domingo, 19 de agosto de 2012

Orgía perversa vs Orgía Siniestra (Parte 2: Orgía Siniestra)

Justine es la obra mas conocida y vilipendiada del Marqués de Sade; una de las escenas más escandalosas es cuando un grupo de monjes la secuestra para esconderla en un serrallo secreto en donde la violarán repetidamente hasta que ella puede escapar, sólo para caer con alguien peor.


Inmediatamente forman un círculo, me sitúan en el centro, y allí, durante más de dos horas, soy examinada, valorada, manoseada por los cuatro frailes, recibiendo sucesivamente de cada uno de ellos elogios o críticas.
––Me permitiréis, señora, ––dijo sonrojándose nuestra bella prisionera––, ocultaros una parte de los detalles obscenos de la odiosa ceremonia. Que vuestra imaginación suponga todo lo que el desenfreno puede dictar en tal caso a unos malvados; que los vea pasar sucesivamente de mis compañeras a mí, comparar, relacionar, confrontar, discurrir, y sólo obtendrá verosímilmente una débil imagen de lo que realizaron en estas primeras orgías, muy suaves, sin duda, en comparación con todos los horrores que no tardaría en experimentar.
––Vamos ––dice Severino cuyos deseos prodigiosamente exaltados ya no pueden contenerse, y que en este horrible estado parece un tigre dispuesto a devorar a su víctima––, que cada uno de nosotros la someta a su placer favorito.
Y el infame, colocándose en un canapé en la actitud propicia para sus execrables proyectos, haciéndome sostener por dos de sus frailes, intenta solazarse conmigo de aquella manera criminal y perversa que sólo nos hace semejarnos al sexo que no poseemos degradando el propio. Pero, o ese impúdico está demasiado vigorosamente dotado, o la naturaleza se rebela en mí ante la mera sospecha de esos placeres: no consigue vencer los obstáculos; tan pronto como se presenta, es inmediatamente rechazado... Abre, empuja, desgarra, todos sus esfuerzos son inútiles; el furor de ese monstruo se dirige contra el altar que sus deseos no pueden alcanzar; lo golpea, lo pellizca, lo muerde. Nuevas posibilidades nacen del seno de tales brutalidades; las carnes reblandecidas ceden, el sendero se entreabre, el ariete penetra. Yo lanzo unos gritos espantosos. La masa entera no tarda en ser engullida, y la culebra, arrojando inmediatamente un veneno que le arrebata las fuerzas, cede finalmente, llorando de rabia, a los movimientos que yo hago para soltarme. En toda mi vida no había sufrido tanto.
Se adelanta Clément; está armado con varas; sus pérfidas intenciones estallan en sus ojos:
––Me toca a mí ––le dice a Severino––, me toca a mí vengaros, padre mío; me toca a mí corregir a esta pécora por resistirse a vuestros placeres.
No necesita que nadie me sostenga; uno de sus brazos me rodea y me aprieta contra una de sus rodillas, de manera que, presionando mi vientre, pone mas al descubierto lo que servirá a sus caprichos. Al principio tantea sus golpes, parece que sólo tenga la intención de prepararse; pronto, inflamado de lujuria, el depravado golpea con todas sus fuerzas: nada queda a salvo de su ferocidad; de la mitad de las caderas hasta las pantorrillas, todo es recorrido por el traidor; atreviéndose a mezclar el amor con esos crueles momentos, su boca se pega a la mía y quiere absorber los suspiros que los dolores me arrancan... Mis lágrimas corren, las devora, sucesivamente besa y amenaza, pero sigue golpeando; mientras actúa, una delas mujeres le excita; arrodillada delante de él, lo trabaja diferentemente con cada una de sus manos, y cuanto más lo consigue, con más violencia me llegan sus golpes. Estoy a punto de ser desgarrada cuando nada anuncia todavía el final de mis males: de nada sirve que se prodigue por todas partes. El final que yo espero sólo dependerá de su delirio. Una nueva crueldad lo determina: mi pecho está a la merced de ese hombre brutal, le excita, hunde en él sus dientes, el antropófago lo muerde: este exceso provoca la crisis, el incienso se escapa. Unos gritos espantosos y unas terribles blasfemias han señalado su arrebato, y el fatigado monje me abandona a Jérôme.
No seré más peligroso para tu virtud que Clément ––me dice el libertino acariciando el altar ensangrentado donde acaba de sacrificar el otro fraile––, pero quiero besar esos surcos; si yo también soy capaz de entreabrirlos, les debo algún honor. Quiero aún más ––prosigue; hundiendo uno de sus dedos en el lugar donde se había metido Severino––, quiero que la gallina ponga, y quiero devorar su huevo... ¿Está ahí?... ¡Sí, pardiez!... ¡Oh, hija mía, qué delicado es!...
Su boca sustituye los dedos... Me explican lo que tengo que hacer, lo hago con asco. En la situación en que me encuentro, ¡ay de mí, no me está permitido negarme! El indigno está contento... traga, y después, haciéndome arrodillar delante de él, se pega a mí en esa posición; su ignominiosa pasión se satisface en un lugar que me impide cualquier protesta. Mientras actúa así, la mujer gorda lo azota, y otra, situada a la altura de su boca, cumple el mismo deber al que yo he acabado de ser sometida.
No basta ––dice el infame––, quiero que cada una de mis manos... siempre nos quedamos cortos...
Las dos jóvenes más bonitas se acercan, obedecen: estos son los excesos a que la saciedad ha conducido a Jérôme. En cualquier caso, las impurezas le llenan de felicidad, y mi boca, al cabo de media hora, recibe finalmente, con una repugnancia que os será fácil adivinar, el asqueroso homenaje de aquel hombre depravado.
Aparece Antonin.
––Vamos a ver ––dice–– esta virtud tan pura; estropeada por un solo asalto, ya no debe notarse.
Sus armas están en ristre, se serviría gustosamente de los procedimientos de Clément. Ya os he dicho quela fustigación activa le gusta tanto como al otro monje, pero como está apresurado le parece suficiente el estado en que me ha dejado su compañero. Me examina, disfruta, y dejándome en la postura que todos ellos prefieren, manosea un instante las dos medias lunas que impiden la entrada. Zarandea furiosamente los pórticos del templo, no tarda en llegar al santuario: el asalto, aunque tan violento como el de Severino, realizado en un sendero menos estrecho, no es sin embargo tan rudo de soportar. El vigoroso atleta coge mis dos caderas, y supliendo los movimientos que yo no puedo hacer me sacude contra su cuerpo con vigor; diríase, por los esfuerzos redoblados de ese Hércules, que, no contento con ser dueño de la plaza, quiere reducirla a polvo. Unos ataques tan terribles, y tan nuevos para mí, me hacen sucumbir; pero, sin inquietarse por mis penas, el cruel vencedor sólo piensa en aumentar sus placeres; todo le circunda, todo le excita, todo contribuye a sus voluptuosidades. Frente a él, subida a mis caderas, la joven de quince años, con las piernas abiertas, ofrece a su boca el mismo altar en el que realiza su sacrificio conmigo, sorbe gustosamente el precioso jugo de la naturaleza cuya emisión acaba ésta de conceder a la chiquilla. Una delas viejas, arrodillada delante de las caderas de mi vencedor, las mueve, y avivando sus deseos con su lengua impura, consigue su éxtasis, mientras que para calentarse aún más el libertino excita a una mujer con cada una de sus manos. No hay uno de sus sentidos que no sea provocado, ni uno que no contribuya ala perfección de su delirio; lo alcanza, pero mi constante horror por todas sus infamias me impide compartirlo...
Lo consigue solo, sus gestos, sus gritos, todo lo anuncia, y me siento inundada, a pesar mío, por las pruebas de una llama que sólo contribuyo a encender en una sexta parte. Me desplomo finalmente sobre el trono donde acabo de ser inmolada, sintiendo únicamente mi existencia a través del dolor y de las lágrimas... de la desesperación y de los remordimientos...
Entonces el padre Severino ordena a las mujeres que me den de comer, pero muy lejos de prestarme a estas atenciones, un acceso de furiosa pena asalta mi alma. Yo, que ponía toda mi gloria, toda mi felicidad, en mi virtud, yo, que me consolaba de todos los males de la fortuna, con tal de ser siempre decente, no puedo soportar la horrible idea de verme tan cruelmente mancillada por aquellos de quienes debía esperar el máximo socorro y consuelo: mis lágrimas manan en abundancia y mis gritos hacen resonar la bóveda. Ruedo por los suelos, me golpeo los pechos, me meso los cabellos, invoco a mis verdugos, y les suplico que me den muerte... ¿Creeréis, señora, que tan espantoso espectáculo sólo consigue excitarlos más?
––¡Ah! ––dice Severino––, nunca he disfrutado de una escena más hermosa. Ved, amigos míos, en qué estado me pone; es increíble lo que consiguen de mí los dolores femeninos.
––Sigamos con ella ––dice Clément––, y para enseñarle a gritar de este modo que, en este segundo asalto, la bribona sea tratada con mayor crueldad.
Dicho y hecho; Severino toma la iniciativa pero, por mucho que dijera, sus deseos necesitaban un grado de excitación superior, y, sólo después de haber utilizado los crueles medios de Clément, consiguió reunirlas fuerzas necesarias para la realización de su nuevo crimen. ¡Qué exceso de ferocidad, Dios mío! ¡Cómo era posible que esos monstruos la llevaran al punto de elegir el instante de una crisis de dolor moral por la violencia que sentía para hacerme sufrir otro dolor físico tan bárbaro!
––Sería injusto que no utilizara como principal con esta novicia lo que tanto nos sirve como accesorio ––dice Clément comenzando a actuar––, y os aseguro que no la trataré mejor que vosotros.
––Un momento ––dice Antonin al superior al que veía a punto de cogerme de nuevo––; mientras vuestro celo va a exhalarse en las partes traseras de esta hermosa joven, me parece que yo puedo incensar al Dios opuesto; la pondremos entre los dos.
Me colocan de tal manera que todavía puedo ofrecer la boca a Jérôme; se lo exigen. Clément se coloca en mis manos; me veo obligada a masturbarlo. Todas las sacerdotisas rodean el espantoso grupo. Cada una de ellas presta a los actores lo que sabe que más debe enardecerlo. Sin embargo, yo soporto todo; el peso entero recae exclusivamente sobre mí. Severino da la señal, los tres restantes no tardan en seguirle, y ya me tenéis, por segunda vez, indignamente mancillada por las pruebas de la repugnante lujuria de unos indignos bribones.


jueves, 16 de agosto de 2012

Orgía perversa vs Orgía Siniestra (Parte 1: Orgía Perversa)

Existe una escena orgiástica memorable en "Memorias de una Pulga", el clásico Victoriano de 1881 por excelencia. Una jovencita es iniciada en el sexo perverso por un grupo de frailes degenerados.
¿Porqué merece una mención aquí?, además de que la escena es divertida, porque parece ser que está basada en una escena muy similar de un libro anterior:

La muchacha succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez, haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus húmedos labios. Sus lindas manos se cerraban alrededor del largo y voluminoso dardo, y lo agarraban en un trémulo abrazo, mientras ella contemplaba cómo el monstruoso pene se endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de sus toques.
No tardó Clemente ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la garganta de la muchacha.
Bella retiró la piel del dardo para facilitar la emisión del chorro basta la última gota.
El fluido de Clemente era tan espeso y cálido como abundante. y chorro tras chorro derramó todo el líquido en la boca de ella.
Bella se lo tragó todo.
—He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hija mía —dijo el Superior cuando, a continuación, Bella aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
—Hallarás en ella mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Venus son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente.
—Me someteré a todas las pruebas, padrecito —replicó la muchacha—. Ahora ya tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy una de las elegidas para aliviar los deseos de los buenos padres.
—Así es, bija mía, y recibes por anticipado la bendición del cielo citando obedeces nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó a la muchacha entre sus robustos brazos y la llevó una vez más al cofre acojinado, colocándola de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y hermosas nalgas a los tres santos varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su tieso miembro hacia el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Bella, y empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, de manera novedosa y antinatural.
—¡Oh, Dios! —gritó Bella—. No es ése el camino. Las-....... ¡Por favor...! ¡Oh, por favor...! ¡Ah...! ¡Tened piedad! ¡Ob, compadeceos de mí! . . . ¡Madre santa! . . . ¡Me muero!
Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del Superior, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz. Bella sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
Pasando su fuerte brazo en torno a sus caderas, se apretó Contra su dorso, y comenzó a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de ella como le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del henchido miembro y, Bella, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo.
Los otros dos sacerdotes vejan aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una lenta masturbación.
El Superior, enloquecido de placer por la estrechez de aquella nueva y deliciosa vaina, accionó en torno a las nalgas de Bella hasta que, con una embestida final, llenó sus entrañas con una cálida descarga. Después, al tiempo que extraía del cuerpo de ella, su miembro, todavía erecto y vaporizante, declaró que había abierto una nueva ruta para el placer, y recomendó al padre Ambrosio que la aprovechara.
Ambrosio, cuyos sentimientos en aquellos momentos deben ser mejor imaginados que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
—De acuerdo —grité—. Me introduciré por el templo de Sodoma, mientras tú llenarás con tu robusto centinela el de Venus.
—Di mejor que con placer legítimo —repuso el Superior con una mueca sarcástica—. Sea como dices. Me placerá disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura
Bella yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerta que viva como consecuencia del brutal ataque que acababa de sufrir. Ni una sola gota del semen que con tanta abundancia había sido derramado en su oscuro nicho había salido del mismo, pero por debajo su raja destilaba todavía la mezcla de las emisiones de ambos sacerdotes.
Ambrosio la sujetó. Colocada a través de los muslos del Superior, Bella se encontró con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su colorada vulva. Lentamente lo guió hacia su interior, hundiéndose sobre él. Al fin entró totalmente, basta la raíz.
Pero en ese momento el vigoroso Superior pasó sus brazos en torno a su cintura, para atraerla sobre sí y dejar sus amplias y deliciosas nalgas frente al ansioso miembro de Ambrosio, que se encaminó directamente hacía la ya bien humedecida abertura entre las dos lomas.
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo Ambrosio se sintió enterrado dentro de las entrañas de su víctima.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal. Retardó lo más posible su desahogo. y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que el Superior embestía a Bella por delante.
De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Superior llegó al final, y Bella sintió su sexo rápidamente invadido por la leche.
No pudo resistir más y se vino abundantemente, mezclándose su derrame con los de sus asaltantes.
Ambrosio, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo a la linda muchacha fuertemente empalada.
Clemente no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Superior se hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Bella para conseguir casi enseguida penetrar en su interior, ahora liberalmente bañado de viscosos residuos.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Bella encontró la manera de recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados. Bella sentía como que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Ambrosio estaba insertado en su conducto posterior hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de Clemente echaba espuma de nuevo en el interior de su vagina.
La joven era sostenida por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y sustentada por la presión, ora del (rente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con que los sacerdotes introducían sus excitados miembros por sus respectivos orificios.
Cuando Bella estaba a punto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a punto de descargar, y unos momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en viscosos chorros.
—¡Ah...! ¡Me vengo! —gritó Clemente, y diciendo esto inundó el interior de Bella, con gran deleite de parte de ésta.
—¡A mí también me llega! —gritó Ambrosio, alojando más adentro su poderoso miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Bella.
Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior del de Bella, a la que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de goces.
Extracto de "Memorias de una pulga", anónimo del siglo 19

No es difícil saber de dónde fue tomada la escena. Se suavizó y se puso énfasis en el placer, pero la escena es igual a la de una obra anterior.

martes, 14 de agosto de 2012

¿Cómo murió Justine?

En el libro del Marqués de Sade "Los Infortunios de la virtud", Justine, después de una vida dedicada a la virtud donde sufre todo lo imaginable, encuentra al fin la felicidad y la paz, halla a su hermana Juliette y la redime de sus vicios y sus delitos.......sólo para morir un momento después de una manera que parece un castigo divino (un chiste del Marqués).


Brilla el relámpago, cae el granizo, soplan con impetuosidad los vientos, se dejan oír espantosos truenos. La señora de Lorsange (Juliette), que tiene un miedo horroroso de la tormenta, suplica a su hermana que lo cierre todo lo más rápidamente que pueda; el señor de Corville regresaba en aquel momento; Justine, con prisa por tranquilizar a su hermana, vuela a una ventana, quiere luchar un momento con el viento que la rechaza, y de pronto un rayo la tumba enmedio del salón y la deja sin vida sobre el suelo.
La señora de Lorsange lanza un grito lamentable... se desvanece; el señor de Corville pide socorro, se reparten los cuidados, llevan a la señora de Lorsange a la luz, pero la desgraciada Justine había sido herida de modo que ni siquiera la esperanza podía subsistir. El rayo había entrado por el seno derecho, había quemado el pecho y había vuelto a salir por la boca desfigurando de tal modo su rostro que mirarla daba horror. El señor de Corville quiso que se la llevaran inmediatamente. La señora de Lorsange se levanta con un aire de mayor tranquilidad, y se opone a ello.
– No, dice a su amante, no, dejadla un momento ante mis ojos, necesito contemplarla.....

Y Juliette se hace una persona piadosa.

Sin embargo, en el libro "Juliette o las prosperidades del vicio", la versión es muy distinta:

Así fue como Mme. de Lorsange acabó el relato de sus aventuras, cuyos escandalosos detalles habían arrancado más de una vez lágrimas amargas a la interesante Justine. No pasaba lo mismo con el caballero y el marqués: los excitados pitos que sacaron probaron la diferencia de sentimientos que los había animado. Se maquinaba ya algún horror cuando se oyó que volvían al castillo Noirceuil y Chabert, que, como se recuerda, habían estado pasando unos días en el campo, mientras la condesa ponía a sus otros dos amigos al corriente de hechos que aquellos sabían desde hacía mucho tiempo.
Las lágrimas que inundaban las hermosas mejillas de nuestra desgraciada Justine, su aire interesante... abatido por tantas desgracias... su natural timidez, esta atrayente virtud extendida por cada una de sus facciones, todo irritó a Noirceuil y a Chabert, que quisieron someter a esta infortunada a sus sucios y feroces caprichos. Fueron a encerrarse con ella mientras que el marqués, el caballero y Mme. de Lorsange se entregaban a otras voluptuosidades igualmente extravagantes con los numerosos objetos de lujuria instalados en el castillo.
Eran alrededor de las seis de la tarde cuando volvieron y se reunieron todos; entonces se deliberó sobre la suerte de Justine; y ante el rechazo formal de Mme. de Lorsange a conservar en su casa a una mojigata semejante, ya sólo se trató de decidir si esta desgraciada criatura sería echada o inmolada en alguna orgía. El marqués, Chabert y el caballero, más que hartos de esta criatura, eran los tres de esta última opinión, cuando Noirceuil pidió ser escuchado.
–Amigos míos –dice a la feliz reunión–, con frecuencia he visto que en aventuras semejantes era extremadamente instructivo tentar la suerte. Se está formando una horrible tormenta; entreguemos esta criatura al rayo; me convierto si la respeta.
–¡Maravilloso! –exclamó todo el mundo.
–Es una idea que me gusta con locura –dice Mme. de Lorsange–, no dudemos en ponerla en práctica.
Brilla el relámpago, silba el viento, el fuego del cielo agita las nubes; las mueve de una forma horrible... Se hubiese dicho que la naturaleza, aburrida de sus obras, estuviese dispuesta a confundir todos los elementos para obligarlos a formas nuevas. Se pone a Justine en la calle, no solamente sin darle un céntimo sino incluso quitándole lo poco que le quedaba. La desgraciada, confusa, humillada ante tanta ingratitud y tantos horrores, demasiado contenta por escapar quizás a mayores infamias, llega dando gracias a Dios al camino real que bordea la avenida del castillo... Apenas ha llegado cuando un rayo la tira al suelo, atravesándola de parte a parte.
–¡Está muerta! –exclaman en el colmo de su alegría los criminales que la seguían– ¡Acudid! ¡Acudid! ¡Señora!, venid a contemplar la obra del cielo, venid a ver cómo recompensa a la virtud: ¿merece pues la pena amarla cuando aquellos que mejor la sirven se convierten tan cruelmente en víctimas de la suerte?
Nuestros cuatro libertinos rodean el cadáver; y aunque estuviese totalmente desfigurado, todavía conciben terribles deseos sobre los sangrientos restos de esta infortunada. Le quitan los vestidos; la infame Juliette los excita. El rayo había entrado por la boca y había salido por la vagina: se hacen terribles bromas sobre los dos caminos recorridos por el fuego del cielo.
–¡Cuánta razón hay en elogiar a Dios! –dice Noirceuil–; ved cuán decente es: ha respetado el culo. ¡Es todavía hermoso, ese sublime trasero que tanto semen hizo correr! ¿Es que no te tienta, Chabert?
Y el malvado abad responde introduciéndose hasta los cojones en esa masa inanimada. Pronto se sigue el ejemplo; los cuatro, uno tras otro, insultan las cenizas de esa querida muchacha; se retiran, la dejan y le niegan hasta los últimos deberes.

Como chiste, me gusta más la versión de Justine, la de Juliette es 100% porno-Gore

lunes, 13 de agosto de 2012

Homofobia. ¿Homofobia?

Seguimos con "el mes de la cochinada" después de unos días de cochinadas menos blogueras.

John Cleland escribe entre 1748 y 1749 "Fanny Hill: Memorias de una mujer de placer" sobre un tema que ha sido repetido hasta el hartazgo en subsecuentes novelas eróticas.

 A Cleland nunca se le conocieron  parejas, ni hombres ni mujeres. No por ello pienso en una posible homosexualidad, sino por un fragmento de su libro en donde critica ese delito, pero que lo describe en gran detalle, lo cual me indica que no parecía desagradarle tanto como decía:



Yo observé que no podía concebir cómo era posible que los hombres tuvieran un gusto universalmente considerado odioso y que además era absurdo e imposible de gratificar ya que, según mis ideas y la experiencia que tenía de las cosas, la naturaleza no podía forzar una desproporción tan grande. La señora Cole se limitó a sonreír ante mi ignorancia y no dijo nada para desengañarme, cosa que sucedió ante una demostración ocular que me proporcionó un singular accidente pocos meses después, y que os relataré aquí para no tener que volver sobre un asunto tan desagradable.
Con el plan de visitar a Harriet, que había alquilado una casa en Hampton-court, había contratado una carroza para ir hasta allí. La señora Cole había prometido acompañarme, pero algún negocio impostergable intervino para retenerla y tuve que partir sola; apenas había recorrido un tercio del camino cuando el eje de las ruedas se rompió y yo me consideré afortunada cuando entré, sana y salva, en una posada de bastante buena apariencia que había allí. Allí me dijeron que la silla de postas llegaría dentro de dos horas, como máximo y yo decidí que era mejor aguardarla que desistir de mi excursión, de modo que fui conducida por dos tramos de escaleras hasta una habitación muy limpia y decente de la que tomé posesión por el tiempo que debía esperar, con derecho a pedir todo lo necesario para hacer justicia a la posada.
Allí, mientras me entretenía mirando por la ventana, llegó una silla de posta tirada por un solo caballo, de la que saltaron ágilmente dos jóvenes caballeros, porque eso parecían, que entraron como si sólo desearan comer algo y refrescarse un poco, ya que dieron orden de que su caballo se mantuviera listo para proseguir viaje. Después escuché el ruido de la puerta de la habitación vecina, donde los hicieron entrar y dieron unas apresuradas órdenes; en cuanto fueron servidos oí que cerraban la puerta y echaban el cerrojo por dentro.
Un espíritu de curiosidad, nada súbito por demasiado frecuente, me impulsó, sin sentir ninguna sospecha especial, a observar cómo eran sus personas y conducta. La separación de nuestras habitaciones era un tabique de esos que se retiran ocasionalmente para hacer de las dos habitaciones una, cuando lo requieren los huéspedes; ahora mi cuidadosa búsqueda no me proporcionó ni la sombra de una mirilla, circunstancia que probablemente no había escapado al examen de los sujetos del otro lado, a quienes mucho les interesaba no errar en ello. Finalmente observé un parche de papel, del mismo color del friso que, según supuse, escondía alguna falla; estaba tan alto que me vi obligada a subirme en una silla para alcanzarlo, cosa que hice en el mayor silencio posible; con la punta de un alfiler lo atravesé, obteniendo suficiente espacio para espiar. Y ahora, acercando el ojo, dominé perfectamente la habitación y pude ver a mis dos jóvenes galanes retozando y empujándose en lo que consideré travesuras y juegos inocentes.
El mayor podía tener, según supongo, unos diecinueve años; era un muchacho alto y agraciado que llevaba una levita de fustán, una capa verde de terciopelo y una peluca rizada.
El más joven no podía tener más de diecisiete, era rubio, saludable, bien formado y, para decir la verdad, un mozuelo guapo y dulce. Era —supongo— un campesino, a juzgar por sus ropas que consistían en una chaqueta de felpa verde y calzones iguales, chaleco y medias blancas; una gorra de chalán cubría sus cabellos rubios, largos, rizados y sueltos.
Después vi que el mayor echaba una mirada de inspección a todo el rededor de la habitación, aunque probablemente estaba demasiado apurado e inflamado para no haber pasado por alto el pequeño agujero en que yo estaba apostada, especialmente porque era muy alto y mi ojo, muy próximo a él impedía que pasara la luz, traicionando mi presencia; entonces dijo algo a su compañero que modificó rápidamente el aspecto de las cosas.
Porque ahora el mayor comenzó a abrazar y besar al más joven, a poner sus manos en su pecho y a dar señales tan evidentes de sus intenciones amorosas que me hicieron concluir que el otro era una mujer disfrazada; un error en el que coincidí con la naturaleza que, ciertamente, había errado otorgándole el sexo masculino.
Entonces, con la impulsividad de sus años y decididos como estaban a cumplir sus proyectos de descabellado placer, arriesgándose a las peores consecuencias, ya que no era nada improbable que fueran descubiertos, llegaron a extremos tales que pronto supe quiénes eran.
Finalmente, el mayor desabotonó los calzones del otro y retirando la barrera de lino puso a la vista una vara blanca, de tamaño medio y apenas madura; después de palparla y jugar un poco con ella y otros coqueteos —todo lo cual era recibido por el chico sin más oposición que una cierta timidez vacilante, diez veces más agradable que repulsiva— hizo que se volviera, dando la cara a una silla que estaba allí; este Ganímedes que, supongo, conocía su oficio, inclinó obsequiosamente su cabeza contra el respaldo y proyectando su cuerpo hacia atrás ofreció un buen blanco, aún cubierto por la camisa; yo lo veía de lado pero su compañero de frente. Este desenmascaró su artillería y exhibió una macana muy adecuada para convencerme de que era imposible que las cosas se llevaran a extremos tan odiosos, a causa de la desproporción de las partes; empero iba a ser curada de mi incredulidad, incredulidad de la que todos los jóvenes deberían curarse por intermedio mío para que su inocencia no sea atrapada en una celada semejante, por más de desconocer la importancia del peligro. Nada es más cierto que la ignorancia de un vicio no nos preserva de él.
Entonces, haciendo a un lado la camisa del chico y sujetándola debajo de sus ropas, puso a la vista esas eminencias carnosas y globulares que componen los montes del placer d e Roma, y que ahora, con el angosto valle que los separa estaban en exhibición y expuestos a su ataque; no pude contemplar las disposiciones que tomó sin estremecerme. Primero, humedeciendo bien con saliva su instrumento, obviamente para ayudarlo a deslizarse, y luego apuntándolo y embutiéndolo, como pude discernir claramente, no sólo por la dirección y porque lo perdí de vista sino por los retorcimientos, las contorsiones y las quejas suavemente murmuradas del sufriente joven. Finalmente, cuando los primeros estrechos de la entrada fueron atravesados todo pareció moverse y funcionar con mucha normalidad, como en un sendero alfombrado, sin roces ni barreras; ahora, pasando un brazo alrededor de las caderas de su querido, se apoderó de su juguete de marfil coronado de rojo que estaba perfectamente rígido y mostraba que aunque por detrás fuera como su madre, por delante era como su padre; así se entretuvo mientras con la otra mano jugueteaba con sus cabellos e, inclinándose hacia adelante cogió su cara, de la que el chico sacudió los rizos que la cubrían a causa de su postura, y acercándola a la suya recibió un largo beso. Después renovó sus impulsos y, continuando el castigo de su trasero, alcanzó la culminación del acceso con los síntomas habituales, dando por terminada la acción.
Tuve la paciencia de contemplar hasta el fin esta criminal escena simplemente para poder reunir más hechos y certezas contra ellos, en mi deseo de hacer justicia con estos desertores; por tanto, cuando recompusieron sus ropas y se prepararon para marcharse, ardiendo como estaba por la rabia y la indignación, salté de la silla con ánimo de alborotar a toda la casa en contra de ellos; lo hice con tanta impetuosidad y mala suerte que algún clavo o aspereza del suelo enganchó mi pie y me hizo caer de cara, con tanta violencia que quedé sin sentido y debo haber quedado allí bastante tiempo ya que nadie acudió a ayudarme. Ellos, alarmados, supongo, por el ruido de mi caída tuvieron más tiempo del necesario para retirarse sin riesgos. Lo hicieron, según me enteré, con una precipitación que nadie comprendió hasta que volví en mí y lo suficientemente compuesta para poder hablar, enteré a los de la casa de la transacción de que había sido testigo.
Cuando volví a casa y narré mi aventura a la señora Cole ella me dijo, con mucha sensatez, que no había duda de que tarde o temprano, el castigo alcanzaría a esos malvados, aunque por ahora escaparan de él y que si yo hubiese sido el instrumento momentáneo de ese castigo, hubiese sufrido mucho más angustia y confusión de lo que imaginaba. En cuanto a la cosa en si misma, cuanto menos se hablara, mejor, pero que aunque ella podía ser sospechosa de parcialidad por hacer causa común con todas las mujeres, de cuyas bocas esta práctica quitaba algo más que el pan, no podía ser acusada de pasión haciendo una declaración que surgía del amor a la verdad, a saber, que fuesen los que fuesen los efectos de esta infame pasión en otros tiempos y otros países, parecía existir una particular bendición en nuestro aire y nuestro clima, porque la marca de la plaga está visiblemente impresa en quienes están corrompidos por ella, al menos en esta nación, ya que entre todos los de esa calaña que había conocido, o por lo menos, de las que eran universalmente sospechosos de escándalo, no podía nombrar ni a uno cuyo carácter no fuera en todos los otros aspectos indigno y despreciable y desprovisto de todas las virtudes varoniles de su propio sexo, y llenos sólo de los peores vicios y locuras del nuestro; que in fine, eran apenas menos execrables que ridículos en su monstruosa inconsistencia de despreciar y condenar a las mujeres y, al mismo tiempo, imitar sus modales, sus aires, sus gestos y su volubilidad y, en general, todas sus afectaciones que, por lo menos, las favorecían más que a esas señoritas-macho sin sexo.
Fragmento (suprimido en muchas ediciones) de Fanny Hill, de John Cleland


miércoles, 8 de agosto de 2012

Orgía Diabólica

Diabolico foutro meine, de Archille Deveria
Sólo porque lo piden, es la única orgía con diablos que recuerdo, todos los diablos parecen actuar por su propia cuenta ....... pero busco en el estante:


Vi después una orgía, una bacanal del infierno. Era una caverna profunda y tenebrosa, alumbrada por pestilentes teas, cuyos resplandores rojizos, verdosos y azulados, caían sobre cien diablos
espantosos, de formas de macho cabrío y de actitudes grotescamente lúbricas.
Unos, lanzándose desde la cuerda de un columpio, soberbiamente armados, caían sobre una mujer, la penetraban con su dardo y le causaban la horrible convulsión de un goce repentino. Otros, más retozones, echaban boca abajo a una vieja beata y, riendo locamente, a martillazos le hundían entre las nalgas un nervudo príapo. Y aún había algunos que, mecha en mano, ponían fuego a un cañón, del que
salía un miembro espantoso, que recibía impertérrita, con los muslos abiertos, una frenética diablesa.
Los más traviesos de la tropa ataban por las manos y los pies a una furiosa mesalina, y ante ella se entregaban a todas las lascivias, a los placeres más desenfrenados. La desdichada se retorcía jadeante, echando espumarajos por la boca, ávida de un placer que no podía alcanzar.
Aquí y allá, mil menudos diablillos, feos, saltarines, trepadores, iban, venían, chupaban, pellizcaban, mordían, bailaban, daban vueltas en corro. Todo eran risas, carcajadas, gritos, suspiros, desmayos, frenesíes de lujuria.
En un lugar más elevado, los diablos de mayor categoría entretenían jovialmente en parodiar los misterios de nuestra santa religión.
Una monja desnuda, arrodillada, con la mirada dulcemente perdida como en éxtasis, recibía con mística unción la blanca hostia que le ofrecía en la punta de su tremendo hisopo un gran diablo con báculo y con mitra episcopal caída sobre una oreja. Más allá, una diableja recibía a oleadas en la cabeza el
bautismo de la vida, en tanto que otra, haciéndose la moribunda, era despachada con una horrenda profusión de santo viático.
Un señor diablo, llevado majestuosamente en andas, balanceaba orgulloso el enérgico signo de su goce eróticosatánico, y de vez en vez esparcía a chorros el licor bendito. Todos se prosternaban a su paso. ¡Era la procesión del Santo Sacramento!
Pero, de pronto, suena una campanada, y al instante se juntan los diablos, se agarran por las manos formando un corro inmenso y empiezan a girar vertiginosamente. Sucumben los más débiles en el furioso galopar de aquél desenfrenado torbellino. Su caída da en tierra con los otros; es una horrible confusión, una atroz mescolanza de grotescos enlaces y apareamientos monstruosos; un caos inmundo de rendidos cuerpos, manchados de lujuria, que al fin viene a ocultar el velo de una fétida humareda.


Enseguida..........¿se imaginan un homosexual homofóbico?.....hay uno muy famoso.

Orgía Anal


El mes de la cochinada no se llama así por tener fragmentos de sexo normal, sino por aquellos fragmentos de libros que más dañaron mi normalidad conservadora:

Podría contar muchas anécdotas relacionadas con el uso que durante años hice del esfínter, tan regularmente, si no más, en ocasiones, como de mi vagina. En un apartamento precioso, situado detrás de los Invalides, durante una orgía entre pocas personas, en una habitación en un altillo, cuyo largo ventanal sin canapé y las numerosas lámparas que alumbran a ras de la cama me recuerdan un decorado de película norteamericana, absorbo por esa vía la estaca de un gigante. A causa de una gigantesca mano abierta de resina ahumada que hay en el salón a modo de mesa baja, y donde una mujer puede tenderse fácilmente, el lugar en sí posee un carácter desmesurado e irreal. Temo el sexo del gato gordo de Cheshire cuando comprendo por qué conducto intenta penetrar, pero lo consigue sin forzar demasiado y yo me quedo asombrada, y casi me enorgullezco, al comprobar que el tamaño no constituye un obstáculo. Tampoco lo es el número. ¿Por qué razón —¿periodo de ovulación?, ¿blenorrea?— en una fiesta en la que, por el contrario, había mucha gente, me dio por follar sólo por el culo? Vuelvo a verme en la rue Quincampoix, dubitativa al pie de una escalera muy estrecha, antes de decidirme a subir. Claude y yo
hemos obtenido la dirección casi por casualidad. No conocemos a nadie. El apartamento tiene techos bajos y es oscurísimo. Oigo a los hombres que están cerca de mí cuchichearse el mensaje: «Quiere que la enculen», o prevenir a alguien que se orienta mal: «No, sólo deja que se la metan por detrás». Aquella vez, al final, me dolió. Pero tuve también la satisfacción completamente personal de no haberme sentido impedida.

martes, 7 de agosto de 2012

Volviendo de la pesadilla, volviendo del paraíso.

Dos meses en el proyecto más loco que en el que me ha tocado participar. Entregado y en marcha.

Después una semana de vacaciones en un lugar increíblemente hermoso, playas, selvas y mujeres jóvenes a quienes les gusta les veas el cuerpo.

Siento cómo el cochambre vuelve a pegarse a mi mente. Los literotismos están de vuelta.

Como mi cumpleaños en en Agosto, declaro desde ya "mes de la cochinada", voy a buscarles los ejemplos más locos y bizarros de la cochinada erótica literaria y se los voy a plasmar aquí. Mientras sigo trabajando en algunos literotismos que estoy preparando, especialmente en uno de una amiga muy querida.

Disfruten.