pezones! ¡Sé que me encularás dentro de un instante, y lo deseo!... ¡Ah, si ahora me metieras el dedo en el culo!... ¡Sí, así! ¡Húndelo más!... ¡Me vuelves loca! Mi vientre está repleto de un néctar que pugna por salir, salir... Te devolveré más leche de la que tú me has dado a beber... Lo noto... Voy...Voy... ¡Oh, me corro! ¡Toma, gozo, me fundo! ¡Ah, toma, toma!
Gozaba sinceramente, pero por cuarta vez desde que se había despertado.Y para que no se notara que su voluntad física no llegaba a la abundancia de sus palabras, de pronto tomó en su boca en miembro del rey, como si sintiera la irresistible necesidad de hacerlo...
Hasta encontró valor para decir, en cuanto pudo abrir de nuevo los labios:
—¡Oh, qué bueno es! ¡Vuelvo a gozar! ¡Nunca imaginé que una virgen pudiera sentir esto cuando bebe leche de hombre mientras ella, a su vez, se corre!
Y para dar respuesta a todo, incluso al pensamiento, musitó al oído del rey:
—Puesto que lo sabes ya, voy a repetírtelo: me moría de ganas de ser enculada, pero cuando he goza- do..., entonces no he podido contener mi boca.




martes, 21 de agosto de 2012

Ricitos de Oro y los tres Barones (Cuento de Nancy Madore)

Coleccionar cuentos retorcidos es una de mis aficiones. Existen un par de libros de Nancy Madore que son una delicia, porque se proponen la meta de dar ideas eróticas para avivar la vida sexual de las lectoras.

Hay un cuento de Ricitos de Oro (personaje más bien antipático) que propone ideas asombrosas. Ricitos de Oro era reportera en una revista de chismes, y se mete en casa de tres barones solitarios que vivían su vida en solitario recato:


Ricitos de Oro puso la oreja en la puerta y esperó. Silencio. No había nadie. Mejor. Nada más entrar en la cabaña se encontró con los tres platos de sopa. Pero, sin saber que estaba demasiado caliente, y como no había tenido tiempo de desayunar, tomó una cuchara y la metió en uno de los platos…
—¡Ay, que me quemo! —exclamó, sacando un cuaderno para anotar esta contrariedad. Luego se acercó al segundo plato—. Ah, ésta está demasiado fría.
Después, metió la cuchara en el tercer plato.
—Ésta está perfecta.
Anotó algo más en su cuaderno y luego se tomó toda la sopa, sin pensar que no era suya.
Después de terminar su investigación en la cocina, Ricitos de Oro se aventuró hasta el salón. Allí encontró tres sillones. Se sentó en uno de ellos y prácticamente se levantó de un salto.
—¡Dios mío, qué duro!
En el siguiente:
—Éste es demasiado blando.
Y en el tercero:
—Ah, éste sí que es cómodo.
Pero el sillón era viejo y, con un crujido aterrador, se partió por la mitad, tirando a Ricitos de Oro al suelo, algo que ella anotó furiosamente en su cuaderno.
Después, siguió con su investigación entrando en un dormitorio en el que había tres camas.
—Ésta es demasiado dura —murmuró, tumbándose en la primera—. Y ésta, demasiado blanda.
Pero de nuevo, la tercera era perfecta. Tan cómoda era que cerró los ojos y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida.
Mientras Ricitos de Oro dormía plácidamente en la cama, los tres barones volvieron de su paseo por el bosque.
—Yo diría que alguien ha tocado mi sopa —comentó uno de ellos.
—Oh, cielos.
—Alguien se ha comido toda mi sopa —protestó el tercero—. ¡No ha dejado ni una gota!
Alarmados por tan singular evento, los barones inmediatamente empezaron a buscar al intruso. Y en cuanto entraron en el salón comprobaron que también había estado allí.
—Alguien se ha sentado en mi sillón —dijo el primero.
—Lo mismo digo —suspiró el segundo.
—¿Y mi sillón? —exclamó el tercero—. ¡Está destrozado!
Los tres fueron entonces al dormitorio.
—Alguien ha estado en mi cama —anunció el primero al ver que habían apartado las mantas.
—En la mía también.
—¡Y sigue estando en la mía! —exclamó el tercero, señalando a Ricitos de Oro.
El grito despertó a la joven metomentodo. Y puedes imaginar su sorpresa al abrir los ojos y encontrarse con los tres barones.
—¿Quién eres tú y por qué estás durmiendo en mi cama? —le preguntó uno de los hombres.
—Soy Ricitos de Oro —contestó ella. Pero, por supuesto, no tenía una buena explicación para estar donde estaba.
—Te has comido mi sopa y has roto mi sillón favorito —siguió el barón, mirándola de arriba abajo con desdén—. No te muevas mientras llamo a las autoridades.
—¡Oh, no! —gritó Ricitos de Oro—. No puedes hacer eso.
—¿Que no puedo? ¿Por qué no?
—Porque me han asignado que viniera aquí —mintió Ricitos de Oro, buscando una excusa cualquiera por miedo a una nueva demanda.
—¿Te han asignado? ¿Para quién trabajas? ¿Quién te ha dicho que vinieras a esta casa?
—Pues…
—¡Seguro que ha sido el conde Wallingford! —exclamó uno de los barones—. ¿No recordáis la broma que le gastamos el invierno pasado?
Todos miraron a Ricitos de Oro, sorprendidos. Y ella sonrió, fingiendo que habían acertado.
—Juró que nos devolvería el favor —murmuró el primero.
—Oh, qué idea tan escandalosa —exclamó el segundo. Pero lo decía con tal expresión de lasciva alegría que nadie podría creer que estuviese escandalizado.
—Desde luego —asintió el barón que había amenazado con llamar a las autoridades—. ¿Pero dónde puede haber encontrado a esta cualquiera?
—Oiga…
—Debemos preguntarle la próxima vez que lo veamos —rió su amigo.
Entonces, de repente, los tres se acercaron a Ricitos de Oro y empezaron a desabrocharle el vestido. Mientras lo hacían, hablaban los unos con los otros alegremente, sin prestarle mucha atención a la chica y haciendo observaciones bastante groseras sobre su ropa.
—¿De qué material estará hecho este trapo?
—No lo sé. Nunca había visto nada igual. Me recuerda a un saco de patatas.
—Desde luego —rió el tercero, disfrutando perversamente—. Casi espero que debajo aparezca un kilo de tubérculos.
—Ah, esto tengo que verlo —sonrió el primero, quitándole la ropa interior de un tirón—. Oh, qué material tan basto.
Sus amigos lanzaron exclamaciones de horror al ver los pololos de algodón, nada parecidos a la ropa interior de seda que ellos solían comprar.
Ricitos de Oro los miraba, atónita. Pero antes de entender lo que estaba pasando se encontró completamente desnuda delante de aquellos tres hombres. Luego empezaron a desnudarse ellos mismos, de forma completamente natural, doblando pantalones y camisas con cuidado para dejarlos sobre una silla. Por fin, el primer barón se tumbó en la cama con una ceja levantada.
—Bueno, ¿a qué esperas?
Los otros dos, mientras tanto, la empujaban hacia la cama. Atónita, Ricitos de Oro no era capaz de resistirse. Seguramente la misma curiosidad que la había llevado hasta la cabaña la empujaba a vivir aquel raro pero excitante episodio. Para los barones era una completa extraña que había sido enviada para procurarles entretenimiento. Nunca descubrirían su verdadera identidad, de modo que podía marcharse como si nada hubiera pasado pero con un nuevo conocimiento sobre ella misma y sobre el mundo, se dijo.
Nunca había tenido una oportunidad igual y, seguramente, no volvería a tenerla. Además, se sentía como si estuviera bajo una extraña influencia y no podía oponerse al deseo autoritario de los barones de celebrar aquella peculiar orgía.
Los dos barones guiaron a Ricitos de Oro hasta colocarla sentada encima del primer barón, pero ella lanzó una exclamación:
—¡Esto es demasiado duro!
—Eso se remediará enseguida.
Ricitos de Oro permitió que la colocasen tumbada sobre él y el barón no perdió un segundo. Inmediatamente se sintió embriagada por un intenso placer ya que, en esa posición, recibir su miembro erguido no resultaba tan molesto.
El segundo barón se colocó directamente delante de la cara de Ricitos de Oro y le ordenó que abriese la boca.
—Está demasiado blando —protestó ella… justo antes de que el lujurioso barón introdujese el miembro en su boca.
—Eso, también, será remediado enseguida.
Unos segundos después, se dio cuenta de que era cierto.
Ricitos de Oro miró al tercer barón, que estaba poniéndose una especie de lubricante.
«Oh», pensó. «Así será mejor». Pero reconsideró esta afirmación un segundo después porque el barón se había colocado detrás de ella y no le pareció inmediatamente «mejor» al sentir que la penetraba por detrás.
Así colocada, Ricitos de Oro se sentía como debía de sentirse una mariposa cuando el coleccionista separaba sus alas para exhibirla. Y aunque era cierto que los barones tenían tan poca consideración hacia ella como el coleccionista hacia la mariposa, al menos por el momento tenía toda su atención y el deseo que sentían por ella era evidente. En cuanto a ella misma, todos sus sentidos estaban alerta. Pero aplastada como estaba entre uno y otro, se sentía completamente inmovilizada y totalmente vulnerable.
Los barones la tocaban por todas partes mientras entraban y salían de ella, gruñendo de placer, decididos a disfrutar hasta el último momento. Con esto en mente, iban despacio y deprisa por turnos, utilizando su cuerpo como les venía en gana.
Mientras tanto, la excitación de Ricitos de Oro creía por segundos. Nunca se había sentido tan abrumada o tan desesperada. Gemía cuando los barones se volvían más exigentes, embistiéndola con una fuerza que la dejaba sin aliento. Pero luego volvían a hacerlo despacio, conteniéndose para prolongar la experiencia y, en esos intervalos, se dedicaban a tocar su cara, su pelo, sus pechos y nalgas. A menudo hacían comentarios sobre su apariencia física, notando la suavidad de su piel o la redondez de sus nalgas o el ansia de sus labios. Al oírlos, Ricitos de Oro se vio abrumada por un deseo loco y, de repente, se dio cuenta de que quería ser usada por ellos… aún con más desvergüenza.
De modo que separó más las piernas y arqueó la espalda, moviendo las caderas hacia atrás y obligándose a sí misma a recibir al tercer barón… por completo. La incomodidad que esto le causó se mezclaba con el placer. Alternativamente, empujaba hacia atrás para recibir al tercer barón o empujaba hacia delante para sentir al primero. Como no quería olvidarse del segundo barón, abrió más la boca y echó la cabeza hacia atrás para que pudiese meter el miembro hasta su garganta. Y, con cada embestida, sentía un inexplicable y profundo placer.
Todos sus esfuerzos eran comentados por los barones y sus comentarios, libidinosos, añadían leña al fuego que ardía en su interior.
A Ricitos de Oro le daba igual lo que pensaran de ella. Su cuerpo se movía sin parar buscando el placer que le daban con cada embestida. Los barones la miraban con admiración, maravillándose no sólo porque se entregase de esa forma, sino por su evidente deseo de ser usada de la manera más cruda por los tres.
Conteniendo el orgasmo repetidamente, los tres barones pensaban usar el cuerpo de Ricitos de Oro mientras ella se lo permitiera. El barón que tenía su boca la sujetaba por los rizos dorados, tirando de su pelo de un lado a otro, según la posición que le resultaba más apetecible. El barón que estaba debajo de ella sujetaba sus pechos con las dos manos, apretando fieramente sus pezones mientras ella temblaba sobre su cuerpo. Y el tercer barón azotaba sus nalgas brutalmente, como habría hecho con su caballo si no hiciese lo que le ordenaba.
Pero, por fin, los barones no podían retrasar su excitación por más tiempo y las embestidas se volvieron más urgentes, más duras. El crudo uso de su cuerpo envió a Ricitos de Oro hasta el precipicio y gritó de placer cuando su cuerpo encontró el glorioso alivio. Eso fue el fin y los barones perdieron el control, llenando su cuerpo a rebosar.
......
De modo que la pobre Ricitos de Oro no aprendió nada de la experiencia y, sin duda, seguirá entrando en casas ajenas.
Fragmento del libro "Cuentos para el placer", de Nancy Madore.